José Ignacio Millán Valderrama

'La innovación es fundamental, sin ella estamos perdidos'

Tras pasar tres décadas dedicado a la informáticayadirigir la filial española de la compañía alemana Software AG, abandonó sutrabajo para cumplirunsueño: crear su propio negocio de aceite en Toledo.

Estudió ingeniería de montes, pero en los años sesenta no era una carrera con la que se pudiera ganar bien el sustento. Así lo recuerda José Ignacio Millán Valderrama, cordobés, de 67 años, que siguiendo el consejo de su padre, agricultor de profesión, decidió hacer un curso de informática. Su destino profesional empezó a planearse cuando comenzó a trabajar en el Instituto Forestal de Investigaciones, en la sección de ordenadores.

 

Su abuelo fundó la fábrica de aceite y, después de tres décadas en una multinacional alemana, usted decidió continuar con la tradición familiar.

En 1998 me planteé cambiar de actividad, sentía el deseo de trabajar para mí y para mi familia. Coincidió que la compañía en la que estaba empleado salió a Bolsa, era la época de los grandes pelotazos en el mercado bursátil, lo que significaba que el dueño de la empresa para la que trabajaba ganaba más de mil millones de euros. Sentía que era todo un desmadre; además, la filial española funcionaba muy bien y nunca reconocieron nuestro éxito. Gestionar la empresa en contra de los criterios alemanes se me hacía cuesta arriba.

¿Pero hasta entonces no había tenido problema alguno?

El problema viene cuando sales a Bolsa y tienes que hacer que el trimestre sea bueno. Es lo que pasa hoy día en la mayoría de las empresas, que tienen que mirar el corto plazo y vives con una gran presión por conseguir resultados. Entonces fue cuando decidí dejar mi trabajo y montar un negocio sólido, a largo plazo. Dudé entre el sector informático, que conocía muy bien, y el del aceite. Me decidí por este último porque es mucho más sosegado, sobre bienes raíces, y donde uno establece las mejoras que quiere hacer para que aumente el valor de la finca.

¿No le dio pereza cambiar la vida de ejecutivo por el campo?

Estoy feliz. Yo soy un hombre de campo. Mi bisabuelo plantaba olivos, mi abuelo fabricaba aceite en Montilla (Córdoba), mi padre y mis hermanos también tienen una fábrica de aceite, y a mí siempre me ha gustado este negocio. Y me propuse hacer el mejor aceite. Un amigo mío me animó muchísimo porque yo, además, soy un vendedor nato. Me encanta viajar y andar por el mundo. Yo soy el que vendo el aceite fuera de España.

¿No le asusta el mercado internacional?

A mí no me asusta nada. Siempre he salido a vender. Lo hice cuando me dedicaba a la informática y lo sigo haciendo ahora. En Estados Unidos vendí aceite Valderrama en 58 de los 60 restaurantes a los que se lo ofrecí.

¿Hay que tener alguna cualidad especial para saber vender?

La venta es un arte y se nace con esa habilidad, lo mismo que la pintura o hablar inglés. Yo, por ejemplo, no hablo inglés, domino el spanglish. Pero hay un truco que no falla y es estar convencido de que lo que haces es bueno y el producto que vendes es el mejor. El 60% de la producción de 2008 la tengo vendida fuera, y esperamos que la de 2009 siga el mismo camino. Este año estamos produciendo más porque los árboles son más grandes.

¿No teme a la crisis?

No, no le tengo miedo, a no ser que haya un colapso financiero. El aceite es un producto que se utiliza a diario. No podremos tener dinero para otras cosas, pero para pan y aceite siempre habrá. Es un verdadero drama la cantidad de gente que está perdiendo su trabajo. Aquí vienen personas a pedir trabajo en la finca y que les pagues con dinero en negro para poder seguir cobrando el desempleo porque no les llega para vivir.

Tiene 67 años y una empresa joven, ¿ha pensado ya en la sucesión?

Lo que tengo claro es que quiero una empresa profesional, con gente capaz, y no una compañía de señoritos donde se da empleo al hijo del dueño valga o no valga. Si el hijo del propietario funciona, pues que trabaje en la compañía, pero si no es así, que se busque la vida en otro sitio. De todas formas, lo que tienen que hacer es conocer la empresa desde abajo, saber lo que es un tractor. Hay que saber hacer de todo, es la única manera de conocer y de implicarse en el negocio, es lo que he hecho yo y es lo que hago con mis hijos. Es la única manera de que nadie te engañe. Cuando me dedicaba a la informática hacía lo mismo. Yo dormía 20 horas a la semana, pero tenía un conocimiento y un control total sobre la empresa. La única manera de hacer una empresa sólida y duradera es trabajando. Ahora me implico en todas las facetas de la producción y de la venta del aceite.

