Crónica de Manhattan

Cómo cuadrar las cuentas

Lean mis labios: no habrá nuevos impuestos". Con esta frase George H. W. Bush cimentó en 1988 su fortaleza como candidato a la presidencia. Dos años más tarde, los labios del ya presidente se volvieron a mover. Se comía sus palabras.

No hubo nuevos impuestos pero sí una subida de los existentes. Bush perdió las siguientes elecciones y el partido de su sucesor, el demócrata Bill Clinton, perdió el Congreso en mitad de la primera legislatura después de que el presidente bajara los impuestos a las clases medias y las pymes pero los subiera a las rentas altas. Bush, Clinton e incluso Reagan (que también terminó subiendo impuestos) tenían un problema: el déficit. Su misión era rebajarlo y dejar unas cuentas públicas estables.

Con un déficit de 1,4 billones de dólares (el 10% del PIB), EE UU vuelve a tener un problema y, esta vez, más grave que nunca. Ya no sólo porque los números rojos sean impresionantes, sino porque además, llegan cuando el Estado está usando grandes dosis de medicina keynesiana para paliar la crisis y porque los grandes gastos de pensiones y sanidad prometidos a la generación de los baby boomers (una extensa base de cotizantes que dejará de serlo) tienen que empezar a desembolsarse.

En el pasado, dependiendo de cómo se repartiera el poder, los republicanos han tenido que admitir subidas de impuestos y los demócratas han aceptado algunos recortes de gastos, es decir, justo lo que ninguno de ellos quería. El entendimiento sobre este punto nunca ha sido fácil y, de hecho, cuando ha ocurrido es porque el poder estaba compartido y la mayoría en el Congreso era de distinto color que el de la Casa Blanca.

Ahora hay en marcha una iniciativa de un senador republicano, Judd Gregg, y otro demócrata, Ken Conrad, para crear una comisión bipartidista que haga recomendaciones para reducir el déficit y que ambos partidos tengan que votar.

La idea de un compromiso que deje atrás el partidismo es tan interesante como casi imposible, aunque llega en un momento delicado en el que EE UU no está preparado para abandonar los estímulos.

Es interesante porque da la oportunidad de ser prácticos y observar un problema que, según un estudio que hizo The New York Times en verano, analizando las estadísticas de la CBO (la Oficina Presupuestaria del Congreso), tiene su origen en la caída de ingresos fiscales debido a las crisis (2001 y la que empezó en 2007), los mayores gastos de la red social, los fuertes recortes fiscales de George W. Bush en época de guerras (algo inédito en la historia), la reforma que hizo del Medicare, las guerras y el rescate de la banca. Un 10% del agujero presupuestario se debe al estímulo fiscal y a políticas originales de Barack Obama. Eso sí, le corresponde a él rebajarlo.

La creación de la comisión es casi imposible porque algunos senadores dicen que no se sientan sin precondiciones, algo que desespera a Gregg. La idea de crear este panel está ahora apoyada por la Casa Blanca pese a que eso signifique tener que aceptar recortes de gastos. El vicepresidente, Joe Biden, va a ayudar a que la iniciativa prospere porque teniendo en cuenta la polarización y animosidad entre los dos partidos, la posibilidad -por remota que sea-, de un compromiso para solucionar el problema del déficit es una oportunidad única.