A fondo

El electoralismo se apodera de Washington

Si estamos dispuestos a elegir esperanza en vez de miedo, futuro en vez de pasado y unirnos una vez más alrededor del gran proyecto de la renovación nacional, entonces, restauraremos nuestra economía, nuestra clase media y recuperaremos el sueño americano para la próxima generación". Así acabó el miércoles su discurso en Cleveland Barack Obama, la alocución más electoralista y agresiva con la oposición que ha hecho desde que ganó la presidencia en 2008.

El discurso forma parte de una renovada agenda con la que la Casa Blanca quiere conseguir dos objetivos. El primero y evidente es evitar que el Partido Republicano se haga con el control del Congreso en noviembre cuando se renueve un tercio del Senado (ya controlado por los conservadores desde su posición minoritaria) y la totalidad de la Cámara de Representantes. De ganar los conservadores, la agenda de Obama para el resto de la legislatura quedará en el aire y las últimas encuestas muestran que puede ser así. Según Gallup, el 49% votará republicano, y el 38%, demócrata.

El segundo, es transmitir tranquilidad y seguridad a los ciudadanos con la idea de que está preocupado con los problemas a corto plazo, la necesidad de crear empleo, reducir el déficit y avanzar rápidamente en la recuperación.

Los recortes fiscales de Bush y los nuevos estímulos coparán el debate preelectoral

Así las cosas, Obama ha propuesto tres medidas más de estímulo (rebajas fiscales a la compra de equipos, al I+D y un plan de infraestructuras) que se añadirían al esfuerzo por dinamizar la economía aprobado a primeros de 2009 (el ARRA). Son iniciativas que nacen casi muertas.

Y ya no es solo porque entre los economistas haya un cierto consenso en caracterizarlas como marginales y con poca capacidad para generar empleo (la Casa Blanca no ha aportado estimaciones sobre esta cuestión) sino porque va a ser milagroso que Obama encuentre voluntad política en el Congreso para aprobarlas durante las pocas semanas que se reunirá el legislativo antes de la campaña.

De hecho, en el Congreso hay una propuesta que lleva meses acumulando polvo para rebajar los impuestos a las pymes que creen empleo. Los republicanos no dan el si pese a que es una iniciativa que podría haber salido de sus filas al igual que a las nuevas de esta semana. El problema es que para que no sean muy gravosas para el déficit Obama propone cerrar agujeros fiscales que suponen, en efecto, una subida de impuestos para petroleras y multinacionales, algo que desagrada a los conservadores. Y en esta ocasión, ya no solo son estos los que se oponen al recetario keynesiano. Un senador demócrata, cercano a Obama, que se juega su escaño por Colorado, Michael Bennet, ya se ha opuesto al plan de infraestructuras y dado el poco margen demócrata, Bennet tiene peso. Los líderes demócratas de las cámaras (Nancy Pelosi y Harry Reid) no se están dando prisa por incluir los estímulos en la agenda.

Tirar el dinero

Ningún demócrata que tenga que pelear por su escaño quiere dar la impresión de que el Gobierno está utilizando las deficitarias cuentas públicas para ampliar el papel del Estado en la economía o en soluciones de escaso alcance, que es el mensaje que está logrando hacer calar el Partido Republicano y su más extrema manifestación, el movimiento semipopular llamado Tea Party. De hecho, Obama tiene ahora que defender el estímulo fiscal de 814.000 millones de dólares que aprobó en 2009 ya que este ha tenido escasa visibilidad, como reconocía la ya ex asesora de la Casa Blanca, Christina Romer. Generaciones de EE UU que no conocían crisis tan profundas, esperaban algo mágico de este esfuerzo fiscal, recobrar un rápido crecimiento y no solo evitar una segunda Gran Depresión.

Otro problema adicional para estas últimas iniciativas es que el debate no va a girar en torno a ellas. Ni mucho menos. Y muestra de ello es el propio discurso de Cleveland. Los nuevos estímulos apenas ocuparon varias líneas de una alocución destinada a derribar la figura de uno de los líderes republicanos y posible líder de la cámara de Representantes tras las elecciones (John Boehner) y a volver a insistir en que los recortes fiscales de George Bush no deben ser prorrogados para el 2% de la población que tiene rentas altas.

Estos recortes fiscales, puestos en marcha en 2001 y 2003 mientras se iniciaban dos guerras y con un grave coste para las cuentas públicas que nunca han vuelto a ver un superávit, expiran a fines de año. Los republicanos quieren mantenerlos aunque no han explicado cómo conciliar esta iniciativa con sus deseos de acabar con el déficit porque 10 años más de recortes cuestan al fisco tres billones de dólares.

Rentas medias

Obama quiere mantenerlos para las rentas medias pero en el Washington preelectoral vuelve a ser difícil para los demócratas cerrar filas con el presidente porque desde las más conservadoras (donde hay muchos demócratas) se cree inoportuno subir impuestos que afecten a pequeños empresarios. Las cifras no avalan este tesis porque serán muy pocos los afectados por la subida, no obstante ante las urnas es mejor una frase con gancho que un sesudo análisis.

Obama no esconde cuál es la verdadera marea de fondo en este momento. Ayer, en una entrevista en la cadena ABC con George Stephanopoulos (ex asesor de Bill Clinton) admitió que si las elecciones se convierten en un referéndum sobre la satisfacción de los americanos sobre la economía "entonces no nos va a ir bien porque creo que todo el mundo piensa que deberíamos estar mejor".