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Editorial

Un Portugal que mire hacia Europa

Portugal inició ayer oficialmente una nueva etapa política llamada a poner fin a los meses de incertidumbre y crispación que el país ha vivido en los últimos tiempos, especialmente tras la dimisión de José Sócrates. Como futuro primer ministro, Pedro Passos Coelho, líder del conservador Partido Social Demócrata -que sumó el 38% de los votos en las elecciones del domingo- ya ha anunciado su intención de formar un Gobierno de coalición con la nueva tercera fuerza parlamentaria, la derecha cristiano-demócrata de Paulo Portas. El motivo no es otro que forjar una mayoría sólida, capaz de aplicar con mano firme el duro programa de reformas que el país se ha comprometido a afrontar a cambio de los 78.000 millones de euros que integran su rescate financiero. Si bien es cierto que el deber de implementar el paquete de recortes no deja a Lisboa demasiada capacidad de maniobra, también lo es que cuanto más fuerte sea el Gobierno mejor podrá resistir las posibles -y previsibles- contestaciones que el severo ajuste genere en la población portuguesa.

Por todo ello, el camino que espera al nuevo equipo no es fácil. Con un país sumido en una devastadora crisis económica que incluye también graves factores estructurales, Pedro Passos Coelho no dispondrá de periodo alguno de gracia antes de concentrarse en aplicar la batería de reformas que prometió en su campaña electoral. No en vano, será a finales de julio cuando el país deberá afrontar su primer examen ante la Comisión Europea, el FMI y el BCE, a quienes corresponderá verificar si Lisboa progresa adecuadamente en sus deberes.

Sin embargo, y pese a la estrecha tutela por parte de los organismos internacionales y la constante vigilancia de los mercados, el nuevo primer ministro portugués ha de reunir fuerzas para afrontar una tarea fundamental: emplear el margen de acción de que disponga -sea cual sea este- en poner los mimbres del futuro crecimiento económico del país. A la vista de ese objetivo, al que Passos Coelho ya se ha comprometido públicamente, sorprende el hecho de que en el programa del futuro Gobierno se incluya como propuesta la suspensión de las conexiones del AVE Madrid-Lisboa y Vigo-Oporto. Una medida que no solo supone reforzar la larga y arraigada tradición de ostracismo que Portugal ha mantenido históricamente frente a España, sino persistir en la política de aislamiento territorial del país respecto al resto de Europa. Más allá de viejas rencillas y suspicacias históricas, Portugal debe entender que el desarrollo de una red ferroviaria de alta velocidad con una economía como la española, mucho más rica que la lusa, solo puede beneficiar a un país que tiene al turismo como uno de sus más importantes sectores económicos. Como también debería asumir que entre Lisboa y Bruselas está, necesariamente, Madrid.

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