EDITORIAL

Una economía anclada en la convalecencia

El avance del dato de crecimiento del producto interior bruto (PIB) que ha publicado el Banco de España revela que la economía española continúa enferma y camino de un largo periodo de convalecencia. El propio organismo supervisor no duda en desgranar en su último boletín un rosario de calificativos a cada cual más gris para definir la actual coyuntura económica: modesta, débil, lenta. Y es que con el dato en la mano, no hay lugar para alegrías. El PIB español ha experimentado un anémico repunte del 0,2% durante el primer trimestre de este año, idéntico al del último tramo del año 2000, así como una mejora de una décima -en tasa interanual- hasta alcanzar el 0,7%. Pero ello se debe fundamentalmente a la aportación del sector exterior, que se ha convertido en el principal alimento que recibe la actividad económica nacional en este momento, puesto que la demanda interna continúa sumida en la atonía. Un extremo que, lamentablemente, cualquier familia o pequeño empresario puede confirmar de forma empírica, ya sea directamente o en su entorno más cercano.

Lo exiguo del crecimiento de este primer trimestre destaca si cabe, aún más, por el hecho de contrastar con un escenario de recuperación económica internacional. Mientras el Banco Central Europeo anuncia ya una mejora en la disposición de las entidades financieras de la zona euro para prestar dinero, en España la gran banca advierte de una caída de más del 5% en la concesión de crédito a lo largo de los próximos meses. Una previsión más que realista si se tiene en cuenta la escasez y la baja calidad de la demanda crediticia en el mercado, la necesidad de continuar con el proceso de saneamiento de los balances y de reforzamiento de la solvencia del sistema financiero, bajo la tutela del propio Banco de España, así como el escaso alimento a la confianza que ofrece un horizonte marcado por una tasa de paro desbocada, fruto de un proceso de destrucción de tejido empresarial que aún no ha llegado a su fin ni de lejos.

Precisamente es el empleo el punto más crítico en el análisis realizado por el organismo supervisor, con una evolución trimestral de afiliación a la Seguridad Social que ha retrocedido un 1,2% en tasa interanual, prácticamente lo mismo que en el trimestre anterior. A ese pésimo comportamiento del empleo hay que sumar el efecto psicológico que la falta de perspectivas y de seguridad laboral a medio y largo plazo produce sobre el consumo familiar, lastrado además por la pérdida de capacidad adquisitiva, fruto de la inflación, el endurecimiento de las condiciones crediticias y los tipos de interés y la devaluación del patrimonio inmobiliario.

Con el trasfondo de ese sombrío escenario no se puede esperar, a corto plazo, un repunte de la demanda interna capaz de inyectar la energía necesaria para alimentar la maquinaria de la actividad económica. Es por ello que los datos hechos públicos el viernes apuntan a que la economía española se halla inmersa en una suerte de segunda fase de recesión blanda, con un crecimiento tan escaso del PIB que no frena la destrucción del empleo, mientras en el resto de Europa el deshielo económico comienza a hacer acto de presencia.

Con la demanda interna estancada, la inversión pública maniatada y el grifo del crédito absolutamente cerrado, la economía española tiene ante sí un periodo de larga y dolorosa convalecencia. En ese camino resulta, una vez más, imprescindible continuar avanzando en las reformas que España ha llevado a cabo en los últimos tiempos. Es tiempo ya de despejar de una vez por todas la madeja de la reforma de la negociación colectiva, de completar el saneamiento del sistema financiero y de profundizar en el severo ajuste del gasto público, en especial en el caso de las comunidades autónomas, entre otras asignaturas pendientes. Es necesario también que el Gobierno busque fórmulas alternativas capaces de estimular la actividad productiva mientras ese proceso de reforma se lleva a cabo y comienza a mostrar eficacia. Un crecimiento que es condición imprescindible para posibilitar la creación de empleo y permitir que la economía española salga definitivamente y con fuerza de esta lenta y agotadora convalecencia.