COLUMNA

Abandonad toda esperanza

Los mercados no aflojan y se extienden las visiones pesimistas sobre el futuro de la Unión Monetaria y, lógicamente, en este caldo de cultivo proliferan las propuestas de salvamento. La última la han protagonizado el presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, y el ministro de Hacienda italiano, Giulio Tremonti, demandando la emisión de eurobonos, por un importe que podría alcanzar el 40% del PIB del área. Pero no es la única que está encima la mesa. Se está demandando la ampliación del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, dotado con 440.000 millones de euros. Y también se ha sugerido que el BCE solo permita utilizar como colateral deuda de los países con problemas.

No es previsible que Alemania acepte cualquiera de estas peticiones. Y ello porque, sea cual sea su articulación técnica, implican mayores riesgos (o tipos de interés más elevados) para el contribuyente alemán, premian un comportamiento poco responsable de los países con problemas y evitan, si más no parcialmente, los duros ajustes que la situación actual exige. Por ello la canciller Angela Merkel ha sido nítida en la respuesta a la demanda Juncker-Tremonti o a la de ampliar el Fondo de Estabilidad: de ninguna manera. Ambas negativas se inscriben en el contexto de la dura posición germana sobre la necesaria revisión de los Tratados, con el objetivo de permitir declarar un país en suspensión de pagos y lo que ello implica, por ejemplo, una posible quita sobre la deuda en manos privadas.

La posición germana tiende a analizarse como excesivamente vinculada a la situación política de Merkel y a su pretendida falta de liderazgo. Nada más lejos de la realidad. En Alemania existe un muy amplio consenso acerca de la necesidad de que los países con problemas pongan sus cosas en orden, sin mayores ayudas que las que ellos mismos puedan suministrase. Aunque ello no significa que, en el corto plazo, no contribuyan al financiamiento de necesidades inmediatas. Pero, en su visión, esas ayudas no deben ser más que puentes transitorios hacia una estabilidad que la debe ganar cada país y, en especial, la deben obtener aquellos sometidos a turbulencias, justamente por sus insensatas políticas de endeudamiento público o privado en los años del boom. Y la visión de que, en ningún caso, puede ponerse dinero del contribuyente alemán en peligro para salvar a países poco frugales, abarca desde el Gobierno al Bundesbank pasando por el grueso de su prensa. De hecho, el presidente del Banco Central, Alex Weber, se ha caracterizado por una crítica implacable a la utilización del BCE como brazo financiero para reducir las tensiones en los mercados de deuda. Y aunque es cierto que en las últimas semanas, el BCE ha acentuado sus compras, también lo es que no lo ha hecho, ni lo hará, a niveles comparables a los de los EE UU o la Gran Bretaña, tal y como apuntaba ayer Mario Draghi, el gobernador del Banco de Italia. Para Alemania, la única forma de calmar a los mercados, y de moderar los tipos de interés de la deuda soberana de los países periféricos, es mostrando una severa voluntad de ajuste. Presupuestario, por supuesto. Pero, también, de las condiciones de competitividad de economías que no pueden devaluar, con lo que implica de deflación de salarios y otros costes.

Los próximos 16 y 17 de diciembre, en Bruselas, va a tener lugar una de las cumbres de jefes de Gobierno de la UE más relevantes de los últimos tiempos. En ella se debería definir la reforma de los Tratados así como otros aspectos de más corto plazo. Desde este punto de vista, es posible que Alemania transija algo y permita elevar el tope del Fondo de Estabilidad. Pero olvídense de compras masivas de deuda por el BCE (ni el Bundesbank ni el Gobierno alemán lo van a tolerar), ni de otros inventos que mitiguen las penas de los países en dificultades. Alemania ha tomado el mando de la Unión Monetaria y ha marcado un duro camino de ajuste. Por ello, debemos abandonar toda esperanza de excesivos apoyos externos. Las medidas de ZP de la pasada semana así lo muestran.

Josep Oliver Alonso. Catedrático de Economía Aplicada (Universidad Autónoma de Barcelona)