Difíciles negociaciones

El G-20 perfila un acuerdo de mínimos sobre divisas y desequilibrios globales

Los redactores del acuerdo que emane hoy del G-20 buscaban anoche palabras vagas y frases de contenido poco específico para forjar un compromiso difuso con respecto a las líneas generales con las que lograr un reequilibrio en las cuentas corrientes y la no intervención en divisas. Los desacuerdos entre China, EE UU y Alemania erosionan el espíritu de cooperación nacido de la crisis en 2008.

Obama participa en la cumbre del G-20 que se celebra en Seúl
Obama participa en la cumbre del G-20 que se celebra en Seúl

La noche fue larga en Seúl. Los negociadores dedicaron muchas horas al texto del comunicado del G-20 que se hará hoy público tras el cierre de una cumbre a la que se ha llegado con pocas expectativas de alcanzar compromisos tangibles para estabilizar una economía global que aún tiene muchos puntos calientes (como la crisis de la deuda irlandesa) y un camino poco claro de cara a un futuro de crecimiento sostenible. Pese a que el G-20 es un gran club global, los protagonistas de los acuerdos y los desacuerdos fueron sólo tres: EE UU, China y Alemania, tres países enrocados en tres posiciones que dificultan el acuerdo. China, un país con un fuerte superávit comercial tiene firmemente atada la devaluada cotización de su divisa, el renminbi, lo que da alas a su competitividad mientras mantiene baja su demanda interna.

Alemania mantiene también uno de los mayores superávit comerciales y no da muestras de querer dinamizar su demanda local para dar entrada a mayores importaciones. Y EE UU, que trata de reducir su abultado déficit exportando más, se ha buscado la enemistad de casi todo el G-20 debido a que su más reciente movimiento en política monetaria tiene el efecto de devaluar su moneda, lo que resta credibilidad a las demandas que hace a otros países para reducir las manipulaciones a sus divisas.

A su vez, y dados los bajos rendimientos que ofrecen al capital los países desarrollados debido a su laxa política monetaria, los países emergentes están experimentando una llegada desordenada de capitales a corto plazo que se teme que den lugar a burbujas difíciles de gestionar, además de una sobrevaluación de sus divisas que tratan de controlar. El euro por su parte, una moneda no intervenida, está sufriendo una fuerte volatilidad por la política de la Fed, que lo disparó inicialmente, y por la crisis de la deuda irlandesa que ayer le hizo perder un 1% contra el billete verde.

La canciller alemana defiende que los déficits de EE UU y el resto de países han de solucionarse con un aumento de la competitividad de sus exportaciones

Con semejante tablero de juego en la mesa de negociaciones y una situación económica frágil pero no crítica, ayer se especulaba con que los términos en los que se redacte el acuerdo sean tan vagos como para no obligar ni a China ni a Alemania, los países con mayores superávits, a cambiar sus políticas a corto plazo. Y es que el reequilibrio de las cuentas corrientes tendría un impacto directo en la estabilización de las divisas.

El presidente de EE UU, Barack Obama, se reunió ayer con los líderes de estos países, Hu Jintao y Angela Merkel, respectivamente, pero obtuvo pocos avances. La cita con el líder chino duró 80 minutos y según la subsecretaria para Asuntos Internacionales del Tesoro, Lael Brainard, Obama enfatizó la importancia de que China "continúe avanzando para mover sus tipos de cambio". Hu se limitó a decir que tiene un firme compromiso con el régimen más flexible que introdujo en verano y con el que ha habido progresos. Para EE UU éstos son tan lentos como insuficientes, pero China no quiere que se le singularice en el comunicado. Yu Jianhua, un alto cargo de Comercio, explicó que Washington "no debe politizar la cuestión del renminbi y culpar a otros de sus problemas internos".

Obama no está solo en su crítica al régimen cambiario chino, aunque lo está liderando. Eso sí, con poco éxito pues apenas tiene margen de negociación con un país que financia el déficit americano con sus ingentes reservas. La cita de Obama con Merkel no fue mejor. La líder alemana está de acuerdo con que es necesario un crecimiento equilibrado global, pero su receta no coincide con la del Tesoro americano, que prescribe límites tanto a los déficits como a los superávits comerciales. "La clave es tener tipos de cambio flexible que reflejen los fundamentos de cada país", dijo Merkel arremetiendo así contra China. Pero, "establecer límites a las cuentas corrientes no es justificable económicamente ni políticamente apropiado", dijo.

Tim Geithner, secretario del Tesoro, pidió hace un mes un límite del 4% tanto al déficit como al superávit, pero fue recibido tan mal que dejó de mencionarlo. Merkel dice que el superávit alemán es producto de su fuerte competitividad y que el resto de países tienen que aumentar la suya. La canciller no tiene prisa por estimular a la demanda interna.

El problema para Obama es que para ganar músculo exportador necesita demanda en mercados internacionales y Alemania y China apenas la generan, pese a su crecimiento. El líder estadounidense cuenta con las simpatías de Canadá, cuyo primer ministro, Stephen Harper, considera que la persistencia de los "desequilibrios es un problema a largo plazo que debe ser resuelto". Christine Lagarde, ministra francesa, desestimó la idea de los límites numéricos de Geithner, pero señaló que es una idea sobre la que se podría trabajar. Francia toma las riendas de la agenda del G-20 tras esta cumbre. El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, también se mostró de acuerdo con la idea de reducir los desequilibrios y dijo que el G-20 se juega su credibilidad. Fueron notas de cierto apoyo a un Obama que ayer recibió otro revés al no poder renovar un acuerdo de libre comercio con Corea del Sur por los problemas que este país pone a las importaciones de coches y carne americana.

El alcance de Basilea y la vigilancia a megabancos

Los líderes que se dan cita en la cumbre del G-20 de Seúl darán hoy luz verde al acuerdo de Basilea III con el que se aumentan los requisitos de capital mínimo que tiene que tener la banca. La idea detrás de este compromiso, que prevé un largo plazo (hasta el año 2019) de adaptación, es que la banca tenga un mejor colchón financiero y los riesgos sean menores que los que se han acumulado durante el periodo anterior a la crisis financiera de 2008. Además, y a propuesta del Consejo de Estabilidad Financiera, se fortalecerá la regulación y la supervisión de las entidades sistémicas, bancos tan grandes que su quiebra pondría en peligro el sistema financiero. Se trata de una veintena de entidades entre las que está el Santander y el BBVA, que estarán sujetos a una mayor vigilancia y supervisión. Pero los pasos que se van a dar en el G-20 no están gozando del aplauso de la academia. Primero porque pese a la lista de bancos sistémicos puede que no haya un sistema global de resolución de crisis dada la dificultad que hay en acordarla. Es posible que la supervisión y regulación se deje a las autoridades locales y en cualquier caso no se esperan pasos decisivos en este sentido hasta dentro de un año.

En segundo lugar porque Basilea III se considera insuficiente. El pasado día 9 el catedrático de Stanford, Anat R. Admati, firmó una carta publicada en Financial Times, junto con otros profesores en la que denunciaba la insuficiencia del acuerdo y la falacia que supone la queja de los bancos de que la iniciativa restringirá el crédito. El catedrático del MIT y ex analista jefe del FMI, Simon Johnson, afirmó ayer en su blog (baselinescenario.com) y en Bloomberg TV que el G-20 "ha fracasado completamente a la hora de hacer lo necesario para poner coto a los megabancos". Y precisamente con esa reivindicación, de controlar más férreamente al sistema financiero mundial, volvieron a repetirse las protestas de los antisistema en Seúl.