COLUMNA

Apple debe poner fin al secretismo

Las murallas chinas de Apple han vuelto a aislar la compañía. El mago de la comunicación de la empresa del iPod finalmente reveló que el presidente, Steve Jobs, está enfermo. El problema no es lo que dijo, sino lo que se calló durante los meses en que se ha especulado con la salud del fundador, con el consiguiente efecto sobre el valor de la acción. El consejo de Apple debería articular los planes de sucesión para restaurar la confianza de los inversores.

Los primeros rumores sobre la salud de Jobs surgieron tras su demacrado aspecto en la conferencia de junio. Apple lo achacó a un simple catarro y cuando se cuestionó la explicación, rotundamente alegó que se entraba en la esfera privada de Jobs. El pasado mes anunció que no asistiría al Macworld, el evento estrella de la empresa. Esto provocó un aluvión de especulaciones sobre la salud del presidente, a lo cual Apple dio la callada por respuesta.

Parece que Jobs se ha perdido Macworld porque sufre una dolencia nutricional surgida tras su exitosa operación de cáncer. Algo muy distinto de los rumores pesimistas que circulaban en los blogs de tecnología. Pero aun así, la respuesta de Apple para justificar la salud de su jefe sigue pareciendo ligeramente decepcionante.

Había informes sugiriendo las dolencias nutricionales de Jobs desde hace al menos seis meses. Es difícil creer que el consejo de la compañía no diera suficiente información a los accionistas. Después de todo, Apple solamente reveló la infección de Jobs con cáncer de páncreas en 2003 después de que hubiese sido ya operado para tratárselo.

Por supuesto, hacer públicos los problemas de salud de los ejecutivos es una decisión resbaladiza. Nadie tiene por qué enterarse cada vez que a Jobs le duela la cabeza o tenga acidez de estómago. Pero si existe un hombre clave, ése es sin duda Jobs. Si Apple hubiese informado antes a sus accionistas, se podrían haber evitado seis meses de rumores febriles. Ahora su credibilidad está tocada.

Una de las maneras de recuperarla es presentar rápidamente un plan de sucesión. Los accionistas merecen conocer quién pilotará la compañía si la enfermedad de Jobs se convierte en algo más serio que le forzase a dimitir. Apple quizá valora su cultura reservada, pero éste es un secreto que no se puede guardar por mucho tiempo.

Por Jeff Segal.

Moscú saca ventaja

El gas finalmente fluirá otra vez, y Ucrania no se congelará. Incluso antes de que se haya encontrado un compromiso en la disputa del gas entre Rusia y su satélite de la era soviética, lo que está ya claro es que Moscú ha sacado ventaja de la crisis.

Cualquiera que sea el resultado de la nueva edición anual del drama del gas ruso, Moscú ha conseguido pintar a su ex satélite como un socio informal. Incluso mejor, ha salido reforzado en sus intentos por diversificar las rutas de suministro hacia Europa occidental. Sus proyectos de gasoductos por el norte y el sur encontrarán sin duda mayor aceptación entre los miembros de la UE. Y en cualquier caso, Ucrania acabará pagando más por el gas ruso.

La disputa ha dejado claro que Ucrania es un desastre. En el frente político, la amarga rivalidad entre el presidente y el primer ministro, antiguos aliados durante la revolución naranja, ha dificultado que Kiev mantenga una posición de negociación coherente ante Moscú. En el financiero, Ucrania, con una divisa hundida, difícilmente podría comprar los dólares que necesita para liquidar la deuda con Gazprom.

Las cosas no están mejor en la parte industrial: la infraestructura gasista ucraniana está en un estado funesto, según la mayoría de los observadores. Esto explica en parte por qué no llega el gas ruso a Europa occidental -al margen de que Ucrania haya cortado el suministro-. Gazprom alega que Ucrania ha desviado parte para su consumo nacional. Si las acusaciones son reales, otros países se mostrarán más reacios a hacer negocios con el país. A Rusia no le importaría en absoluto.

Alrededor del 85% del gas ruso que consume Europa pasa actualmente por Ucrania. Rusia pretende desde hace tiempo construir rutas que eviten esta zona. La ruta del norte, un gasoducto propuesto conjuntamente por Alemania y Rusia que pasaría por el Báltico, ha encontrado una fuerte oposición, especialmente de grupos ecologistas, en países como Suecia, Dinamarca y Polonia.

Estas objeciones quizá pierdan importancia tras el conflicto con Ucrania. Quizá la UE opte por asegurar el suministro energético frente a la ecología bajo el mar.

Por Pierre Briançon.