COLUMNA

El retorno de la cultura del esfuerzo y el sacrificio

Estamos atravesando los momentos más duros de una recesión que pudiera convertirse en depresión. Y más allá de los datos macro que lo avalan, sufrimos su consecuencia más dolorosa. Un desempleo galopante que cabalga hacia cifras inesperadas y terroríficas. Los cuatro millones de personas sin empleo empiezan a vislumbrarse para final de año, lo que supondría una tasa de desempleo cercana al oprobioso 20%. Si en pleno boom de la construcción nos jactábamos de crear la mitad del empleo de Europa, ahora lo destruimos. Sólo se trató de un espejismo que cegó nuestra soberbia.

Nos llegamos a creer una economía dinámica y sostenible; ha bastado que se viniera abajo la construcción para que dos millones de trabajadores se terminen yendo al paro. Seguimos siendo diferentes. El resto de Europa y del mundo desarrollado sufre una recesión de igual intensidad -o aún mayor- que la nuestra pero, sin embargo, su desempleo ronda el 9%. Todos sufrimos el brutal envite de la crisis financiera y su restricción del crédito. ¿Qué nos ocurre a nosotros para que nos destaquemos como campeones absolutos del desempleo?

Las razones diferenciales básicas son bien conocidas. Demasiado peso de la construcción en nuestra estructura económica y una bajísima productividad por empleado que nos resta competitividad internacional. Es cierto que una gran parte de este déficit de productividad se debe a condicionantes de los sectores dominantes -construcción y turismo-, y a una escasa tecnificación de nuestros procesos productivos. Pero estas razones no explican por sí mismas el acusado diferencial en desempleo.

El Gobierno debe analizar con todo detalle mejoras posibles en las normas y hábitos de nuestro mercado de trabajo. Sin duda existen aspectos que urgen mejorar y modificar, para acercarnos a los que funcionan en los países con menores tasas de desempleo. Para ello, sindicatos y empresarios deben remangarse y ponerse a trabajar duro. Deben hacer un gran esfuerzo para intentar llegar a unos acuerdos que el Gobierno refrendara. Si no se diese el caso, el Ejecutivo tendría que actuar en materia laboral antes de que finalizara el presente año.

El malestar va a incrementarse de forma muy acusada y no puede permanecer de brazos cruzados. No se trata tan sólo de gastar dinero público y de presionar a los bancos para que presten dinero, sino que es necesario que aborde las reformas necesarias en ámbitos económicos, sociales y educativos, por dolorosas que puedan resultar.

Pero no toda la responsabilidad debe recaer sobre el Gobierno. También las empresas y sus trabajadores tienen mucho que decir. Volveremos a la cultura del esfuerzo y el sacrificio, valores olvidados en las épocas de vacas gordas, en los que los paradigmas eran motivación y retribución. En los departamentos de recursos humanos retomarán el poder los halcones, con sus técnicas de exigir rendimientos y controlar costes, en detrimento de las palomas, habituadas a políticas de motivación y fidelización. A los trabajadores se les exigirá, sobre todo, rendimiento y productividad, y se les atenderá menos en aspectos de motivación. Del perfil de psicólogo de apoyo se pasará al de control. El sueldo y el empleo ya será suficiente estímulo de motivación. De alguna forma, es necesario este retorno a los valores del esfuerzo y sacrificio, aunque no se puede olvidar que la competitividad también radica en la adecuada cualificación -por lo que la formación seguirá siendo del todo precisa- y en la optimización del trabajo en equipo.

Sólo retomaremos el camino de la productividad si las empresas invierten en la mejora y automatización de sus sistemas productivos, y si los trabajadores se esfuerzan en producir más y mejor. Debemos seguir internacionalizando nuestra economía, incorporando valor añadido, innovando, ofreciendo nuevos productos y servicios para las nuevas demandas de una sociedad que no deja de cambiar.

Pero para todo ello, además de financiación, precisamos confianza y, sobre todo, ilusión. Todos sufrimos los golpes de una crisis brutal que nos deja sin resuello. Sobrevivir al día a día es la única posibilidad para un alto porcentaje de nuestro tejido productivo. ¿Cómo exigirles que piensen en el mañana, en abrir mercados y en invertir en tecnologías? Pues esa es la responsabilidad de todos, en especial de los Gobiernos. Saldremos de la crisis, sí, pero con esfuerzo y sacrificio.