TRIBUNA

El G-20 en Pittsburgh

Me piden que diga algo sobre el G-20. Y me ponen en un aprieto, porque leo la prensa menos de lo que debo. El evento me sonaba a faranduleo de altos funcionarios y ministros, que luego aprovechan grupos alternativos para montar la borroka por su lado. Así que me he ido al sitio web del G-20 para documentarme y me ha sorprendido gratamente la cantidad de trabajo serio que hay detrás del asunto. Como es posible que muchos lectores estén tan poco informados como lo estaba yo, les hago un resumen comentado. En primer lugar, no esperen grandes novedades. Los documentos de los grupos de trabajo que se crearon a raíz de la cumbre de Washington del año pasado ya indican el camino. En esta nueva cumbre solamente se puede revisar cómo van las cosas.

En Washington los países se señalaron unas cuantas metas. Tres de ellas competen, en buena medida, a los Gobiernos nacionales: reforzar la transparencia de los mercados financieros, una regulación correcta y la integridad de los mismos. Los otros dos requieren una mayor carga de coordinación entre los Estados: reforzar la cooperación internacional y reformar las instituciones internacionales.

Leyendo los documentos de los grupos de trabajo, da la sensación de que el objetivo de reforzar la transparencia y la correcta regulación está bien diagnosticado y se entiende bien el tipo de medidas a tomar. Las agencias de rating deben responder más claramente por sus errores (y la titulización debe depender menos de ellas). Los fondos de inversión alternativos deben ser fiscalizados en la medida que instituciones con garantía estatal inviertan en ellos. Los derivados intercambiados fuera de mercados deben centralizarse más para evitar riesgos sistémicos. Los bancos deben acumular provisiones en tiempos de bonanza (como ya venían haciendo los españoles, guiados por el Banco de España).

Hay más cosas, en general muy sensatas. La respuesta correcta adecuada a algunos fallos de regulación que sucedieron, en buena medida, porque los reguladores (y muchos de nosotros con ellos, por cierto) no entendieron de manera cabal las consecuencias de la oleada imparable de innovación financiera del último cuarto del siglo pasado. Quizá no ocurran todas ellas con gran velocidad, y algún error se cometerá por el camino. Pero me parece improbable que los mismos errores de esta crisis se vuelvan a repetir. Justamente porque entendíamos bien las consecuencias nefastas de un pánico bancario (como en el 29), se impidió el problema ahora.

Quizá la cuestión más peliaguda a la que se enfrenta el G-20, y que no sé muy bien cómo lograrán resolver en esta cumbre o en otra, es el relacionado con la coordinación. Hay muchas instituciones financieras gigantes que operan en muchas naciones pero tienen su base en un país no siempre de gran tamaño. El caso de los bancos islandeses es paradigmático. ¿Cómo podría un pequeño país garantizar los depósitos ingentes de extranjeros en manos de sus bancos? La respuesta es que no pudo. Y varios países tuvieron que ir al rescate de esos depositantes. España o Irlanda tienen también bancos mucho mayores de lo que les corresponde por su tamaño o nivel de desarrollo.

En este aspecto, el grupo de trabajo relevante del G-20 también dice cosas sensatas. Es necesario crear mecanismos regulatorios transnacionales. Los países deben actuar conjuntamente en las crisis. Las reglamentaciones nacionales deben armonizarse. Todo esto está muy bien, pero me suena a palabras vacías. En momentos de crisis, los países actuarán en buena medida en su propio interés. Los británicos salvaron a los bancos islandeses porque se jugaban el dinero de sus súbditos. Pero no siempre vamos a tener tanta suerte o la cosa va a ser tan fácil.

La parte más difícil del trabajo del G-20 será convencerse de crear instituciones internacionales para la regulación bancaria tan potentes y con tantos instrumentos como el BCE. Que puedan, si es necesario, cerrar un gran banco nacional, recapitalizarlo o fusionarlo con otro. Pero si aquí, en España, no podemos hacer algo así con cajas de ahorros de distintas comunidades autónomas para no enfadar a los barones locales, imagínense al BCE fusionando a un gran banco alemán con uno español. ¡Buena suerte, G-20, nos va a hacer falta!

Antonio Cabrales Goitia. Profesor del Departamento de Economía de la Universidad Carlos III e investigador de Fedea