COLUMNA

¿Cabo de Buena Esperanza o cabo de Hornos?

La Contabilidad Nacional del primer trimestre va a ratificar que nuestra economía ha consolidado una suave alza. Al mismo tiempo, los mercados financieros se están convenciendo que la situación española es más sólida que la del resto de países periféricos. Además, la caída del paro en abril, las favorables expectativas turísticas y la fortaleza exportadora, confirman un tono más positivo que el de hace unos meses. No obstante, nuestra capacidad de crecimiento al margen de la economía europea y mundial es muy escasa. Y, desde ese frente externo, la verdad es que se acumulan nubarrones en el horizonte y parece como si estuviéramos virando hacia el cabo de Hornos, afrontando poderosos vientos de cara.

Primero fue el aumento de los precios de la energía y los alimentos, y su traducción en un elevado IPC que ha provocado una dentellada a la renta familiar. A continuación, la respuesta del BCE, en forma de aumentos de tipos de interés que no han hecho más que empezar. Todo ello sobre un trasfondo contractivo, de recorte presupuestario de la Administración central y, mucho me temo, de las autonómicas y ayuntamientos, una vez acabe el proceso electoral en curso, tal como el caso catalán muestra sobradamente.

Por si esto no fuera bastante, la economía y los mercados financieros mundiales comienzan a abandonar el optimismo, a todas luces excesivo, que había presidido el último año. Ahora ya no se trata solo de los problemas de la deuda griega, y de su posible suspensión de pagos, y su potencial extensión. A esta situación tan problemática en el área del euro se suman las perspectivas menos positivas de Asia y en los EE UU, alteradas de forma bastante radical esta última semana por una mejor comprensión de lo que va a suceder con el cambio de la política monetaria y fiscal americana.

En Asia, porque la inflación importada ha obligado a tensionamientos de la política monetaria en los principales países, con efectos directos sobre el crecimiento, a lo que hay que añadir el choque provocado por Japón. En los EE UU, porque no se puede olvidar que gran parte de la euforia de los mercados (desde las Bolsas a la deuda pública y privada, pasando por el oro y la plata y acabando en el resto de primeras materias industriales o el petróleo), deriva de la abundante provisión de liquidez que ha venido efectuando la Reserva Federal americana. Y que además, y ello no es menor, ha permitido financiar sin estrecheces, ni problemas en los mercados, un déficit público en los EE UU que se ha situado estos últimos ejercicios, y va a continuar en los dos siguientes como mínimo, en el entorno de los 1,5 billones de dólares.

Pero esta liquidez parece ha de comenzar a reducirse a partir del próximo mes, cuando la Fed dé por finalizado, como así lo ha anunciado Ben Bernanke, la compra de 600.000 millones de dólares de deuda del Tesoro americano decidida el pasado octubre. Y, tras esta suspensión, seguirá en poco tiempo la de no reinvertir el producto de las amortizaciones de activos en su poder, que han sumado en los últimos ocho meses, otros 300.000 millones adicionales. Esta decisión deberá venir acompañada, aunque ello está menos claro desde el punto de vista temporal, del proceso inverso: de la venta de los más de 2 billones de deuda del Tesoro y del mercado inmobiliario que ha acumulado la Reserva Federal en su balance desde el inicio de la crisis.

Sea cual sea el ritmo de este proceso, parece inevitable que afecte a los tipos de interés a largo plazo en los EE UU (que deberán aumentar), así como a las burbujas, más o menos importantes, que se han podido generar en los mercados de commodities, oro, plata, materias primas, Bolsas o deuda (privada o pública), que será imposible mantener. Y lo acaecido esta última semana muestra ya el nerviosismo de los mercados y las expectativas, anticipadas, de los efectos que aquella retirada de estímulos va a provocar.

Lo dicho. Tomen agarre que encaramos el cabo de Hornos.

Josep Oliver. Catedrático de Economía Aplicada (UAB)