EDITORIAL

Un año para reformar y recuperar la inversión

El año que termina este fin de semana se ha llevado por delante un 17,4% del valor de las compañías cotizadas en el índice selectivo de la Bolsa, mientras que se han revalorizado en semejante proporción los precios de las acciones de las empresas que cotizan en la Bolsa alemana. Gráficamente, ambos datos ilustran lo que ha pasado en Europa a lo largo del año de la crisis de la deuda soberana, en el que los mercados repartieron bolas blancas y negras a los emisores de títulos soberanos en función del riesgo que entrañaban para sus compradores y las capacidades de repago en el futuro, y que ha llegado a poner contra las cuerdas la continuidad misma del euro. Aunque persistan cautelas de desconfianza en varios operadores, las correcciones que las autoridades comunitarias han incorporado acuciados por la presión, junto con las reformas en los países periféricos, además de los rescates de ya dos países de la eurozona (Grecia e Irlanda), parecen un seguro suficiente para mantener el euro como divisa europea sin que nadie tenga que abandonarlo.

En el reparto de suertes realizado por los mercados, a España le ha tocado la cruz. Y el coste, más allá de los cerca de 100.000 millones de euros que los particulares han podido perder en sus apuestas de inversión entre Bolsa y deuda, se ha explicitado en la pérdida de dos millones largos de empleos, en la sangría de confianza del capital en España y su futuro, y en unas expectativas para recomponer los destrozos de la crisis muy pesimistas. España sigue estando en el centro de la diana de los mercados financieros, y hasta el optimismo antropológico del presidente Zapatero, que ha dado varias veces por concluidas las turbulencias financieras, se ha quebrado ahora y admite que tales arreones de ira financiera no han desaparecido.

Aunque tarde, el Gobierno se ha embarcado en una cadena de reformas de los mercados de bienes, servicios y factores que destensionarán las relaciones económicas y tendrán un reflejo positivo en la financiación, en el crecimiento y en el empleo. Pero queda una temporada razonable para que tal cosa ocurra, porque algunas de las modificaciones tardarán en dar resultados, como los ajustes en el sistema financiero, la reforma de las pensiones, los retoques en la legislación laboral o los ajustes fiscales en las estructuras territoriales del Estado. Pero surtirán su efecto, y lo harán antes si el Gobierno acelera también su propia agonía política, a la que varios agentes económicos identifican como uno de los principales obstáculos para la vuelta de la inversión extranjera.

2011 no será un ejercicio fácil, porque los intermediarios financieros siguen atenazados por una pesada digestión de su apalancamiento y de sus activos dañados, especialmente los de carácter inmobiliario. Los márgenes de intermediación se estrecharán hasta la décima, y provocarán repuntes en el precio de los créditos que mermarán la capacidad de endeudamiento de los emprendedores. Pero una política de medida presión del Banco de España para aflorar sin pausa los fantasmas de la banca, junto con la recomposición de la renta disponible de los hogares y la capacidad de inversión empresarial pondrá más cerca de lo que hoy está el horizonte de la recuperación.

Las empresas no financieras han adelgazado sus balances cuanto han estimado conveniente, y han recortado los costes de forma apreciable, sin perder el atractivo de sus cuentas de resultados, entre otras cosas porque buena parte de sus negocios, con la salvedad de las pymes que mayoritariamente componen el tejido productivo español, están en mercados con más crecimiento que el español. Los castigos recibidos en las cotizaciones por las empresas españolas, muchas de ellas líderes en sus mercados, no son de recibo, y cargan con parte de la penitencia del riesgo de España. Por ello, siguen representando la mejor de las oportunidades de inversión para este ejercicio que llega, y que de alguna forma tiene que enjugar buena parte de la diferencia abierta con los precios de bolsas como la alemana, la estadounidense o la holandesa. La deuda soberana, por supuesto también la española, sigue siendo también una oportunidad, aunque sea con compras a mantener hasta vencimiento. Aunque mayoritariamente lo pintan de negro, la simple recomposición de los daños de 2010 lo convierten en un ejercicio atractivo para la inversión.