EDITORIAL

Serenidad frente a la incertidumbre

El golpe de mano del G-7 para poner coto a la escalada del yen abrió el viernes una jornada agitada por los acontecimientos que sacuden Libia y Japón. El éxito de la medida adoptada por los bancos centrales, que provocó la mayor caída en dos años de la moneda nipona, y la decisión del régimen de Gadafi de decretar el alto el fuego tras el anuncio de la intervención del la ONU animaron momentáneamente los mercados bursátiles -en el caso del Ibex, los números verdes se mantuvieron al cierre, en contraste con otras plazas europeas- y relajaron la presión sobre el precio del petróleo, que bajó hasta situarse en 114 dólares.

Pese a todo, parece que la inestabilidad ha llegado para quedarse -al menos a corto plazo- y seguir convulsionando a los mercados y a la comunidad internacional. La bomba de relojería que supone la crisis libia y los enfrentamientos que se siguen sucediendo en el norte de África, no parece que apunten a dar un respiro al precio del petróleo. Con ese escenario de conflicto, y la consiguiente amenaza de nuevas escaladas del crudo, la posibilidad de una subida de tipos por parte del BCE para hacer frente a las tensiones inflacionistas en Europa vuelve a dibujarse en el horizonte. Una posibilidad que agravaría la situación de la economía española y estrangularía aún más -si cabe- un mercado de concesión de crédito que, en el caso de los hogares, se ha desplomado más de un 60% en los primeros compases del año.

Japón, entre tanto, sigue inmerso en una lucha titánica contra una crisis con dos frentes, el nuclear y el de las pérdidas humanas y materiales provocadas por el terremoto. Tras el freno a la escalada alcista del yen, el país afronta un escenario de inestabilidad y reconstrucción. Pese a la gravedad de la situación, no parece que los peores diagnósticos vayan a confirmarse -el sector industrial ha resultado menos dañado que en el seísmo de Kobe- aunque el Banco Mundial vaticina que la recuperación plena consumirá un lustro, un plazo similar al que se necesitó en 1995.

Los daños colaterales en clave económica del seísmo superan ya, sin embargo, las fronteras niponas. Por una parte, existe el temor de que los ciudadanos e instituciones japonesas repatríen masivamente una parte importante de sus inversiones en el extranjero -la mayor parte de ellos en los mercados desarrollados- para afrontar la reconstrucción del país "desde cero", en palabras del primer ministro Naoto Kan. Un aumento exponencial en la repatriación de yenes podría desestabilizar aún más la confianza en los mercados, acosados por los problemas de deuda de Europa y por el impacto de los disturbios en Libia y su entorno.

Junto a ese factor, la catástrofe nipona amenaza con perjudicar a toda la industria internacional que se nutre de productos fabricados en las factorías de Japón. Las plantas de fabricación de automóviles y componentes electrónicos -en España como en otros países- observan con preocupación cómo los stocks y la importación de productos decrecen ante una situación a la que, de momento, no es posible poner fecha de caducidad. Es el caso de General Motors, que ha anunciado la paralización de su producción en Figueruelas durante día y medio por falta de componentes, lo que aplazará la fabricación de 2.400 vehículos.

Con todo ello en mente, no hay duda de que el actual no es un buen momento para adoptar decisiones drásticas en materia de inversión, por mucho que la inestabilidad de los acontecimientos alimente el nerviosismo. A la espera de cómo se desarrollen los sucesos en Libia, tras la decisión de intervenir militarmente el país, y a la evolución de la fase más aguda de la catástrofe que asuela Japón, la coyuntura invita al sosiego y a la adopción de posiciones defensivas. Con este escenario de fondo, valores como las renovables, las gasística, la automoción, las materias primas y las telecomunicaciones aparecen como oportunidades con atractivo para los inversores. La lenta reconstrucción que afronta Japón abre, además, posibilidades para algunas empresas españolas en sectores como construcción, energías alternativas o ingeniería, entre otros. Como en toda crisis, en esta también coexisten los daños y las oportunidades.