ANÁLISIS

Universidades, una burbuja que estalla

Desde hace tiempo, anoto en una libreta los posibles sectores, después de la hecatombe de la construcción, que van a estallar. Ya llevo unas cuantas burbujas anotadas: la de los cocineros y las facturas de los restaurantes que no bajan de 50 euros por comensal, la de los gurús o cantamañanas de la gestión a los que les pagan fortunas por repetir ideas amortizadas hace años, la del Cayenne para todos, la de los contratos de los jugadores de fútbol y hasta la de la mismísima Iglesia católica. Pero hasta ahora no había reparado en la de las universidades, una burbuja que ha estallado o está a punto de hacerlo. Se veía venir.

Hace una semana coincidí en México durante cinco días con más de mil rectores de universidades de todo el mundo, en una reunión organizada por el Banco Santander. Pude hablar con varios gestores de los campus españoles. La verdad es que la preocupación, debido al recorte de la inversión pública, iba por barrios, dependiendo del signo político y del interés que tenga la comunidad autónoma por los asuntos educativos. Ahí está el principal problema de la educación superior en España: haber traspasado las competencias educativas del Ministerio de Educación a los Gobiernos regionales, más pendientes de ganar votos que de tener ciudadanos con alta formación y cualificación.

La educación, como la sanidad, deben ser asuntos de Estado, donde no caben los recortes presupuestarios. Francia y Alemania lo saben bien y, a pesar de que han anunciado recortes en el presupuesto público, no le meterán tijera ni a la sanidad ni a la educación. El futuro pasa por tener una sociedad emprendedora y formada en conocimientos, competencias, habilidades y también en idiomas (el descuido de la formación en otras lenguas es algo de lo que deberían arrepentirse muchos de nuestros gobernantes). No apostar por la educación es hacerle trampas al solitario. De nada sirve que en cada ciudad haya facultades o universidades, muchas de ellas sin recursos, sin docentes preparados y, lo que es peor, sin alumnos. Pero son detalles que a los políticos les parecen nimios.

Recuerdo cuando se aprobaron muchas de las universidades privadas y públicas en España en la década de los noventa. En Madrid, sin ir más lejos, se despedazaron varios campus por distintos municipios, con el fin de arañar un puñado de votos. Pan para hoy, hambre para mañana. Ahora resulta que no hay dinero para mantener todo este despilfarro. Tampoco es que las universidades hayan hecho bien sus deberes, al no esforzarse demasiado en buscar recursos privados.

Al contrario de lo que sucede en otros países, las universidades deberían haberse acercado más al mundo empresarial, con el objeto de transferir conocimiento y buscar financiación. Eso sí, seria y responsable. Sin chapuzas, como la que se gestó en la Universidad Complutense cuando reinaba Gustavo Villapalos, quien acordó con Mario Conde un doctor honoris causa a cambio de que el banquero le financiera un jardín botánico en el campus. Conde recibió el título honorífico de esta universidad, y ésta no recibió nunca ni un solo euro de los prometidos. Así eran muchos de los negocios fraguados en los campus, repletos de investigadores y de conocimiento que pueden vender a las empresas. Sólo falta que se pongan a ello, antes de que la explosión se los lleve por delante.