Acaban de sacar al mercado unas gominolas de aceite de oliva, ¿la innovación forma parte de la estrategia del negocio?

Es fundamental, sin innovación estamos perdidos. España está a la cola en temas de investigación y desarrollo, pero falla todo desde la escuela, donde se corta las alas a los niños y donde no se estimula a los jóvenes para que sean creativos. Soy un loco de la innovación; además, provengo de un sector, como es la informática, en el que si no innovas, te mueres. Apostábamos por soluciones informáticas que en España no se hacían. Innovar produce trabajo y dolores de cabeza, pero es la única solución para tirar adelante.

¿Cuál es el paso más difícil en la creación de una empresa?

Sin duda, centrar el producto en el mercado y saber lo que se quiere. Hay que tener claros los objetivos y tener recursos financieros para hacer frente a esas soluciones. Dentro del aceite hay muchos escalones y nosotros teníamos claro que queríamos producir un tipo de aceite especial, de gama alta, con márgenes amplios y escasa competencia. Ahora tenemos posicionado nuestro producto en 15 países y nos encontramos en pleno proceso de expansión. Hemos conseguido grandes logros, como estar en Singapur, Japón, donde tenemos que ampliar mercado como en Estados Unidos, Corea del Sur y Hong Kong, que no son mercados fáciles para el consumo de aceite de oliva. En Asia no existe una cultura del aceite. Hace poco he estado reunido con cocineros tailandeses para ver cómo se puede adaptar a su tipo de cocina.

¿Y China no es un mercado estratégico?

Para una pequeña empresa como la nuestra, no. Para hacer las cosas bien en China tienes que tener cierto volumen empresarial y una gran paciencia para hacer negocios. Es muy distinta su forma de trabajar a la que tenemos los occidentales.

Usted es muy crítico con los estilos de gestión condicionados a los vaivenes del mercado bursátil.

Es que así no se puede trabajar. Es necesario recuperar ciertos valores éticos, hace falta tener ética en los negocios y no dejarse llevar tanto por la cuenta de resultados. Hoy día, en las multinacionales sólo sirve trabajar para arreglar el trimestre y que se cobre el famoso bonus. Y cuando alguien se da cuenta que se están haciendo las cosas mal, nadie lo denuncia. Las grandes empresas tienen que volver a prácticas empresariales más sanas.

¿Dónde se aprenden este tipo de enseñanzas?

La ética y la moral se aprenden desde pequeño en casa. Desgraciadamente, en España hemos pasado de la alpargata al cochazo en muy poco tiempo y nos hemos acostumbrado mal. Ahora la gente ya no quiere trabajar tanto y no valora la cultura del esfuerzo porque tampoco se lo imponen desde la escuela ni en casa. A lo mejor esta crisis sirve para reconducir todo y volver a aplicar el sentido común a todo.

¿Qué le gustaría aportar al mundo del aceite?

Me gustaría que dijeran que somos los más serios haciendo aceite de oliva. Todavía tenemos mucho camino por recorrer porque en España, a pesar de ser uno de los mayores productores de aceite, aún no tenemos muy extendida la cultura de este producto. El desconocimiento es más bajo que, por ejemplo, en países que no producen aceite. También es cierto que gracias a la tecnología cada vez se hace mejor aceite, ahora tenemos que empezar a exigir a los productores que nos den calidad. Hay restaurantes de primera categoría que no le dan importancia a este alimento.

'Hay que reconocer el esfuerzo de tu gente'

Su paso por la compañía Software AG le marcó. Por varias razones, entre ellas, por el reto que supuso abrir una delegación en 1985 con tan sólo cinco empleados en España. Cuando la abandonó, en el año 2000, la plantilla la componían más de un millar de empleados.

De su experiencia laboral en la multinacional alemana asegura que extrajo una lección: 'Aprendí a trabajar de manera ordenada, me enseñaron a poner orden a las cosas y a no perder el tiempo'. Por lo demás, la esencia de José Ignacio Millán Valderrama parece seguir intacta.

Es un hombre afable y campechano que donde más a gusto dice sentirse es en el campo, en su finca de Toledo de 273 hectáreas, donde tiene plantados 75.000 olivos, controlando la recogida de la aceituna así como todos los procesos de producción. Pero lo que más valora es 'reconocer el esfuerzo de tu gente'.