A fondo

Zapatero, en tiempo de descuento

No hay dudas de que el 'efecto Gómez' traerá mar gruesa dentro del PSOE.

El presidente del Gobierno sabe mejor que nadie en su partido cómo se fabrica un líder de la nada. Por experiencia propia, es quizás quien mejor puede anticipar qué recorrido le aguarda a Tomás Gómez, un joven economista, profesor universitario, que rompió aguas en la madrileña localidad de Parla y que ha dado el salto a la política nacional gracias a su enfrentamiento con la sala de máquinas de Ferraz, exactamente el mismo atajo que tomó con éxito, hace ahora poco más de diez años, el presidente del Gobierno. Gómez no ha tenido enfrente a José Bono, sino a alguien tan temible o más que él en la pugna política: Alfredo Pérez Rubalcaba. Ambos, Gómez y Rubalcaba, tienen ahora algo en común en el chismorreo mediático. Los dos parecen colocados en el disparadero que, por caminos bien diferentes, les puede llegar a colocar en La Moncloa.

El plan de ruta del ministro del Interior sería menos intrincado que el de la joven promesa de Parla. A fin de cuentas, Rubalcaba sólo necesitaría la señal de Zapatero de que no piensa concurrir a las próximas elecciones como candidato para situarse con todos los privilegios del mando y méritos propios en la línea de salida: es el más popular en todas las encuestas y, quizás, el que mejor garantizaría un suelo digno para el PSOE, alejado de ese humillante 28% que retrotrae a su partido a épocas pretéritas casi olvidadas, incluso a aquellas de la pretransición en las que los socialistas del exilio veían al PCE de Santiago Carrillo mejor colocado que a su propio partido para gestionar desde la práctica democrática los últimos estertores de la dictadura.

Sin embargo, la senda de Tomás Gómez para alcanzar La Moncloa se antoja mucho más tortuosa. Para empezar, tendría que cumplir con una primera parada para apear a Esperanza Aguirre del Gobierno de la comunidad de Madrid en un contexto político sumamente difícil en el que el votante socialista, incluso el que no secundó la huelga general, no termina de encontrar la frecuencia en la que emite un presidente que por la noche se acuesta con Pablo Iglesias y por la mañana se levanta con los mercados. Es esta promiscuidad del leonés la que espanta a los dirigentes del PSOE que en mayo se medirán en las urnas y que observan con angustia la sacudida electoral que se les avecina y que tiene como epicentro, sobre todo, el Palacio de La Moncloa. Es allí y no en la calle Alcalá donde se cocinan las principales medidas económicas y también donde se deciden, erróneamente como se acaba de comprobar, quienes tienen que sacrificarse al calor de las encuestas caseras. Si la ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, no fuera fundadora de Nueva Vía y no tuviera en tan alta estima al presidente, le asistiría todo el derecho del mundo a reclamar daños y perjuicios. Pero no lo hará porque sigue manteniendo en público que su sacrificio ha sido voluntario.

Los daños colaterales de la fiesta que este domingo se ha vivido en la madrileña plaza de Callao, donde tiene su sede el Partido Socialista de Madrid, están todavía por contabilizarse. En la sede federal de Ferraz se está procediendo al recuento de cadáveres por mucho que Leire Pajín haya salido a la palestra para anunciar como noticia que todo el partido está unido como una piña. El primer reflejo, como es lógico, lleva a proteger de la riada a Zapatero, un presidente que se empeña en mantener a su Gobierno con la débil coartada de que todos sus ministros, sin excepción, están volcados día y noche en la superación de la crisis económica.

Si hasta ahora el cronómetro del tiempo de descuento parecía tenerlo sólo en sus manos la oposición, desde este fin de semana la mecánica será compartida también por quienes dentro del PSOE ven ya a Zapatero como un problema más que como una solución. Hay algunas voces que no encuentran demasiado eco en los medios, pero a las que es conveniente prestar atención porque envían señales de fondo. Una de ellas se dejó oír hace unos días en boca del presidente extremeño, Guillermo Fernández Vara. "Si Zapatero tiene dudas, que no se presente a la reelección". Este médico al que Juan Carlos Rodríguez Ibarra fichó para la política aun conociendo su anterior militancia en el PP, habla por boca de un poder regional cada vez más ansioso e influyente. No les quepa ninguna duda de que el efecto Gómez traerá mar gruesa dentro del PSOE.