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A fondo

¿Audacia o desesperación?

César Alierta, presidente de Telefónica.
César Alierta, presidente de Telefónica.REUTERS

Si César Alierta triunfa en el órdago lanzado a Portugal Telecom, el presidente de Telefónica ganará un aura de gestor visionario y audaz. Habrá sido capaz de elegir el momento y la oferta adecuada para derruir el estilo de vida, la estrategia pensada para décadas de una compañía que tenía claro su camino, pero que tuvo que buscar otro porque Telefónica quiso lo que era suyo a un precio irrenunciable.

No será así si fracasa. La opa de 5.700 millones presentada a Portugal Telecom para intentar convencerla con dinero de que se deshaga de su activo más valioso ha dejado traslucir la necesidad que tiene Telefónica de cambiar su futuro en Brasil. Y no se trata de la primera vez. La opa hostil de Sonaecom sobre Portugal Telecom fue la más potente llamada de atención posible, con un apoyo público al enemigo en contra del socio de años. Y todo porque Sonaecom estaba dispuesta a vender Brasil en caso de triunfo.

Con las aguas aplacadas, GVT marcó el segundo fracaso. Un adelanto por la derecha a otro socio -Vivendi, en este caso- para asegurarse la operadora brasileña a base de chequera. Pero salió mal. Vivendi usó las mismas armas y acabó ganando la batalla.

Ahora llega el tercer asalto. Sobre el papel, todo apunta en contra de Telefónica. Vivo aportó casi la mitad de los ingresos de Portugal Telecom en los resultados del primer trimestre y más del 40% del Ebitda. Mientras, el negocio nacional no da más de sí. La telefonía móvil cae y ni siquiera la banda ancha es capaz de impulsar la parte fija de la actividad.

Y es que Portugal tiene 11,3 millones de habitantes y altas tasas de penetración del móvil y el fijo. Las posibilidades de crecimiento son limitadas. Brasil es el extremo contrario. Una población de 190 millones y un potencial por explotar. A todo ello se une la evolución de Vivo. Sus pérdidas han sido millonarias, pero justo ahora ha entrado en rentabilidad y paga su primer dividendo. ¿Quién aguanta todo el camino para abandonar cuando se llega a la meta?

Si se tratara de un juego de azar, pocos apostarían a favor de Telefónica. A Portugal Telecom le tocó la lotería en la privatización de Telebras en 1998 y no va a renunciar a su premio.

Pero la historia dice que, al menos, ya lo ha compartido. Telefónica fue la ganadora en la privatización de la telefonía fija. Pagó y se quedó con la operadora de São Paulo, Telesp. En móvil, la joya de la corona fue para Portugal Telecom, que se quedó con Telesp Celular. Telefónica compró otras operadoras de móvil, pero siempre le faltó la presencia en la ciudad más poblada de Brasil, así que no lo dudó y planteó un acuerdo a la dueña de esta propiedad: alianza al 50% a cambio de combinar todo el móvil en el país.

Ahora quiere también ese 50%. Brasil está llamado a convertirse en el principal mercado de la operadora, incluso por delante del español, pero para eso necesita ser dueña del 100% de su filial de móviles, el líder del mercado, con el 30% de la cuota y 53,9 millones de clientes. Como propietaria, tendrá libertad para fusionar su filial de móvil con la de telefonía fija y banda ancha y crear un operador integrado, capaz de proponer ofertas combinadas a los clientes y de compensar con subidas en unos negocios las caídas en otros.

El momento se ha elegido al milímetro para elevar las posibilidades de victoria. No por la parte de Portugal Telecom, que depende cada día más de Vivo y que tiene unos gestores que se sentirían perdidos sin Brasil, pero sí por las circunstancias económicas, que han colocado a Portugal cerca del abismo.

Comprar otro futuro

Para Portugal Telecom tampoco es una opción libre de riesgos. El rechazo a la propuesta sigue la estela de una trayectoria basada en aferrarse a Vivo, si bien ahora la situación es distinta. Hay 5.700 millones de euros encima de la mesa que le pueden abrir muchas puertas, algunas locales y otras internacionales. Es más, con ese dinero puede incluso intentar comprar algo en Brasil y mantener su presencia en ese país. Puede que Vivo sea todo su futuro en estos momentos, pero no tendría problemas en comprarse otro distinto. Los accionistas tendrán algo que decir.

Tampoco está claro que la convivencia entre Portugal Telecom y Telefónica siga siendo factible cuando acabe la batalla. La española tiene mucho que perder y por eso peleará a fondo. Intentar llegar a un acuerdo para comprar Vivo ha sido el primer paso; el más evidente y el más sencillo. Una oferta por Portugal Telecom no sería imposible con el apoyo de las leyes comunitarias, por mucho que los estatutos de la portuguesa digan lo contrario y limiten al 10% los derechos de voto a las operadoras de telecomunicaciones. Todo antes de un tercer fracaso, con las necesidades expuestas tan crudamente al público. En el mundo de los negocios, perder pasa factura. Entre un movimiento audaz y otro desesperado sólo hay una diferencia: el resultado.

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