COLUMNA

Privatización de los aeropuertos

El 6 de mayo y el 13 de mayo del año 1999 publiqué en el diario La Razón dos artículos: El caos aeroportuario y La privatización de los aeropuertos. El 14 de abril del año 2000 publiqué en el diario CincoDías el artículo Privatizar los aeropuertos, ¿para qué? Al cabo de 12 años, el tema de la privatización de los aeropuertos ha pasado nuevamente a ser motivo de actualidad al aprobar el Consejo de Ministros del 26 de febrero del corriente año la creación de la sociedad mercantil AENA Aeropuertos, como inicio del proceso de privatización parcial de la gestión del sistema aeroportuario público español.

AENA Aeropuertos privatizará un 49% de su capital, sacará a concurso la gestión de los Aeropuertos de Barajas y El Prat, y constituirá una serie de filiales a las que se asignará la gestión individualizada o por grupos de los restantes aeropuertos de la red.

En la actualidad, AENA gestiona todo el proceso del transporte aéreo en sus diferentes funciones:

l Como centro de origen y destino del tráfico aéreo (concesión de slots y de control aéreo) ya que se trata de una entidad pública.

l La función complementaria del transporte aéreo denominado handling que habitualmente es realizado por las propias compañías aéreas mediante concesión de la autoridad aeroportuaria (facturación de equipajes, transporte de las maletas a los aviones, embarque de pasajeros, descarga de maletas, catering, entre otras.)

l La gestión comercial de los aeropuertos (tiendas, restaurantes, parking, etc.) que vienen siendo explotados por empresas privadas concesionarias de dichas actividades.

l La ampliación, conservación y mantenimiento de las infraestructuras aeroportuarias (pistas, torres de control, finger, monitores, etc.).

Todas estas funciones deberían pasar a la nueva empresa AENA Aeropuertos, sin embargo, creo que la primera función, de concesión de slots y de control aéreo, no podrá efectuarse al tratarse de una función pública que estaría a cargo de una sociedad mercantil que incluso se podría privatizar, y si para que esto no ocurra no se suprime AENA, con la finalidad de que mantenga dicha función, lo único que se consigue es que existan dos empresas en lugar de una, la eficiencia y la eficacia, precepto constitucional, no lo veo por parte alguna.

Si la finalidad de la privatización fuera introducir competencias entre aeropuertos, sería necesario que la privatización afectara independientemente a cada aeropuerto, es decir, que cada uno de ellos se convirtiera en sociedad anónima. La función de distribuir los slots y de control aéreo estaría a cargo de cada aeropuerto, que actuarían como operadores de tráfico aéreo, con independencia de la creación por la Administración de un órgano regulador, a nivel nacional. Creo que en la función de distribuir los slots y de control aéreo debe estar presente la Administración pública.

Me parece que el objetivo que se pretende con la privatización no es la eficiencia, sino de carácter financiero, sanear AENA. Este organismo ha entrado en una situación muy delicada a consecuencia de la cantidad de aeropuertos que se han construido y puesto en explotación, sin que exista tráfico suficiente. Una equivocada decisión de la Administración pública ha llevado a una asignación de recursos ineficiente que provoca pérdidas.

El problema de la construcción de aeropuertos en lugares donde no existe generación de empleo no se resuelve intentando privatizar todos los aeropuertos, ya que los aeropuertos mal localizados seguirán produciendo pérdidas y su contribución al valor añadido de la economía española continuará siendo negativo.

La solución al problema está en cerrar los aeropuertos mal localizados, que nunca debieron construirse. Una decisión equivocada no se solventa con esta decisión igualmente apresurada que agravaría el problema. El cierre de dichos aeropuertos se impone, y que la Administración se acostumbre antes de tomar la decisión, a evaluar los proyectos de inversión por el método que sea más apropiado: coste-beneficio, coste-eficacia, etcétera.

José Barea Tejeiro. Catedrático Emérito de la UAM