COLUMNA

Una consejera injustificable en HP

La junta de Hewlett-Packard (HP) no puede salirse de su propio camino. El nombramiento de Meg Whitman para dirigir la compañía es el último ejemplo de por qué. Los directores ya han desalojado a tres del mando, incluyendo al más reciente, Leo Apotheker, perjudicando a HP cada vez. Pero esa no es la única razón por la que escoger a Whitman es casi injustificable.

No es que no tenga una trayectoria razonable. Whitman convirtió a eBay en uno de los mayores éxitos de Silicon Valley. Además jugó una parte en lo referido a fusiones y adquisiciones. Mientras adquirir Skype supuso un fiasco, comprar PayPal fue un golpe maestro.

Pero también hay imperfecciones. Whitman dejó el consejo de Goldman Sachs en 2002 tras saberse que había recibido acciones de varias OPV dirigidas por el banco, de las que se deshizo por ganancias. Pero la experiencia es un problema mayor. HP se caracteriza por vender hardware a las empresas, aunque el bagaje de Whitman está orientado al consumidor. Entre sus exempleadores está Procter & Gamble y Disney. Arreglar a un gigante torpe no es hacer crecer a una compañía activa.

Después de todos los problemas con los recién llegados al timonel, no parece lógico que los directores de HP no hayan reclutado a alguien de dentro. Candidatos no han faltado. Pero al parecer el poder de persuasión de Whitman parece haber influido en el consejo. Lo necesitará para dirigir HP.

Los problemas de la empresa vienen de lejos. El margen bruto ha caído durante una década. La historia de reducción de costes ha descorazonado a sus trabajadores. El tradicional programa de I+D de la empresa es una sombra de lo que era. HP está embarcada en una transformación radical y se necesitará algo más que dialogar para trabajar estos problemas.

Aunque Whitman no parece poseer la capacidad de transformar la empresa, probablemente todos los directores ya la conocen, que ya es más de lo que puede decirse de Apotheker. Y si la junta se mantiene fiel a su estilo, podría permanecer por poco tiempo.

Por Ribert Cyran