Crónica de Manhattan

Hoja de ruta para la deuda

Si hay algo que no está saliendo bien en EE UU en estos tiempos es el bipartidismo. No es que sea fácil chocar las manos de rivales políticos pero hay una cierta tradición de ello para muchas cuestiones y la verdad es que esta se ha roto en los últimos dos años. Y así sigue.

El presidente Barack Obama formó una comisión para el estudio de la reducción de la deuda el pasado febrero con miembros y simpatizantes de ambos partidos. El viernes esta comisión tenía que presentar un informe aprobado por una mayoría cualificada y que tendría que ser votado posteriormente por las Cámaras para trabajar sobre él. Pero no ha ocurrido.

Como estaba casi previsto desde que el 10 de noviembre se presentó el borrador con las medidas que proponían sus dos copresidentes Erskine Bowles (ex jefe de gabinete de Bill Clinton) y Alan Simpson (ex senador republicano), la propia comisión no ha llegado a conseguir los votos necesarios para llevar esta propuesta a las cámaras para que se actúe sobre ella. Se necesitaban 14 votos, de 18, a favor y pero solo se pudieron sumar 11.

Lo curioso de este caso, sin embargo, es que quienes han votado en contra, miembros y simpatizantes de ambos partidos, consideran, no obstante, que el plan no debe echarse en el olvido dada la urgencia que hay por cerrar un déficit de 1,4 billones de dólares y de rebajar la ingente deuda del país.

Andy Stern, un ex sindicalista elegido por Obama para esta comisión, decía el viernes que pese a haber votado en contra de las propuestas, estas merecían ser discutidas en el Congreso. Y pidió tanto a los legisladores como al Gobierno seguir debatiendo sobre ellas como si se tratara de una hoja de ruta de cara al futuro.

En esta hoja, figuran fuertes recortes de gasto, incluso en el militar, eliminación de un 10% de la plantilla de funcionarios federales, rebajas en el gasto sanitario que financia el Estado (en Medicare, que es el que se dedica a mayores de 65 años) y un serio tijeretazo a los subsidios a la agricultura. Además se rebajan algunas pensiones, se suben las cotizaciones y la edad de jubilación progresivamente.

En el lado de los ingresos se cuenta con una subida de impuestos de casi un billón de dólares al hacer desaparecer muchas deducciones, algunas muy populares entre la clase media como la de los intereses de la hipoteca. A cambio, se rebajan los tipos impositivos. El más alto pasa de 35% a 29% una rebaja parecida a la del impuesto de sociedades. El objetivo es reducir un 41% del PIB en 25 años y en cuatro billones el déficit, la misma cantidad que cuesta mantener los recortes fiscales de George Bush que ahora está discutiendo mantener o no Tim Geither, secretario del Tesoro, con los republicanos.

El plan es tan duro, que Dick Durbin, un senador demócrata miembro de la comisión y que ha votado a favor, explicó que lo hacía porque no se puede dejar que otra generación tenga que lidiar con problemas aún más difíciles de resolver. Con todo, el propio Durbin dijo que no votaría a favor de todo lo planteado en el Congreso.

Simpson cree, como Stern, que aunque el plan no tenga recorrido parlamentario a corto plazo, y se entierre, "cuando llegue el momento de votar por el presupuesto o ampliar el límite de la deuda en primavera, este cadáver saldrá de la tumba".