EDITORIAL

El G-20, entre lo deseable y lo previsible

La Cumbre del G-20 celebrada esta semana en Pittsburgh se ha quedado a medio camino entre lo deseable y lo posible. Es decir, se ha limitado a lo previsible. Es algo que no puede sorprender, teniendo en cuenta que la reunión de los países más ricos del mundo y los grandes emergentes, más España y Holanda por el bloque desarrollado, partía con grandes diferencias a ambos lados del Atlántico, contabilizando el Reino Unido en el bloque anglosajón.

Tras las cumbres de Washington y Londres, el potencial éxito de esta reunión habrá que enmarcarlo en los compromisos de calendario que permiten albergar esperanzas de que sigue vivo el proceso de reformas que precisa la economía, y sobre todo los sistemas financieros a nivel global. A la vez, se han despejado las dudas sobre el papel del G-20 como el foro económico mundial que pilotará los cambios que han de poner las bases del nuevo orden. No en vano, los 20 socios generan el 85% del PIB del planeta.

El nuevo marco de la supervisión financiera, el gran caballo de batalla de los países de la Unión Europea, que han presentado un ambicioso proyecto común, se salda con un doble compromiso, pero a largo plazo en lo sustancial. El pacto para elevar las reservas del sistema financiero y capitalizar así los bancos más grandes, a la vez que se toman medidas para garantizar su solvencia, se prolonga hasta 2012. El mucho más anecdótico acuerdo para establecer las normas por las que se regirán las remuneraciones de los directivos de la banca, la principal demanda francesa, se prevé cerrar antes de fin de año.

También habrá que confiar en que se pacten fórmulas para establecer un sistema de supervisión financiera mundial. Una esperanza que se sustenta en que tanto Unión Europea como Estados Unidos ya han aprobado reformas en sus respectivos sistemas que pueden servir de base. Europa contará con tres organismos supervisores -para la banca, los seguros y los mercados bursátiles- y un cuarto organismo, tutelado por el BCE, que vigilará la estabilidad del sistema financiero en su conjunto y alertará de los riesgos sistémicos. Por la parte estadounidense, ya se ha anunciado el fortalecimiento de la Reserva Federal (Fed) y la intención de crear un gran supervisor bancario estatal. Ahora, sólo resta coordinar todas estas entidades para garantizar una supervisión eficaz a nivel mundial. O sea, resta lo fundamental para que los planes pasen del papel a la realidad.

En la batalla contra la crisis económica internacional, el acuerdo más tangible del G-20 es el compromiso de mantener al menos durante 2010 las medidas de estímulo fiscal para combatir la recesión. Los brotes verdes y las llamadas para ir aprobando los planes de salida no deben poner en peligro una recuperación que desde el G-20 se ve, acertadamente, como todavía endeble.

Más complicado es complacer al Gobierno de Barack Obama en su pretensión de establecer ese nuevo orden económico mundial más equilibrado que se desea. La aspiración de reducir los desequilibrios entre los países netamente consumidores -como EE UU, Gran Bretaña o incluso España-, y las economías exportadoras como China, Alemania o los productores de petróleo, tiene una difícil respuesta real en una cumbre como la recién celebrada. No obstante, sí puede inducir a medidas concretas, como la revalorización de la moneda china o el impulso del consumo en los países exportadores.

Pero hay algo que tiene peor arreglo. Se trata de las tensiones proteccionistas que se han recrudecido con la recesión mundial. La cumbre de Doha, que debería establecer un nuevo desarme arancelario mundial, se ha de conformar con un muy simple apoyo de buenas intenciones. Lo mismo que ha pasado en las anteriores reuniones de Washington y Londres. Las llamadas a acercar posturas, tan grandilocuentes como huecas, chocan con la realidad de la mesa de negociación cuando se trata producto a producto. Tampoco se ha avanzado en las medidas contra el cambio climático. Era algo esperable, por lo que los logros en la cumbre de Copenhague, que ha de establecer las bases para sustituir el protocolo de Kioto, siguen siendo una incógnita. El acuerdo más claro es que Canadá será la sede de la próxima cumbre del G-20. Suma y sigue.