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Qué pasa si hay recesión

Este escenario es poco probable, pero habría que ir preparando las carteras de inversión

He venido defendiendo en las últimas semanas que el escenario económico más probable en que nos encontramos no es el de entrada en una nueva e inminente recesión. No obstante, sí estaríamos inmersos en una fuerte, persistente y extensa (básicamente global) desaceleración o ralentización económica. Esta desaceleración es sensiblemente más pronunciada que la que experimentamos precisamente a mediados del año pasado, lo que despertó en aquel verano también un fuerte revuelo y discusión alrededor del famoso double dip o recesión doble (es decir una nueva recesión pocos trimestres después de haber salido de otra, la que ya conocemos como Gran Recesión).

Sin embargo, hay que tener en cuenta que una desaceleración es el paso previo y necesario a una recesión y si nos encontramos como decimos en una fuerte desaceleración (los indicadores adelantados lo dejan claro) el riesgo de recesión no puede descartarse totalmente. En realidad una desestabilización por motivos políticos o por tensiones en el sector financiero, que terminan minando definitivamente la confianza de los agentes económicos, pueden representar el pequeño "empujón" necesario para mandar las economías desarrolladas de la fuerte ralentización a la recesión.

Por ello, y aunque no sea el escenario central, sí es conveniente plantearse y estar preparado a nivel de carteras de inversión para un escenario recesivo. Lo primero es plantearse ante qué tipo de recesión nos podríamos encontrar. Esto tiene su importancia ya que las implicaciones no son las mismas ante una recesión suave, una recesión típica o media desde una perspectiva histórica u otra Gran Recesión o incluso algo peor.

La recesión provoca caídas de Bolsa de entre el 40% y el 50% desde máximos

Un hipotético escenario de recesión suave parece plausible y no por ser un deseo (el conocido wishful thinking), propio de la naturaleza humana y de no pocos analistas, que rechazan mentalmente los escenarios más negativos, sino por una serie de datos que les paso a enumerar. Las entradas en recesión suelen ir invariablemente precedidas de una serie de elementos como subidas de tipos a corto (con la inversión de la curva de tipos siendo una fuerte señal), fuertes subidas de las materias primas y a nivel corporativo señales de estrés como un deterioro de los márgenes o productividad de las empresas o una fuerte reducción de los colchones de caja, gastados normalmente y precisamente en improductivas adquisiciones y fusiones. Prácticamente nada de esto se ha producido en los países desarrollados, con la excepción de la fuerte subida de las materias primas, que en cualquier caso se ha moderado en los últimos meses.

Una recesión suave puede traducirse simplemente en un par de trimestres de contracción moderada (técnicamente una recesión se considera como mínimo dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo), lo que por cierto no se situaría lejos del mencionado escenario central de fuerte desaceleración y donde podríamos ver algún trimestre suelto de crecimiento nulo o de ligera contracción. De hecho, Estados Unidos y algunos de los principales países europeos ya han registrado un trimestre de crecimiento prácticamente nulo este año y solo existe una delgada línea que separa ambos escenarios. En este caso y apoyado en un sector corporativo relativamente fuerte, la Bolsa de referencia norteamericana (y las demás al compás) rompería los mínimos registrados a primeros de mes para sufrir minusvalías como mínimo del 25% desde los máximos de mayo pero que no debieran superar el 40%-50% de caída asociado a una recesión clásica. En el caso de otros activos de riesgo clásicos, como la renta fija privada, las minusvalías serían probablemente relativamente moderadas, no solo en el segmento de elevada calidad crediticia sino también en el high yield.

Una recesión clásica (4-5 trimestres de contracción con una caída de la actividad en términos anuales del 2-3%) muy resumidamente significa históricamente caídas bursátiles del 40%-50% desde máximos y de dos dígitos para el crédito high yield y menores para el crédito de calidad. En cuanto a grandes recesiones tenemos el ejemplo reciente de 2008 como guía, con caídas bursátiles superiores al 50%.

Los fondos de inversión nos permiten construir carteras diversificadas y contra cíclicas capaces de mantenerse a flote en el tipo de entornos descritos arriba. Además del clásico y manido oro (a través de fondos tradicionales o cotizados) les llamo la atención sobre los fondos de liquidez o monetarios de primera calidad. Algunos se preguntarán cuál es el atractivo de este tipo de fondos que no son capaces de rentar apenas un 1% anual. Pues no es otro que (y no es poco) que no perder dinero, además de la seguridad y la diversificación que ofrecen a través de carteras con múltiples emisiones, en contraposición a jugarse todo el patrimonio, como por ejemplo no pocos inversores hacen en España, a la solvencia de una sola entidad a través de depósitos bancarios. Fondos de volatilidad, fondos cortos (bien sean tradicionales, alternativos o cotizados aunque mucho cuidado con el timing y la selección de producto), fondos de determinadas divisas o fondos de deuda de primera calidad y de países con finanzas y situaciones fiscales especialmente saneadas, son algunas de las otras opciones disponibles.

Juan Manuel Vicente Casadevall, EAFI, Kessler & Casadevall Asesoramiento Financiero

El factor de apoyo emergente

Es fácil olvidarse en estas discusiones sobre la economía global y los mercados de la importancia de las economías emergentes.

Su peso y en especial su contribución al crecimiento del PIB mundial en estos últimos años es fundamental, pero también lo es y se ignora con frecuencia su enorme dependencia de las economías desarrolladas.

Lo que no necesitamos precisamente ahora son malas noticias provenientes de los países emergentes. Por el contrario, datos de moderación de la inflación en países como China en los próximos meses representarían un importante factor de apoyo.