COLUMNA

¿Conflicto geopolítico?

La compra de Volvo por parte del grupo chino Geely saltó hace unos días a los medios de comunicación. La empresa oriental pagó a Ford, su antiguo propietario, la cuantía de 1.800 millones de dólares. Volvo ya no es sueca, ni americana: es china, lo que, en principio, ni está bien ni mal. Se trata del simple juego de la economía libre y abierta que tanto deseamos. Pero la operación, por su valor simbólico, es una muestra relevante del implacable avance de la economía oriental por todo el mundo. Basta con viajar por África para advertir su impresionante poderío internacional. Ya mantienen al dólar y a la deuda americana y comienzan a enarbolar sus banderas en Europa.

Los occidentales somos los ciudadanos más endeudados del mundo. Recuerdo las sabias palabras del Javier Benjumea, fundador de Abengoa, cuando repetía que lo importante no era lo que se tenía, sino lo que se debía. Pues bien, debemos mucho, muchísimo. Quién sabe si más de lo que seremos capaces de devolver. Durante años sonó el discurso de la condonación de la deuda externa de los países pobres. Ahora somos nosotros los endeudados sin que podamos esperar compasión ni demora alguna. Occidente necesita los flujos financieros de Oriente y el Golfo Pérsico. Si cesaran, la economía occidental -en especial la de nuestro líder EE UU- se bloquearía. ¿Somos los amos del mundo? No, ya no. Somos dependientes del suero intravenoso de los préstamos externos. Tenemos un grave problema: si nos desconectan, nos morimos.

Repetimos con mecánica estulticia eso de la crisis económica global. No es cierto. No existe una crisis global. En verdad los que sufrimos un descalabro sin precedentes somos los países occidentales, mientras que el resto, Asia, Latinoamérica y África, están creciendo a un ritmo envidiable. Durante esta última década -y hablo siempre de occidente en general, pero también de España en particular- nuestra competitividad ha retrocedido a un ritmo alarmante. Comprábamos productos de fuera, sin que fuésemos capaces de vender los nuestros. Nosotros consumíamos y nos endeudábamos, mientras que ellos trabajaban, producían y ahorraban. En consecuencia, los países que nos vendían se enriquecían y nosotros nos empobrecíamos. Pero como no queríamos aceptar esa realidad, nos endeudábamos -tanto los privados como los públicos- para que nuestra economía siguiera marchando. La gasolina que mantuvo durante años nuestra actividad no fue la producción, sino el endeudamiento. El crédito fácil nos narcotizó y nos impidió ver la brutal losa que poníamos sobre nuestras cabezas. Hemos comenzado a pagar nuestros pecados. Nuestros salarios bajan, el paro se dispara, y el estado de bienestar se debilita. Somos una familia rica que se arruina lentamente. Algo telúrico se mueve bajo nuestros pies sin que seamos realmente conscientes de lo que ocurre. Asistimos, desconcertados, al caprichoso pulso de la historia, esa que nos puso arriba y que ahora parece habernos dado la espalda.

Tardaremos muchos años en sacudirnos la deuda que nos aplasta. Tan sólo la acción combinada de un fuerte incremento del PIB con el ascenso de la inflación lograrían paliar la carga relativa que supone nuestro endeudamiento. Y para que crezca nuestra economía tendremos que optar por poner trabas aduaneras -lo que nos produce rechazo- o recuperar competitividad. Y para ello resulta del todo imprescindible una nueva relación del valor de las monedas. El euro debería caer al menos un 30% y el dólar devaluarse fuertemente frente al yuan.

Pero incluso así, será preciso que trabajemos más y mejor. Estamos fuertemente endeudados y tenemos que quitarnos la trampa de encima como sea. Y si con la política económica en la mano los occidentales no somos capaces de solucionar nuestros problemas financieros, pronto comenzaremos a mover piezas en el peligroso juego de la geopolítica. No vamos a aceptar fácilmente el quedar relegados del pulso de la historia. Los motivos económicos han estado siempre ocultos bajo las grandes palabras con las que se iniciaban los conflictos internacionales.

Hemos hecho el primo y se nos ha quedado cara de tontos. Hemos entregado las llaves del fuerte. No hemos sido conquistados por tanques, sino que nosotros mismos nos pusimos las cadenas del endeudamiento. Pero aún tenemos vitalidad para evitar nuestra decadencia. Necesitamos dinero y vamos a luchar por él. Así de sencillo, así de brutal, así de peligroso.