El peligro de comer con un tipo fino

Esta semana he compartido mesa y mantel con un alto ejecutivo, elegante él a más no poder. El anfitrión, de lo primero que se sorprende es de que sus cuatro invitados, periodistas de distintos medios, fueran mujeres. Un comentario sin importancia, si a continuación no espetara que de haber sabido que "íbamos bien vestidas" nos habría convidado en otro lugar de más postín. Por supuesto, el desafortunado comentario nos removió en el asiento a las cuatro. Es cierto que los periodistas siempre hemos tenido fama de ir a nuestro aire, sobre todo en cuanto a la vestimenta se refiere, pero como en todo, es peligroso generalizar.

La comida prometía sobre todo porque el ejecutivo en cuestión, nada más entregarnos la carta con el menú, dio sobradas muestras de querer despacharnos a la primera de cambio. Nos contó varias batallitas, informó muy por encima del tema por el que nos había convocado, pero nuestras caras fueron de alucine cuando al llegar a los postres, que por supuesto no tomamos por aquello de que teníamos que mantener la línea, pasamos directamente a las infusiones y nos despidió con un "estas señoras tendrán cosas que hacer". Para nosotras supuso un alivio salir de aquel establecimiento y durante un buen rato estuvimos comentando el esperpéntico almuerzo. Lo más triste de todo es que se trata de un alto ejecutivo, que no llega a los 50 años, con una gran reputación nacional e internacional y que sirve de modelo a muchos profesionales y directivos españoles.

Quiero pensar, y la verdad es que no tengo muchos motivos para lo contrario, que la clase empresarial no piensa ni se comporta como este individuo y que no se siente incómoda al tratar con féminas. Porque, entre otras razones, van listos: la escalada de mujeres a puestos de responsabilidad es imparable y, o cambian el registro, o lo van a pasar muy mal. De todas formas, este ejemplo llama la atención por excepcional, porque lo habitual es todo lo contrario, el trato no puede ser más educado y correcto. Y tengo la impresión que, en este caso, no era sólo una cuestión de desprecio hacia las mujeres, sino que el tipo era maleducado en general, porque el trato que dispensó a los camareros no era precisamente de manual de buenos modales. Y eso que presumía de haber estudiado en instituciones con pedigrí y de la necesidad de recuperar ciertos valores.