TRIBUNA

De controladores, héroes y directivos

Sí, yo también he sido víctima de los controladores este puente de la Constitución, además, víctima pata negra, es decir, los que sufrimos el abandono masivo de sus puestos de trabajo el viernes de salida de las vacaciones. Adiós mercadillos navideños, adiós Navidades blancas, bienvenido caos y desconcierto.

El comportamiento de los controladores anteponiendo su bienestar individual a cualquier otra consideración en un marco de profunda crisis económica y cuatro millones largos de parados no es tan infrecuente como podíamos pensar. Es quizás su manifestación más extrema.

Desde una perspectiva empresarial, no solo se necesita contar con profesionales competentes y decididos, sino también profundamente comprometidos con los intereses generales de su empresa. Es cierto que es responsabilidad de la empresa alinear los objetivos personales y los corporativos, pero tampoco parece una demanda excesiva pedir, en todos los niveles, profesionales que vayan más allá del propio interés para tener en cuenta los objetivos globales de la empresa.

A punto de entrar ya en el cuarto año de la Gran Recesión, si uno mira a su alrededor podrá ver cómo esta situación ha generado un aumento del comportamiento que podríamos llamar controlador en referencia a este colectivo, es decir, del particularismo orteguiano, olvidando que ahora más que nunca es imprescindible que el comportamiento directivo esté presidido por la cohesión, por el buen entendimiento entre los diferentes equipos, de manera que todos puedan avanzar a una en un marco de fuerte tensión como el que resulta más habitual hoy en día.

El auge actual de conductas controladoras tiene que ver con el temor y la incertidumbre, pero también con la falta de resiliencia que lleva a que florezcan directivos que muestran comportamientos particularistas de fondo, muy parecidos a lo que hemos visto estos días.

Pero ¿qué es la resiliencia? Es una cualidad especialmente relevante para los tiempos que corren, cuya wikidefinición es la capacidad que posee un individuo, frente a las adversidades, para mantenerse en pie de lucha, con buena dosis de perseverancia, tenacidad, actitud positiva y acciones. Es también la capacidad para sortear las dificultades, aprender y reponerse de los fracasos, transformando los aspectos negativos en nuevas oportunidades y ventajas.

Una organización donde priman los particularismos difícilmente puede resolver problemas, solucionar desajustes y afrontar amenazas, y mientras esto no ocurra, difícilmente podrán explorar sus oportunidades; en otras palabras, podríamos decir que nunca se ha visto una salida de una crisis a base de mercenarios, únicamente es posible haciendo equipo y trabajando en proyectos y objetivos comunes. Estos últimos tres años han sido en el ámbito del desempeño directivo el equivalente a los test de estrés de la banca. Esta crisis ha sido la gran prueba de calidad de los directivos en las empresas, hay profesionales que han dado lo mejor de sí mismos, creciendo y asumiendo retos y otros, inicialmente mejor posicionados, no han dado la talla.

El mismo día del cierre del cielo español, leía otra noticia sobre cómo un policía nacional de Madrid fuera de servicio se lanzaba a rescatar a una persona que había caído a la vía del metro; poniendo en evidente peligro su vida, evitó que fuese arrollado por el tren por solo unas décimas de segundo. No se trata de que en las empresas nos pidan ser héroes que arriesgan sus vidas, pero sí es indudable que el éxito potencial de una compañía basada en el espíritu de los controladores o el de una centrada en el compromiso y motivación de este policía-héroe es radicalmente diferente.

Susana Quintás. Subdirectora general de Banco Pastor