COLUMNA

Sí a Bolonia

En estos días en los que la crisis económica arrecia, en la Universidad española está comenzando una revuelta, de momento estudiantil aunque algunos docentes pueden estar detrás del inicio, en contra del espacio europeo universitario. Esta reacción, que llega cuando estamos a punto de implantar el espacio, como las anteriores contra la LRU (Ley de Reforma Universitaria) en su día, parece desproporcionada, fundamentalmente por los argumentos que esgrimen los convocantes.

La Universidad española ha experimentado un cambio estructural precisamente a raíz de la aprobación de la LRU. Esta norma supuso la eclosión de nuevos centros universitarios, prácticamente en todas las provincias y comunidades autónomas, lo que ha supuesto que España tenga el mayor número de universitarios por mil habitantes. Esta dinámica se llevó a cabo sin ninguna planificación demográfica, y lo más importante, sin tener en cuenta criterios de excelencia o posibilidades de sinergias entre distintos territorios cercanos. Esta propensión a la inauguración de nuevos centros, en muchos casos poblados por docentes sin experiencia ni categoría para formar universitarios, sin embargo, no ha venido acompañada por una dotación económica suficiente, pues a pesar de este incremento tan brusco de oferta, el gasto por alumno sigue muy por debajo de los países de nuestro entorno.

El proceso de transferencias a las comunidades autónomas no ha mejorado la financiación de la Universidad, pues los problemas endémicos continúan. Por un lado, las tasas que pagan los estudiantes mantienen la simbología del cuasi gratis total, a pesar de las críticas que todos los años se escuchan por la actualización de las mismas por el IPC. La escasa presencia de financiación ajena a los presupuestos públicos, como ocurre en todos los países punteros, hace que los mejores docentes abandonen la enseñanza para probar suerte en el sector privado, lo que provoca que los docentes que se mantienen, sin caer en generalizaciones perversas, asuman la responsabilidad de formar los futuros universitarios. Lo perverso es que todo servicio que es gratuito, o cuasi, como es el caso de la enseñanza universitaria, genera una demanda infinita cuya última consecuencia es el desplome en la calidad del servicio. Esta pérdida de calidad y excelencia de la Universidad española, que se nota cada día más, apenas preocupa a los estudiantes que hoy se manifiestan, ni tampoco a los principales responsables del gobierno universitario.

El mapa universitario hoy responde, en muchos casos, a infraestructuras nuevas con escasa demanda de alumnos desaprovechando un espacio que podría ser utilizado por los gestores del conocimiento que van surgiendo en algunos centros y así generar valor añadido, e incluso financiación adicional, pero eso parece que no gusta a la comunidad universitaria. Las otras rigideces conocidas, contratación de profesorado, remuneración competitiva para docentes, docencia adaptada al mundo actual y mayor interrelación entre la Universidad y el mundo empresarial, parecen no importar a la mayoría de los alumnos que hoy gritan en contra de una supuesta mercantilización de la Universidad o privatización de la misma.

Curiosamente eso mismo se gritaba en mi época en contra de la LRU. A lo mejor se han quedado grabados los mensajes en los cajones de algunos departamentos y hoy se han desempolvado igual que hacen muchos docentes con los apuntes de hace 25 años, técnica que tiene muchos adeptos entre los estudiantes, pues eso les exime de realizar un esfuerzo adicional y también permite un tráfico mercantil suculento.

En este contexto, qué ofrece el proceso de Bolonia. Lo primero, y más importante, es que unifica los requisitos para tener un primer título en toda la Unión Europea. Se acabará el farragoso trámite de la convalidación y se podrá ejercer en distintos países con la misma titulación. Esto facilita la movilidad geográfica y abrirá los ojos a muchos estudiantes y también les permitirá aprender otros idiomas, uno de los mayores hándicaps de los universitarios españoles. Otro aspecto importante es que abre la posibilidad de intercambiar el conocimiento con el mundo empresarial y también puede permitir la financiación extrapresupuestarios.

Pero tal vez, el cambio más radical suponga la modificación del modelo de docencia atrasado, absurdo y contrario a la lógica. A partir de ahora, los estudiantes y los profesores deberán hacer un esfuerzo por cambiar la rutina de actor-receptor y pasaremos a ser todos participativos, orientando la enseñanza hacia la excelencia y el culto a otras herramientas distintas a la repetición memorística.

En resumen, la enseñanza universitaria con Bolonia se racionaliza, se hace mayor y exigirá nuevas formas de docentes y de estudiantes, menos parásitos y más concienciados de que estudiar una carrera no significa vegetar y pasar más años de los debidos, básicamente porque la mayoría no sufraga sus propios estudios como sí hacen los anglosajones o muchos europeos. El problema es que aquí se viaja poco, hay poco gusto por el trabajo y por la excelencia y el conservadurismo más rancio se disfraza de falso progresismo defensor de una enseñanza pública mala, pero eso sí, muy barata.

Alejandro Inurrieta. Concejal del Ayuntamiento de Madrid