A fondo

Líderes menores para tiempos críticos

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el ex presidente Felipe González, ayer, durante un acto de homenaje a Pablo Iglesias.
El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el ex presidente Felipe González, ayer, durante un acto de homenaje a Pablo Iglesias.

Hay una certeza colectiva de que la crisis económica mundial es la más grave de los últimos 80 años, y que ciñéndose a España, si exceptuamos la Guerra Civil, también es la situación más complicada de los siglos XX y XXI. Hasta los sondeos revelan la disposición casi monacal a sacrificios individuales y colectivos para superar la crisis. Las catas demoscópicas exhiben también una preocupante orfandad de liderazgo, precisamente cuando más determinante es para conducir al país. Además, tal defecto es prácticamente generalizado en las instituciones capitales de la sociedad, amén de las grandes corporaciones, justo las que tienen que tomar las decisiones más complicadas sin reparar en costes personales.

Hay varios acontecimientos recientes que han puesto en evidencia la ausencia de orientaciones estratégicas, tanto en el Gobierno como en la oposición, porque la situación rebasa tanto al presidente del Ejecutivo, obsesionado desde que ganó las elecciones en ganar las siguientes, como al líder del PP, no menos empeñado en no perder tres veces en las urnas, y a cuyo afán somete toda consideración.

Pero lo que es sangrante para sus representados es el espectáculo de la patronal y los sindicatos, con la inestimable colaboración de un ministro de Trabajo que se pierde sin descifrar las cosas banales y las importantes de su cargo, en sus intentos de reformar el mercado laboral. Comenzaron cuando había dos millones de parados, han dado vueltas en la superficie sin centrarse en el problema real, y todo ha concluido en la frialdad de un decreto cuando la legión del desempleo se acerca a cinco millones de personas.

Una comparación, uno contra uno, de los timoneles de cada una de las instituciones sindical, patronal y gubernamental actuales con los de hace veinticinco años, les deja en evidencia. Rodríguez Zapatero se ha pasado esta legislatura negando la crisis primero, minimizándola después y culpando al empedrado siempre; seguramente agravándola con una política de gasto público insostenible, y dejando las soluciones siempre a la gracia divina de un acuerdo. Veinticinco años antes, Felipe González lo había hecho de forma bien diferente: no tuvo reparos en admitir que había que jibarizar la industria pesada y flexibilizar el mercado de trabajo, bajando hasta cero el coste del despido para una buena parte de los trabajadores si encontraban empleo temporal. No tuvo reparos en cambiar las condiciones de acceso a las pensiones para hacer sostenible la Seguridad Social; no tuvo reparos en abjurar de su promesa de reducir la jornada laboral; ni los tuvo en recortar la prestación de desempleo si el gasto público se descosía. Y todo ello por convicción, y no por imposición. Y se sometió, con un Gobierno de más peso político, intelectual y técnico, al escrutinio exitoso de las elecciones después de haber estado de rodillas en una huelga general cuya musculatura los líderes sindicales de hoy no pueden ni soñar.

No pueden ni soñar porque han cultivado la pasividad general y una defensa miope de los intereses de sus afiliados, sin echar la vista a unos problemas económicos y sociales del país que se le venían encima, hasta lograr la indiferencia activa de la ciudadanía y de los asalariados. El pulso de los funcionarios y las movilizaciones de los últimos meses han puesto en su lugar a una estrategia sindical defensiva, que ha hecho bandera de la defensa de los salarios de los que se quedaban en el mercado, sacrificando el empleo de dos millones de personas. Nada que ver con el sindicalismo que se ha practicado en los noventa y los primeros años de este siglo, donde el empleo estaba siempre por delante del salario.

Ahora, tras dos años viendo llover parados siguen sin entender que es un problema de costes, y siguen agarrados a señuelos insostenibles, a cifras mágicas, como los 45 días de despido, mientras nueve millones de españoles, sobre todo jóvenes, encadenan temporalidad o se desesperan en el paro. Los trabajadores buscan en el sindicalismo herramientas para resolver sus problemas, y el desempleo es ahora el más importante, pero ni UGT ni CC OO se las proporcionan. La gimnasia en la calle es para tiempos de holgura.

De la patronal es casi mejor no hablar. El empresariado conducido con seriedad y acierto por José María Cuevas durante 25 años soporta impotente un liderazgo claramente cuestionable y cuestionado. El resultado de la negociación para los empresarios es significativo: "Nada obtendremos en un pacto que no nos dé un decreto". Si es así, ¿es necesaria la CEOE?