De viaje

El misterio de Rapa Nui

Recorrido por la Isla de Pascua, uno de los lugares más aislados y enigmáticos del mundo, en medio del inmenso Pacífico, y donde conviven naturaleza, cultura y pasado

La naturaleza es misteriosa. Y el misterio crece si uno se encuentra en uno de los lugares más aislados y enigmáticos del mundo. La Isla de Pascua (Rapa Nui, en polinesio) es un pequeño trozo de tierra en medio de la inmensidad del Océano Pacífico. Se encuentra a 3.800 kilómetros de la costa de Chile y a 4.200 de Tahití. No es una isla cualquiera. Su gran fortuna es que en sus entrañas guarda un gran repertorio de yacimientos arqueológicos, con sus verdes praderas salpicadas por los conocidos moais. Llegar a Pascua es una fiesta. Cuando el avión aterriza, uno al día, en el aeropuerto de Hanga Roa la llegada del visitante se recibe con flores y alborozo, ya que si algo demuestran los rapa nui, así se conoce también a la población, es su sencillez. Aman su tierra, de la que son propietarios, y piden al extraño respeto. Conviene advertir que no se trata de un lugar de sol y playa. Es mucho más. Es un lugar mágico que ha sido elegido Patrimonio de la Humanidad.

Los enigmáticos moais se llevan todo el protagonismo porque son la imagen más visible de este lugar de 166 kilómetros cuadrados, que ofrece al viajero un amplio abanico de posibilidades y de actividades. Y no hay cabida para el bostezo. Los aficionados al submarinismo disponen de aguas cristalinas, los surfistas se enamoran de las fuertes olas que golpean los acantilados. Aquellos que deseen aventura de secano pueden montar a caballo (en la isla hay cerca de 8.000 ejemplares, el doble que habitantes), hacer senderismo y trekking. Es la mejor manera de llegar a los yacimientos históricos y de disfrutar de dos placeres: cultura y naturaleza. Todo ello aderezado con una gran dosis de leyenda.

La isla no dispone de carteles explicativos, por lo que la primera recomendación es unirse a algún circuito organizado para que la visita sea más provechosa. El Grupo Explora organiza recorridos exclusivos con guías, que saben el valor que en una caminata tiene el silencio. Uno de los ejercicios que los nativos, con cierta ironía, proponen al extranjero es intentar averiguar la gran incógnita que desde hace siglos invade la isla: ¿qué técnicas fueron utilizadas para mover y levantar los más de mil moais que pueblan la isla? El tamaño va de los dos metros a los 21 del más alto. La leyenda dice que eran los sacerdotes quienes movían estas estatuas de piedra gracias al poder del mana, que los hacía caminar cada día y recorrer un pequeño tramo hasta que llegaban a su destino, que no era otro que coronar los ahu, o lo que es lo mismo, las plataformas ceremoniales o tumbas, donde se rendía culto a los antepasados de cada familia. Eso sí, siempre mirando a la tierra, nunca al mar.

La tarea del viajero es intentar descifrar qué técnicas se utilizaron para levantar los moais

Una de las primeras excursiones que se recomienda es la visita a la cantera del volcán Rano Raraku. De ahí salió la piedra con la que se tallaron los moais. El lugar desprende todavía cierto magnetismo y un ambiente misterioso. No en vano, se puede encontrar un buen repertorio de esculturas desperdigadas, que nunca llegaron a su destino final. Allí se encuentra el gigante de 21 metros. Dentro del cráter hay un lago pequeño y 20 moais de pie. Tras la toma de contacto con la esencia de la isla, hay que subir al punto más alto, Maunga Terevaka (507 metros). Desde allí se puede ir andando, el paisaje sigue siendo igual de enigmático, hasta la relajante y silenciosa playa de Anakena, un bálsamo para aplacar el cansancio y para bañarse frente a una hilera de moais, y comprobar la evolución de estas esculturas, ya que algunos de ellos lucen con moños de piedra (pukao). El siguiente destino puede ser un paseo por los acantilados, quien se atreva puede entrar en estrechas cuevas y asomarse al mar, hasta la capital, Hanga Roa.

Al atardecer no hay nada como tomar un pisco sour en alguna terraza de la calle principal, desde donde se puede contemplar la vida sin prisa de sus habitantes. Por la noche, no hay que perderse una actuación del grupo folclórico Kari Kari, todo un espectáculo de ritmo y color. Y si quedan fuerzas a la mañana siguiente hay que subir a Rano Kau, y disfrutar de su lago cráter, y a la aldea de Orongo. Allí se encuentra otra leyenda ancestral, la del hombre pájaro. Interesante escucharla en boca de un rapa nui.

El lujo de ver las estrellas

El astrofísico canario Juan Antonio Belmonte asegura que los moais podrían estar orientados intencionadamente hacia determinadas estrellas, mucho más importantes para la cultura rapa nui que el sol. Debe ser cierto porque buscando la plenitud de la noche y frente al Pacífico, se encuentra la Posada de Mike Rapu (Grupo Explora), a seis kilómetros de Hanga Roa. Construido en piedra volcánica y con madera del continente, el exclusivo hotel tiene 30 habitaciones, que huelen a hierba recién cortada y a mar, fragancias que recorren todas las estancias.

Guía para el viajero

Cómo ir:Lan Chile (www.lan.com) es la única compañía aérea que vuela a la Isla de Pascua. Realiza cuatro vuelos a la semana desde Santiago de Chile, y dos a la semana desde Papeete (Tahití). La duración del vuelo desde Santiago, la distancia es de 3.800 kilómetros, es de unas cinco horas. El aeropuerto se llama Mataveri y se encuentra muy cerca de la capital Hanga Roa. El precio desde Santiago es de unos 480 euros.

Dormir y comer:Explora Posada Mike Rapu: el ambiente es de lujo, pero familiar. En las habitaciones no falta detalle: distintos tipos de agua, chocolates belgas, jabones de menta y limón. Los desayunos son abundantes con zumos frescos, mermeladas y panes recién hechos. En almuerzos y cenas los protagonistas son el pescado, sobre todo el ceviche de atún rojo, y las verduras locales.