Buscar tiempos mejores con energía y talento
La larga etapa expansiva, iniciada en la segunda parte de la década de los noventa y finalizada con el estallido de la crisis financiera internacional, a mediados de 2007, supuso para la economía catalana un periodo de extraordinario crecimiento. El avance del PIB rondó el 4%, impulsado por la demanda interna, que, a su vez, recogía un aumento demográfico inédito, de 6 a 7,5 millones en doce años, donde la inmigración protagonizaba tres cuartas partes del incremento. El crecimiento poblacional supuso un aumento de los hogares, con el consiguiente mayor volumen de demanda de viviendas, así como de consumo privado, todo ello respaldado por unas condiciones de financiación extraordinariamente favorables, que trajo consigo un aumento significativo del crédito, tanto a hogares como a empresas.
Desde la perspectiva de los sectores productivos, el fuerte dinamismo se concentró tanto en la construcción, con un avance en torno al 5% de media del periodo, como en servicios, superando el 4%. El posicionamiento de Cataluña como destino turístico alcanzó su cénit en los años 2006 y 2007, con una entrada anual de más de 15 millones de turistas internacionales, concentrando el 26% de las entradas en territorio español. Algo más modestos fueron los resultados de la industria catalana, pues al salir ésta de un difícil proceso de reestructuración, a principios de los noventa, solo registró avances destacables en los dos últimos años previos a la crisis, mientras el sector primario mantenía un comportamiento errático.
El traslado de estos años de bonanza al mercado laboral fue intenso, con 1,3 millones de nuevos ocupados y una reducción de la tasa de paro de más de 12 puntos, desde el 18,8% en 1996 hasta el 6,5% en 2007, si bien el coste laboral neto por trabajador creció en torno al 4%, doblando el aumento en países como Alemania.
La crisis ha traído consigo una muy fuerte contracción de la economía catalana hasta un crecimiento del 0,8% en 2008, y una posterior caída del 4,0% en 2009, junto a un rápido deterioro del mercado laboral, donde se han destruido en torno a 400 mil empleos, y la tasa de paro ha aumentado hasta el 17,4%. Ante esta situación, familias y empresas, altamente endeudadas, han decidido posponer sus decisiones de compra y de inversión, lo que ha repercutido en caídas del consumo privado y de la formación bruta de capital en el pasado año.
Si bien Cataluña ha salido técnicamente de la recesión en 2010, el crecimiento que cabe esperar a corto plazo es débil, mientras el mercado laboral sigue sin dar grandes muestras de recuperación, más allá de los efectos estacionales positivos esperados. Dejando a un lado algún caso excepcional, como el del mercado turístico, que está dando muestras algo más sólidas de recuperación, con un nivel de pernoctaciones de viajeros residentes en el extranjero que ha superado, en los nueve primeros meses de 2010, a los registros de 2006-2008, el resto de sectores de actividad terciaria e industrial están todavía luchando por salir de la crisis. Y la construcción sigue con su proceso de ajuste y reestructuración.
En estas circunstancias la economía catalana debe aprovecharse de su factor diferencial de mayor apertura al exterior y propiciar que la demanda externa incremente su aportación positiva al crecimiento del PIB. De hecho, esto es lo que ha ido sucediendo desde 2009, con una aportación de la demanda externa en torno a los dos puntos porcentuales, y cercana al punto en los tres primeros trimestres de 2010. Si bien, al principio, la mayor contracción de las importaciones que de las exportaciones fue la causa de la aportación positiva del sector exterior, a partir de 2010 las exportaciones han recuperado parte del dinamismo perdido, beneficiando al sector industrial, que ha compartido protagonismo con los servicios en la salida de la recesión.
Pero la economía catalana puede y debe hacer mucho más. Debe seguir impulsando las actividades industriales de alto valor añadido, debe continuar mejorando las comunicaciones mediante una red de infraestructuras adecuada. Debe, asimismo, potenciar el capital humano desde un sistema educativo de calidad que premie la excelencia, aliente la investigación y el desarrollo y esté más orientado hacia el sistema productivo. Y debe mejorar la competitividad mediante el aumento de la productividad, y la ampliación de la base exportadora, a través de una mayor penetración en nuevos mercados, más allá de los principales socios europeos.
La economía catalana no debe, pues, esperar a que soplen vientos mejores. Debe salir a buscarlos con energía, talento y determinación.
Xavier Segura. Director del Servicio de Estudios de Catalunya Caixa