COLUMNA

Además de apretarse el cinturón... ¿qué?

Media Europa está recortando de forma severa su gasto público, en especial las economías más expuestas a los déficit abusivos y a las dudas de los mercados, como el caso de Grecia, España, Portugal, Irlanda y Reino Unido. Antes ya hubo una mayor escabechina en Islandia, un país empobrecido que ahora parece vengarse de sus desdichas con el rugido de sus volcanes y con sus cenizas voladoras. Estos recortes, como es normal, no gustan a la parroquia, que se duele cuando es su cartera la que termina resultando afectada. Pero en unos países, como Grecia, el malestar se vuelca en la calle en forma de violentas huelgas y manifestaciones, mientras que en otros países, caso de Irlanda, los recortes se están realizando de forma consensuada. Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos en España, donde ya hay anunciado un paro en la Administración para el día 2 de junio. La complicidad sindical que ha disfrutado el Gobierno se ha quebrado. Y creemos que la cosa no quedará así.

Europa nos ha recomendado un recorte de 35.000 millones de euros, de los que hemos afrontado sobre el papel 15.000. El Gobierno no tiene crédito público alguno cuando afirma que serán las últimas restricciones. Probablemente -además de la segura subida de impuestos- aún tengan que meter la tijera en las cuentas públicas, lo que subirá de grado la palpable crispación social. Basta con mirar los recortes de los sueldos públicos griegos -más del 20%-, o irlandeses -alrededor del 15%-, para comprender que el 5% anunciado es sólo la avanzadilla de lo que veremos.

En general, tenemos la sensación de que las medidas eran dolorosas pero estrictamente necesarias. Continuar con la sangría del déficit nos conducía a la bancarrota cierta: nadie nos hubiera prestado el dinero que precisábamos. Ahora bien, también somos conscientes de que menos gasto e inversión pública significa menos actividad y, por tanto, mayor recesión. Es posible que aún podamos regresar a algún trimestre en negativo. Por tanto, además de ajustar el gasto, tenemos que ver cómo conseguimos aumentar los ingresos. Una vía será subir los impuestos. Otros países europeos lo han hecho, y nosotros probablemente sigamos esa vía. Pero esa subida tendrá sus contraindicaciones, y también colaborará a deprimir nuestra actividad.

Si queremos tener futuro, tenemos que ir más allá de las consabidas recetas de la subida de impuestos y de la reducción del gasto público. Tenemos que crear las condiciones para que se incremente la actividad económica. Sólo así podría generarse empleo y sólo así se estabilizarían las cuentas públicas de forma acelerada. Pero para que ello sea posible son precisos dos factores. Primero, el regreso de la confianza tanto externa como interna. Desgraciadamente, todavía tardaremos un tiempo en recuperarla. En segundo lugar, acometer una serie de reformas estructurales -laborales, negociación colectiva, energía, etc.- todas ellas orientadas hacia la productividad y competitividad. Dado que ni el consumo interno ni el gasto público serán los motores de nuestra economía, precisamos que el sector exterior tire de nosotros. Y, para ello, debemos ser competitivos. Todo un reto, toda vez que hemos retrocedido durante estos últimos años.

Tenemos que ser conscientes de que nos hemos empobrecido como país, y eso significa olvidarnos de nuestros caprichos de ricos y de la buena vida, para tener que apretarnos el cinturón y conjugar las palabras sacrificio y esfuerzo en todas sus variantes posibles. No alcanzamos todavía a vislumbrar la intensidad ni la extensión de la recesión que se abate sobre nosotros, pero no podemos descartar el riesgo de que se agudice y se prolongue durante muchos años más de lo que inicialmente llegamos a temer. La fecha de salida dependerá de nuestra capacidad de trabajo e inventiva. Tenemos que cambiar de mentalidad, lo cual es la reforma estructural más necesaria y, probablemente, la más difícil. ¡Era tan bonito creerse rico y solidario! Pero resultó que lo que creíamos oro no era más que hojalata dorada, hoy herrumbrosa y baldía.

Pero no somos los únicos. Europa en su conjunto también lo está pasando mal, y su economía retrocede en conjunto en comparación del resto de mundo. ¿Decadencia? ¿Envejecimiento? ¿Estado de Bienestar? ¿Una suma de todo? No lo sabemos. El caso es que si nosotros queremos salir, además de apretarnos el cinturón, tendremos que crear valor y, además, saber venderlo.