Energía nuclear y 'fat tail'

En 2007, Goldman Sachs aseguró -sin sonrojo aparente- que según su modelo, la probabilidad de que el mercado registrase movimientos como los experimentados ese mes era de seis entre 10 elevado a 138, es decir, un seis entre un número con 138 ceros. Lo malo es que ese acontecimiento sucedió. La estructura financiera diseñada en los últimos años parecía sólida y eficiente mientras todo funcionaba con normalidad. Ahora bien, no estaba preparada para eventos inesperados. La energía nuclear tiene una cierta similitud en la medida en que normalmente los incidentes son controlados, pero cuando se descontrolan, las consecuencias son catastróficas.

Así, por más que se pueda argumentar que esta fuente de energía es más barata, el mercado difícilmente va a reflejar los costes en caso de accidente. Ahora bien, cuando esto sucede los costes acaban externalizados. En otras palabras, si la tarifa eléctrica nipona reflejase totalmente los riesgos asociados a una catástrofe como la acaecida, quizá no sería tan buen negocio. Es decir, se asume que es más barata porque no se tiene en cuenta parte del coste. Cierto es que se ha tenido que producir un brutal terremoto de fuerza 9, pero no es menos cierto que en Japón los terremotos, aun no tan fuertes, son habituales.

La energía nuclear tiene ventajas, pero éstas son más tangibles para las eléctricas que para el público en general. Implican grandes inversiones a amortizar durante décadas, por lo que suponen un negocio a largo plazo. Y más o menos seguro, pues las tarifas suelen estar reguladas y contemplan, obviamente, los costes de la inversión soportada. El problema son las externalidades, como el riesgo de accidente o la gestión de residuos que duran mil años.

No es menos cierto que las alternativas son complicadas, y el caso de Japón es paradigmático. Por la elevada densidad de población, la ausencia de recursos naturales y el encarecimiento de los combustibles fósiles. En cualquier caso, el debate nuclear vuelve a estar sobre la mesa, y de dicho debate no se puede borrar la hipótesis de accidente. Porque los accidentes suceden.

Capítulo aparte merece la tradicional opacidad de la industria, maquillada a nivel político y mediático por sus notables esfuerzos de relaciones públicas e institucionales. Esfuerzos que explican, por ejemplo, que a un cementerio con una vida útil estimada de 99 años se le denomine "almacén temporal". Si en Chernóbil se podía atribuir la cantinela de "no pasa nada, está todo controlado" al régimen soviético, la comunicación de la crisis por parte del Gobierno nipón también ha ido muy a remolque de la realidad. Y en España tampoco se puede decir que las eléctricas hayan muy sido diligentes a la hora de informar de incidentes en sus centrales nucleares .