COLUMNA

Diálogo social: crónica de un fracaso anunciado

Como no podía ser de otra forma, el diálogo social ha terminado en un sonoro fracaso. Lo que comenzó mal, peor ha finalizado. Iremos por partes, dado que existen motivos sobrados para la preocupación en esta España nuestra que se desangra por el desempleo.

Primero fue el planteamiento, con una foto inicial vacía de contenido. Cuentan que Moncloa la precipitó, sin que los agentes sociales hubieran acotado -como aconseja la sabiduría de la experiencia- los temas a abordar. A quienes respetamos la seriedad y responsabilidad de los agentes sociales, nos sorprendió aquella improvisación, impropia de los tiempos, ritmos y precauciones de otras épocas. Después, fue el equívoco de las partes negociadoras por parte del Gobierno. Tradicionalmente, esta responsabilidad recaía en el Ministerio de Trabajo, que quedó descafeinado en el mismo momento que el presidente del Gobierno copó todo el protagonismo, poniendo a Trabajo al mismo nivel que Hacienda, Industria, Igualdad y alguno otro más que no recuerdo. Zapatero, que iba de sobrado, entendió que el acuerdo sería fácil y rápido, por lo que se remangó directamente, llevando en última instancia la responsabilidad final.

Así comenzó este desgraciado baile, al que la música desafinada devaluaba en cada pieza que se interpretaba. Zapatero afirmó que no avanzaría nada sin acuerdo previo de sindicatos y empresarios, lo que narcotizó la iniciativa de las partes, sabedoras de que podían dormir tranquilos. No corrían riesgo alguno. Así pasaron varios meses, sin que se produjese avance alguno. ¿Para qué? Ambas partes se sabían imprescindibles y no lograban encontrar un campo de juego razonable. La crisis galopaba desbocada, y nadie tenía una receta mágica.

Los meses pasaban, la economía se desplomaba, el desempleo se elevaba hasta un increíble 18% y el Gobierno comenzó a presionar a las partes. ¡Queremos un acuerdo, y lo queremos ya! Y fue entonces, hará unos dos meses, cuando sindicatos y empresarios parecieron darse por enterados de que esto iba con ellos. Comenzaron en serio sus contactos y empezaron a emitir sus declaraciones de máximos, en forma de globos sonda. Siempre fue así, por lo que nadie tenía por qué extrañarse. Los sindicatos lanzaron sus mensajes, y los empresarios los suyos. Y, a decir verdad, ninguna de las partes nos asombró con algo novedoso. Más protección y gasto público por parte de uno, y reforma laboral, contratos más baratos y cotizaciones sociales reducidas por los otros. Lo de siempre, más o menos.

Y en estas estábamos cuando saltó la sorpresa. El Gobierno se dedicó a descalificar públicamente todas y cada una de las propuestas de la CEOE. El Gobierno se puso descaradamente del lado sindical, llegando incluso a mostrar más beligerancia contra los empresarios que los propios sindicatos. Quienes afirmaban ser adalides del diálogo social protagonizaron un sainete sectario. Comenzamos a sospechar entonces que los aprioris ideológicos del Gobierno imposibilitarían la mínima imparcialidad necesaria para que las partes negociaran con libertad. Al pobre gobernador del Banco de España se le ocurrió abrir la boca por aquel entonces, sumándose a la voz de la Comisión Europea y la OCDE en torno a la reforma laboral y las pensiones, para que le cayeran las guantadas por todos lados. Zapatero había adoptado el papel de salvador de la justicia social, y cualquiera que osase a expresar una opinión distinta a la suya era tachado de insolidario y mezquino. Los empresarios quedaron atónitos. Habían vivido muchos otros procesos de diálogo, y jamás se habían encontrado ante un Gobierno tan parcial e inclinado por una de las partes.

Mientras esto ocurría, las cuentas de resultados de las pequeñas y medianas empresas se derrumbaban, y los asociados comenzaron a exigir a los responsables de la CEOE mayor firmeza en la negociación. Era la hora de hacer algo importante o de quedarse quietos. El Gobierno continuó presionando y al final centró el debate en torno a dos puntos. Más protección para los desempleados que agotaran su prestación y una pequeña rebaja de las cotizaciones sociales. Puras migajas que en nada solucionarían el gravísimo problema que nos acongoja.

En un momento dado, los empresarios se dieron cuenta del papelón que harían firmando ese acuerdo de la señorita Pepis, y decidieron poner tierra por medio. Y lo hicieron de la forma elegante que suelen usar los hombres de negocios cuando no quieren cerrar una operación. Se limitaron a subir el precio. Y eso fue más de lo que la vanidad del señor del talante podía soportar. Montó en cólera, los expulsó del paraíso entre maldiciones, y se esforzó en mostrarse ante la parroquia como el defensor de los derechos que los pérfidos empresarios querían expoliar. Ha resultado del todo bochornoso las infamias que han lanzado contra la CEOE, acusándola de querer rebajar las pensiones, de imponer el despido libre y de estar al servicio del PP. Pura demagogia barata de un equipo alarmantemente mediocre. Afortunadamente, este paripé ha saltado por los aires. Mucho mejor para todos.

Ahora debe comenzar de nuevo y en serio. Los agentes sociales son más que capaces de arremangarse las mangas de verdad para comenzar a trabajar. El problema es el Gobierno, que de estas cuestiones ha demostrado no saber nada de nada. No soy optimista. Sospecho que bajo la piel de cordero de Zapatero se oculta una vanidad sin límites, herida por la renuncia de los empresarios. Para nuestra desgracia, dudo que seamos testigos del gran acuerdo que precisamos.

Manuel Pimentel