Campeones. Opinión

¡Qué grande es el fútbol!

Hace varias semanas, en estas mismas páginas publicábamos un artículo con el título ¿Ganará la Roja? Allí dábamos algunas de las posibles claves que podían ser determinantes para que el equipo de Vicente del Bosque se hiciese con el campeonato del mundo. Talento, equipo, unión, concentración o autoestima, eran varios de esos factores. El Mundial ha terminado, y España se suma a las otras siete selecciones que en alguna ocasión han levantado la copa. Pero más allá del fenómeno deportivo, este Mundial ha servido para comprobar más que nunca el poder del fútbol como fenómeno de fenómenos.

En el plano económico, los efectos positivos en el consumo son evidentes: primero, en la hostelería. Mientras un día normal el consumo de cerveza por persona es el equivalente a un botellín, los días de partido se dispara hasta los 14 botellines; segundo, en el mundo del merchandising y los souvenirs; el proveedor oficial del equipo nacional ha vendido más de medio millón de camisetas, el doble que en la Eurocopa; tercero, en el sector del turismo a través de billetes de avión y plazas hoteleras para muchos españoles (aficionados, periodistas, deportistas, políticos...) que han seguido a la selección en Sudáfrica; y cuarto, en la publicidad y el patrocinio cuya inversión se ha multiplicado por cinco desde el último Mundial de Alemania.

En el plano político, la marca España sale reforzada. Acaparar portadas, entrevistas y minutos de televisión como campeones del mundo sirven para exhibir las virtudes como nación y obtener el reconocimiento y la atención internacional, una forma de mostrar al resto del planeta que se saben hacer bien las cosas. No hay que olvidar que detrás de cualquier éxito hay planificación, disciplina, trabajo en equipo, capacidad de sufrir y otros valores implícitos. Ese refuerzo de la marca país genera simpatías y abre muchas puertas que redundan en contratos comerciales y alianzas estratégicas entre empresas o gobiernos.

En el plano psicológico, las ventajas también son evidentes: el fútbol no soluciona problemas, pero da alegrías. Y cuando uno afronta las dificultades y las crisis con buen ánimo, las cosas mejoran. Todos sabemos la importancia que tienen los estados de ánimo en nuestros comportamientos y, por ende, en nuestro desempeño. Así lo corroboran estudios empíricos que muestran la correlación entre victorias deportivas y productividad laboral. Desde el derrotismo, el pesimismo y la actitud negativa es imposible construir y crear valor. La diferencia entre un pesimista y un optimista es que el primero pone la atención en los problemas, las excusas y el pasado; y el segundo se centra en las soluciones, las alternativas y el futuro.

En el plano social, la gran virtud del fútbol es que nos une a todos. La población entera -los 47 millones de españoles- quería ser partícipe de este acontecimiento. Cuando uno decide hacerse seguidor de un equipo, y mucho más si este lleva los colores de la selección nacional, uno es admitido en el grupo de manera incondicional; da igual la tendencia política (de izquierdas o derechas), la religión (católico o ateo), la edad (joven o adulto), el status (alto o bajo nivel económico) o el género (hombre o mujer). La familia del fútbol acoge a todos por igual y esa necesidad de grupo característica del ser humano se ve saciada de manera muy satisfactoria.

En el plano emocional, el deporte rey nos mantiene expectantes cada partido. La imprevisibilidad del resultado (corto casi siempre) incrementa la incertidumbre que, según algunas investigaciones, es la variable más determinante para acudir a un estadio o seguir un partido de fútbol. Aunque se sufra, nos gustan los momentos de intensidad emocional, porque ello significa que estamos vivos, y en este deporte caracterizado por marcadores ajustados -España ha ganado cuatro partidos por un gol a cero- se viven muchas emociones durante 90 minutos.

En definitiva, si bien en épocas de dictaduras el fútbol fue considerado el opio del pueblo, hoy día, como afirmase Vázquez Montalbán, se ha convertido en la droga dura de las democracias.

Francisco Alcaide Hernández. Experto en gestión deportiva y autor del libro 'Fútbol, fenómeno de fenómenos'