ANÁLISIS

La resaca del hiperconsumismo

Es encomiable el esfuerzo que dedican los más notables economistas, incluyendo premios nobel, en el análisis de crisis anteriores, para, así, sopesar las decisiones más oportunas para la presente situación. Sin embargo, con todo el respeto y admiración a su dedicación, se ha de indicar que sociológicamente la actual crisis carece de antecedentes. Menos aún cuando se habla de consumo. Todavía menos aún cuando se habla de una crisis que llega después de uno de los periodos de crecimiento de la riqueza más importante de la historia y, sobre todo, una vez que en los países desarrollados nos habíamos sumergido en el panorama de lo que el ensayista francés Lipovetsky llama "hiperconsumo".

Como subrayan sus analistas, el hiperconsumo generaba cierto malestar. Parecía que la satisfacción seguía sin ser posible, a pesar de estar rodeados de abundancia como nunca. Insatisfacción que unos explicaban por una supuesta lógica del consumo: para que la sociedad de consumo funcione, y todos sigamos consumiendo, hay que mantener la insatisfacción. Una vez satisfechos, no consumiríamos. Otra explicación reside en la carga moral que, como acto social, tienen los comportamientos relacionados con el consumo. Nuestras sociedades occidentales, con una larga historia de moral de la culpabilidad, han tendido a señalar acusadoramente todo comportamiento y actitud de consumo que se saliese del marco de la necesidad, condenando todo atisbo de derroche. De hecho, buena parte de la publicidad puede entenderse como mensajes buscando legitimar comportamientos potencialmente culpables, que dejaran entrever inclinación a la ostentación, la distinción o el lujo.

El sentimiento de culpabilidad, que parecía parcialmente enterrado con la explosión del hiperconsumo, renace con la crisis económica con la fuerza que tiene todo lo que antes ha sido reprimido. Empezamos a decir que "nos hemos pasado". Nos autoflagelamos por los excesos anteriores y recomponemos el estilo de consumo con argumentos moralmente más admisibles: lo sencillo se venga de la sofisticación; la funcionalidad, del alarde superfluo; la racional y sopesada caloría, del plato-de-arte-abstracto; una supuesta necesidad, de un asimismo supuesto derroche en el vacío.

Vuelve lo sencillo, lo funcional, lo modesto. Se busca en las tradiciones de consumo, lo que veíamos en casa de nuestros sacrificados, ahorrativos y frugales padres o abuelos. Cambios en los estilos de consumo para seguir consumiendo de acuerdo con el tiempo que toca vivir.

Javier Callejo es profesor de Sociología de la UNED y miembro del Colegio de Politólogos y Sociólogos