Opinión

Volver a tener un piloto al mando

Tras una larga y despreocupada huida hacia delante, la máscara sonriente ha caído y el modelo del beneficio a cualquier precio ha mostrado su verdadero rostro: pérdidas abismales, quiebras, crisis de confianza y un sistema financiero mundial al borde del precipicio. Sin caer en la tentación fácil de buscar chivos expiatorios, necesario se hace admitir que una de las causas de la crisis es la avidez de ciertos directivos empresariales, dispuestos a asumir cualquier riesgo con tal de ganar más.

En efecto, por un lado se encuentran los accionistas desvinculados de la práctica empresarial, y motivados por la perspectiva de una rápida subida de la cotización de la acción en Bolsa. Y por otro están los directivos mercenarios, seleccionados para alcanzar ese objetivo a corto plazo más que para asegurar el éxito de la empresa a largo plazo.

Es frecuente que los ejecutivos permanezcan poco tiempo al mando, por lo que se concentran ante todo en medidas de alcance inmediato: sombríos recortes para reducir gastos, deslocalización, compra de empresas, reducción de las inversiones productivas o del mantenimiento, colocación especulativa de la liquidez, endeudamiento y riesgo.

El fondo del problema reside, por lo tanto, en la asimetría existente entre rendimiento y riesgo: en caso de éxito, los directivos perciben una prima importante, mientras que en el caso contrario, lo peor que les puede ocurrir es perder su sillón de dirección, un castigo que será ampliamente compensado por cómodos paracaídas de oro.

Es necesario establecer un sistema más equilibrado. Es perfectamente normal que el fundador de una empresa, que trabaja día y noche para desarrollarla, se beneficie ampliamente del fruto de sus esfuerzos, pues existe un equilibrio entre el riesgo asumido y el beneficio obtenido.

¿Cómo conseguir ese equilibrio en el caso de una empresa que cotiza en Bolsa y que tiene disociadas la propiedad y la dirección? Se podría, por ejemplo, aplazar el pago de la parte variable de la retribución de los directivos sobre varios años, con penalizaciones en caso de malos resultados, o indexarla sobre diversos indicadores financieros. Otra forma sería realizar una amplia apertura del capital a los colaboradores, pagándoles una parte de su retribución en acciones, lo cual alinearía los intereses del equipo directivo con los de los accionistas.

Sin embargo, más que sobre el crecimiento absoluto, habría que indexarla sobre la evolución relativa con respecto al resto del sector.

Ahora bien, sea cual sea el sistema, hay que ser consciente de que se puede desviar. Más vale, por tanto, desarrollar el sentido de la responsabilidad entre los ejecutivos y una ética de empresa que garantice que haya siempre un piloto a bordo del avión.

Sería erróneo, no obstante, echar toda la culpa a los ejecutivos. Los accionistas también tienen que rebajar sus expectativas a niveles más realistas. No se puede alcanzar de forma sostenible tipos de crecimiento de tres a cinco veces superiores al ritmo de desarrollo económico. Si los accionistas y analistas mantienen tales exigencias, existe un gran riesgo de que los directivos recurran a subterfugios simplemente para conservar el puesto. Y eso es algo que es mejor evitar, como ha demostrado de forma dolorosa la historia reciente.

Alfredo Piacentini. Socio directivo de Banque Syz & Co