COLUMNA

Fusiones y adquisiciones

No lloréis por los negocios que no se hicieron en 2008. Un número récord de fusiones y adquisiciones se frustraron, por valor de 911.000 millones de dólares, según la clasificación de Dealogic. Aunque en valor es menor que en 2007, en proporción a las operaciones anunciadas supone un empeoramiento hasta el 28%, frente al 25% de 2007 y el 17% del año antes.

Algunos de los intentos frustrados es mejor olvidarlos. La oferta de BHP Billiton de 150.000 millones de dólares sobre Rio Tinto se planteó en un mercado alcista del sector minero, con sentido en un entorno de precios disparados de las materias primas. O el acercamiento de France Telecom sobre TeliaSonera por 47.000 millones de dólares. La propuesta de 42.000 millones de dólares del capital riesgo por la operadora canadiense BCE fue un retazo del pasado boom de los LBO (compras apalancadas).

Los banqueros, que en su mayoría han sufrido el fracaso de las operaciones, están trabajando ya en la nueva cosecha del próximo año. Las señales apuntan a que el mercado se estrechará y que serán con menos deuda, pero más complejas. Muchas implicarán reestructuraciones parciales, o fusiones defensivas en sectores en problemas como el automovilístico o la distribución.

Pero posiblemente, la clasificación de 2009 no sea mucho mejor. Incluso las compañías más sólidas tienen problemas para endeudarse. Cantidades masivas de bonos gubernamentales abarrotarán los mercados. Y para muchos acuerdos de fusiones no bastará con acudir al capital, también se necesitarán créditos.

Las operaciones sustentadas en intercambio de acciones quizá tengan más éxito -dependiendo de la tolerancia de los inversores-. Valoraciones del capital, previsión de ingresos y futuras fluctuaciones de la Bolsa arrojan un entorno muy duro para el año. Máxime cuando alguno de los posibles negociadores bordee situaciones angustiosas, lo que convierte en imposible cualquier fusión.

Sin duda, el paisaje empresarial parece que será muy distinto del actual a finales de 2009. Pero quizá, los cambios se produzcan más por negocios fallidos que por el renacimiento de las fusiones y adquisiciones. Los profesionales de estas operaciones se merecen un año mejor, pero para conseguirlo necesitarán pasar un tiempo repasando los vericuetos de las leyes de bancarrota. Por John Foley

Un nexo nocivo

Las malas decisiones económicas no siempre estropean las carreras políticas. Cuando Gordon Brown fue ministro de Economía de Reino Unido, debería haberse mostrado consternado por los precios de la vivienda, pero se comprometió a un superávit fiscal. Luego, como primer ministro, Brown ofreció una respuesta redonda a la crisis que él mismo había alimentado, en gran medida para ganar popularidad.

El caso de Brown, sin embargo, es excepcional. La crisis financiera es terreno minado para la política. La última víctima lleva el nombre del primer ministro de Bélgica. Yves Leterme, calificado como un 'político experto en bombas', ha caído por una llamada telefónica vinculada a la crisis de Fortis, la entidad financiera de mayor peso en Bélgica.

El Gobierno dimisionario, al igual que la mayoría de sus predecesores, era ya inestable. Pero esto es lo que sucede en las crisis: los fuertes se vuelven débiles y los débiles muerden el polvo.

Leterme ya tiene un compañero distinguido en el club de los políticos perdedores. Sin una recesión, el presidente electo de Estados Unidos podría haber sido John McCain. Lo más probable es que la lista de miembros del club continúe creciendo.

Hay tanto para considerarlos responsables: pobres iniciativas para hacer frente a la recesión, el dolor económico provocado por un buen número de decisiones controvertidas en respuesta al derrumbe del sistema financiero. La tarea resulta aún más difícil por la confusión intelectual gestada por los asesores. Es fácil perderse cuando los guías son ciegos.

Rara vez se cita a Bélgica como modelo de gestión pública, pero los males de Leterme han acuñado un negrísimo ejemplo. El Gobierno nacionalizó gran parte de Fortis y, a continuación, orquestó una rápida venta al BNP Paribas, uno de los bancos más fuertes de Europa. Una gestión razonable, pero que descarriló por la decisión judicial de dar voz a los accionistas privados.

Leterme se marcha por no haber sabido tomar simultáneamente decisiones imaginativas, precisas y acordes a la ley. Pocos políticos son capaces de hacerlo. Y a muchos se les castigará por deficiencias menos sutiles. Por Edward Hadas