La opinión del experto

No hay mal que por bien no venga

Santiago Casas anima a plantearse si se puede vivir de lo que nos apasiona. æpermil;l lo está intentando. La crisis le ha dado la oportunidad de cambiar su sillón de director de empresa por los auriculares de Kramnik, disc-jockey

Ciertamente, los tiempos de crisis no pueden ser malos para todos. Y no sólo por aquello de que algunos ganan cuando otros pierden. Hay veces, como en mi caso, donde se puede ganar en todo lo que es realmente importante en la vida antes de ver un solo duro. Aunque, evidentemente, cuando hacemos los que nos gusta, el dinero llegará con más naturalidad y certeza. Y es en éste sentido donde la crisis ha sido buena para mí, a pesar de que en general no lo sea.

El caso es que yo era el country manager de la empresa Compra y Vuela y Descubre Promociones en España. Quizás os suene más Banesto Compra y Vuela, un programa de fidelización asociado a una tarjeta Master Card. En definitiva, una agencia de promociones y programas de fidelización con una matriz en el Reino Unido digna de Gran Hermano, y que la crisis se ha llevado por delante (junto con Compra y Vuela, claro).

La clave de la cuestión es que seguramente no seré (o he sido) el único ejecutivo de España cuya verdadera pasión no tenía nada que ver con su trabajo. Ni en España ni en el resto del mundo, pero como en España todo funciona a la velocidad de 56 Ks, en lugar de ADSL, pues todo llega con un pelín de retraso. No creo que haya millones de personas en España con una pasión desmesurada por la caracología, por ejemplo. Pero seguramente todos vosotros tenéis una pasión que no tiene nada que ver con vuestra nómina, y siempre estáis soñando con ese día que nunca llegará.

Y no es que me gusten especialmente los caracoles, un animal digno a la par que lento. En mi caso, la pasión es la música y, más concretamente, la música electrónica. Una pasión venida a hobby que siempre había estado ahí, pero que avanzaba a la velocidad de un caracol con prozac.

Pero todo esto cambió cuando, al ver que la empresa no vendía absolutamente nada en tiempos de crisis, decidí abandonarla y dar la vuelta al mundo. Además estaba soltero (lo cual se agradece enormemente en estos casos, y en muchos otros también). El viaje duró cuatro meses y empezó en Santiago de Cuba y siguió por La Habana (Cuba), Los Ángeles (Estados Unidos), Japón, Camboya, Vietnam, Laos, Singapur, Malasia e Uruguay. Evidentemente la lista de sitios es interminable. En Japón estuve tres semanas dando vueltas por todo el país, en Tailandia hay cientos de islas paradisiacas sin los atascos de Serrano (y de las cuales Phuket es la menos recomendable).

El caso es que en cuanto llegas a los países del tercer mundo, enseguida te das cuenta que la gente es muchísimo más feliz. Es algo inexplicable porque luego todo el mundo quiere vivir como nosotros. Pero, por alguna razón misteriosa, la felicidad en esos países de alguna manera ridiculiza todo nuestro sistema operativo. Y, sobre todo, pone de relieve las flaquezas de esa noria ratonesca en la que todos entramos sin darnos cuenta, en la que todos depositamos todo nuestro futuro y en la que, de repente, el ratón se encuentra sin la mitad de toda la comida que había acumulado durante toda su vida dando vueltas en una noria multicolor pero defectuosa. Quizás una mayor interacción social, en un sistema más social que económico, genera más amigos para todo el mundo y quizás con eso sea suficiente. Pero el caso es que, en Bangkok, conocí un español en una situación parecida a la mía y con una nueva vocación poco habitual: la de personal coach.

Yo siempre había pensado que ese tipo de profesiones era otra exportación superflua de Estados Unidos. Pero en este caso, lo que resultó superfluo era mi trayectoria profesional hasta ese momento: ¿Qué es lo que más te gusta en la vida?, ¿dónde te gustaría estar en diez años?, ¿cuáles son tus sueños y qué estás haciendo para conseguirlos? Estas son las cuestiones que plantea habitualmente un personal coach. Pero claro, no es lo mismo plantearse estas cuestiones en un pueblecito de Laos, con el sonido de las aguas de un río de fondo, que planteárselas mientras hablas por el móvil, de camino a una reunión, y con las grúas del alcalde en mezzo forte.

El caso es que, a raíz de esas conversaciones con mi coach, decidí dedicarme por completo a lo que siempre había querido: la música. Además del cambio en sí, lo importante en este caso es que el cambio de timón vino exclusivamente por un cambio de entorno. Al volver a Madrid me puse manos a la obra, grabé una sesión DJ de hora y media, diseñé una página (kramnik.dj), la mandé a las mejores revistas del sector, y gané el concurso de mixes de la revista DJ Mag (la número uno del mundo). A raíz de ganar ese concurso, el mix se emitió en un programa de Kiss FM en el Reino Unido donde pinchan los mejores DJ del mundo (Total Kiss), la revista Mixmag me pidió un Top 10, y este mes salgo en la sección One to Watch de la revista iDJ. Además, a raíz de estos éxitos, he contratado una consultora de comunicación para buscar una agencia especializada en el sector.

Así que, en mi caso, la crisis ha sido entre muy buena y buenísima (si todo sale bien, claro).

Santiago Casas. DJ Kramnik