Nadie es perfecto, ni Steve Jobs

Tiene su punto Steve Jobs. Es un tipo elegante. De vez en cuando, aparece sobre un escenario, vestido de negro, muy místico, y enseña al mundo la última creación de la factoría Apple. Al instante empieza la histeria colectiva. A la mañana siguiente las portadas de los periódicos de todo el mundo amanecen con la foto del mesías Jobs mostrando la nueva criatura. Y lo que es mejor, millones de unidades ya están vendidas en medio planeta. La otra mitad espera a que el aparato en cuestión esté disponible en su país. Por supuesto, nada más que aterriza en un nuevo destino, ya está agotado.

æpermil;sta es la cara amable, pero como todo en la vida tiene un revés. Y Apple acaba de vivir un momento complicado al tener que reconocer fallos en el nuevo modelo de iPhone. ¿Y qué ha hecho? Algo muy sencillo, que las multinacionales de consumo estadounidenses suelen hacer con frecuencia: atajar el problema de raíz, esto es, saliendo a dar la cara. Ha sido el propio Jobs el que ha aparecido en rueda de prensa a reconocer definitivamente que el nuevo iPhone de cuarta generación presenta problemas de cobertura. Esto significó que tuvo que desmentirse a sí mismo ya que inicialmente había justificado los fallos como un error de los usuarios en la manera de coger el teléfono con la mano.

Por eso me gusta más, y no porque yo sea fan de sus productos, mi incursión en la marca se reduce a un simple iPod, sino porque nadie es perfecto y porque no se ha escondido. Sabe muy bien que él es la marca y que muchas veces no se puede ganar a cualquier precio. Es lo que le ha ocurrido esta semana a Alberto Contador en el Tour de Francia. Vio que podía ganar y no jugó limpio. Pidió disculpas y el jueves en la etapa reina, en la subida al Tourmalet, enfundado en su maillot amarillo, tuvo un gesto elegante con su rival, Andy Schleck, al que permitió que entrara primero en meta. El domingo ganará con todas la de la ley y nadie pondrá en duda su liderazgo. Tanto Jobs como Contador tienen algo en común: ninguno de los dos ha persistido en el error y han sabido rectificar a tiempo. El juego limpio suele ganar.