EDITORIAL

El BCE cambia el ritmo a los mercados

El Banco Central Europeo (BCE) templó ayer los mercados con ejercicios de funambulismo. Por un lado, el presidente del banco, Jean-Claude Trichet, se limitó a confirmar que el programa de compra de deuda pública (SMP) sigue "en vigor", aunque garantizó que continuará inyectando la liquidez que necesite a la banca comercial hasta mediados de 2011. Desinfló con lo primero las altas expectativas sobre un posible plan de recompra masiva en el mercado secundario de deuda soberana de países bajo presión. Ante tan melifluo mensaje, el Ibex se desplomó un 1,34%, secundado por el resto de plazas europeas. Pero en un ejercicio alambicado, lo que Trichet restó por la vía de las palabras lo compensó con los hechos. Mientras mantenía este discurso, los mercados secundarios anotaban un estrechamiento de los diferenciales de la deuda y comenzó el rumor, no desmentido por el BCE, de que el propio banco estaba comprando en el mercado deuda soberana de Portugal e Irlanda. Tan rocambolesca sesión permitió que el selectivo español cerrase con una subida del 2,8% -anotando una ganancia del 7% en dos días-, y el Euro Stoxx 50 un 2,3%. Y para mayor regocijo, la rentabilidad del bono español a 10 años se colocó escasamente por encima del 5%, tras reducir el diferencial con el alemán hasta los 226 puntos básicos.

Los mercados han interpretado certeramente que el regulador europeo tiene la voluntad inequívoca de sostener el euro, aunque sin alardes como los de la Reserva Federal (Fed). Es de esperar que mantengan esa lectura en el futuro, contribuyendo así a devolver la tranquilidad financiera. De hecho, el BCE lleva desarrollando esta política de adquisición selectiva y discreta -suma ya 67.000 millones de euros- desde que implantó en mayo el programa de compra de deuda pública. Pero, sensatamente, no ha desvelado de qué países y en qué cuantía, algo absolutamente innecesario. Baste con que los especuladores -que pretenden generar dudas respecto a la fiabilidad de algunos países y elevar así la rentabilidad de su deuda soberana- sepan que tendrán enfrente al BCE con todo su potencial disponible.

No es, pues, preciso que el banco central lance un plan de compras cuantificado y programado como el de la Fed, algo que pretendían los mercados. Entre otras cosas, porque una medida heterodoxa como ésa tiene contraindicaciones que deben mantenerse bajo control. Primero, porque puede desembocar en una inflación indeseable en la zona euro, que en países con escasos crecimientos como España podría desembocar en una funesta estanflación. Pero además, y más preocupante, porque junto al ataque especulativo existe una legítima preocupación de los inversores sobre el futuro de algunas economías y la voluntad de los Gobiernos de tomar decisiones difíciles.

En el caso de España, los fundamentales son suficientemente sólidos para descartar un impago de deuda. Además, tras la aprobación hoy del nuevo paquete de medidas, parece obvio que el Gobierno cumplirá como sea el objetivo de reducir el déficit al 6%. Sin embargo, son patentes las deficiencias estructurales que retrasan la salida de la crisis. De hecho, la duda más grave que planea sobre la economía española es su limitada capacidad de crecimiento, lo que dificultará el cumplimiento del plan de ajuste presupuestario presentado a Bruselas. En este sentido, sería contraproducente que el BCE lanzase el mensaje de que resolverá los problemas de deuda de todos los Estados sospechosos de debilidad interviniendo en los mercados.

Los países deben acelerar las reformas estructurales pendientes y demostrar que sus planes de austeridad se aplican a rajatabla. Si España parece acatar lo segundo, falla en lo primero. El Gobierno debe asumir que las reformas pendientes -Seguridad Social, pensiones, energética-, no puede seguir en el limbo. Y, especialmente, que no se quede a medias, como ha pasado con el mercado laboral. Solo cuando haga los deberes con seriedad podrá estar seguro de que los mercados perderán sus recelos. Mientras tanto, el BCE debe limitarse a intervenir en momentos dramáticos para la deuda como los acaecidos esta semana cuando la rentabilidad del bono español sobrepasó peligrosamente el 5,5%.