COLUMNA

Sobre la extinción de la prensa

Voces de muerte sonaron, cerca del Guadalquivir, dice el poema de Federico García Lorca. Ahora, fuera de toda poesía, lo que suenan son otras voces que pregonan la extinción de la prensa. Cada día llegan noticias de la desaparición de rotativos, sobre todo en EE UU, que sigue siendo el país anticipador de lo que va a pasarnos a los demás. Aquí las voces más cercanas dan cuenta de expedientes de regulación de empleo y otras austeridades complementarias referidas a los diarios que se imprimen en papel. Vivimos momentos de una particular crisis del sector bajo la galerna de las publicaciones online que nos devuelve al enunciado del proceso de destrucción creativa proclamado por Schumpeter. Un proceso acelerado por la drástica caída de la inversión publicitaria característica de la recesión en que hemos terminado por instalarnos.

Todos navegamos en los mares de internet donde todo exceso tiene su asiento. Cunde el anonimato que impulsa cualquier clase de atrevimiento. Se pierden las referencias distintivas. Desaparece el aval que acredita la veracidad de las noticias. El fenómeno produce una igualación por abajo. Estamos inundados de información y, como sucede en toda inundación, estamos con el agua al cuello y acuciados por la primera carencia básica, que es la del agua potable. Faltan las depuradoras que nos permitan mantener los niveles de hidratación precisos sin peligro de envenenamiento. Pronto ofreceremos, como el rey Ricardo III en el fragor de la batalla, nuestro reino por una botella de agua garantizada. Declaremos enseguida que esa tarea potabilizadora era precisamente la más noble entre las que asumían los periodistas auténticos siempre imbuidos de sus deberes hacia el público.

Contaba hace unos días el International Herald Tribune que más del 85% de las noticias que llegan a los ciudadanos de EE UU tienen su origen en los diarios impresos y daba cuenta del canibalismo de las publicaciones online, donde prolifera la cacofonía y el ruido que dificulta la inteligibilidad de los mensajes. Falta ese manual de autoprotección contra la manipulación informativa que ahora se hace más preciso que nunca. Se multiplican los problemas inherentes a cualquier sistema de comunicación y nos vemos enfrentados a la toma de decisiones mientras somos víctimas del riesgo derivado de que la atención, la percepción, la memoria y el pensamiento se vean distorsionados o influidos por la emoción y la memoria, bajo estímulos incesantes que somos incapaces de discernir, como refiere Norman F. Dixon en su excepcional estudio sobre la psicología de la incompetencia militar.

Así que mientras la información moderna es cada vez más acelerada y efímera, y los medios empleados para obtenerla y transmitirla se hacen cada vez más instantáneos y más complejos, el nivel intelectual de quienes entran a formar parte del periodismo podría estar entrando en fase de decadencia como si cada vez hubiera menos jóvenes que pensaran que entrar en ese oficio valiera la pena, ahora que como dice el título del libro de Scott Gant We're All Journalists Now. Hace unos días Juan Luis Cebrián se acercaba a estas realidades y señalaba la importancia de plantear quién pagará la información responsable y con rigor. Porque volviendo al International Herald Tribune y a otras pistas complementarias que me remite mi corresponsal en Nueva York, sucede que el diario online más célebre en EE UU, el Huffington Post, se hace con apenas 30 periodistas, mientras el New York Times cuenta con 1.400 redactores. Luego sucede que para levantar informaciones de relieve se requiere que los periodistas sigan los asuntos con determinación y tiempo, lo cual queda fuera de los alcances de quienes emplean medios de extraordinaria limitación.

Los diarios impresos tendrán que servirse de las tecnologías más avanzadas para servir a sus lectores que seguirán buscando en ellos la referencia dominante. Porque más allá del alud de internet, el público pensante se ve conformado por el periódico que cada 24 horas es capaz de ofrecerle una idea del mundo en el que vive conforme a pautas de ponderación que lo hacen inteligible. Ni los diarios más arriba citados, ni el Financial Times, ni el semanario The Economist han entrado en dudas sobre sí mismos. Saben que deben cultivar un nuevo e indeleble prestigio, el de la escasez, donde también hay un nicho de saludable negocio que acompaña siempre a quienes saben llevar la contraria. Continuará.

Miguel Ángel Aguilar. Periodista