Análisis

Regreso al futuro

Una semana para el primer gran ajuste fiscal, un trimestre para la próxima reforma laboral, seis meses para el nuevo proceso de fusiones bancarias, cuatro semanas para conocer el nuevo escenario macroeconómico, 100 días para llevar al Parlamento una ley de Presupuestos del Estado para 2012, dos meses y medio para renovar el Tribunal Constitucional, diez días para dar respuesta a la actualización del déficit eléctrico, cuatro semanas para aprobar la Ley de Estabilidad Presupuestaria y ningún solo día para comenzar a generar confianza en la economía española.

Plazos y más plazos. El discurso de Mariano Rajoy estuvo ayer íntimamente ligado, precisamente, al calendario. Y no fue por casualidad. El próximo presidente del Gobierno es consciente de que se ha acabado el tiempo para las contemplaciones, y solo queda actuar.

El líder del PP comparó la situación de hace cuatro años (cuando la crisis empezó a hacer añicos la economía española) con la actual (de enormes incertidumbres) e, incluso, con la que se puede encontrar el país en un futuro próximo si no se actúa por la vía de las reformas estructurales. Un auténtico ejercicio de funambulismo en el tiempo. De su regreso al futuro, parodiando la célebre película de Ciencia Ficción, Rajoy se ha traído bajo el brazo un nuevo mundo en el que solo caben ganancias de productividad y control de costes para no perder importancia a escala planetaria. Los cambios en ese futuro son tan rápidos que los plazos esgrimidos ayer por el próximo jefe del Ejecutivo se antojan, incluso, demasiado largos. "Que nos vean como una economía dinámica y solvente", añadió ante la atenta mirada de sus señorías.

Y es que el asunto de los plazos es crucial con una crisis que muta por momentos. El presidente en funciones hasta hoy, José Luis Rodríguez Zapatero, fracasó en la gestión de los mismos, a juzgar por los analistas de los principales servicios de estudios. Los agentes sociales fracasaron también para pactar la reforma laboral en un calendario concreto. Hasta el propio Banco de España generó hace dos años una expectativa de reestructuración financiera mucho más exigente de la que se está produciendo en realidad.

Ahora, cuando Alemania y Francia marcan la pauta de una política económica en común para un nuevo euro, el paso del tiempo es, una vez más, un arma de doble filo. El que no se mueva hacia el futuro corre el riesgo de quedar petrificado, en un tiempo que ya no existe.