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Innsbruck, la perla del Tirol

Esta ciudad alpina, llena de arte y ligada históricamente a España, es junto a Salzburgo la sede de los partidos de la selección española en la primera fase de la Eurocopa de fútbol de Austria y Suiza

Innsbruck, tercera ciudad de Austria, está repleta estos días de aficionados al fútbol de España y el resto de selecciones que forman su grupo de la primera fase de la Eurocopa de fútbol. La capital del Tirol es pintoresca como pocas, gracias a las cimas nevadas del Karwendel, reflejadas sobre un río Inn orillado de casitas de color. Una metrópoli a escala humana, deportiva y jovial, pero también con peso cultural, ya que atesora el mayor patrimonio renacentista de Austria, y un vistoso ropaje barroco.

Los Habsburgo se dejaron seducir por ella, sobre todo Maximiliano I (abuelo del emperador Carlos I) y los miembros de la rama austríaca de los Habsburgo, de ahí su opulencia renacentista. Otro de sus momentos de gloria fue el reinado, en época barroca, de la emperatriz María Teresa, que trajo al mundo 16 retoños y extendió hasta Francia su dinastía.

A María Teresa está dedicada la calle principal, auténtico salón alpino, con una columna en su mitad, la Annasäule (exvoto a Santa Ana, por librar a la ciudad de las tropas bávaras) convertida en icono. Contrasta su amplitud de perspectivas con el angosto laberinto de la zona peatonal ceñida por los Burggraben, la antigua muralla. Por uno de aquellos callejones se alcanza el Hofburg y la Hofkirche, el palacio y la iglesia de la corte. æpermil;sta genera al entrar un extraño desasosiego, y es que el templo está tomado por un cortejo de gigantes de bronce: 28 figuras renegridas que escoltan la tumba de Maximiliano, dos de ellas firmadas por Durero. El conjunto tenía que llegar a cuarenta colosos, más un centenar de estatuas menores y 32 bustos de emperadores romanos (que están en el castillo de Ambras).

Al salir del recinto se vislumbra el túmulo, más modesto, de Andreas Hofer, patriota que se alzó contra la ocupación de Napoleón y fue ejecutado en Mantua en 1809. En la catedral barroca de Santiago no hay que perderse otro icono muy querido, la Mariahilfe (María Auxiliadora) pintada por Lucas Cranach el Viejo, coetáneo de Durero. Pero el símbolo por excelencia de Innsbruck es el Goldenes Dachl o tejadillo de oro, en la Friedrich-Strasse, un balcón preciosista de la época de Maximiliano, cubierto con 2.657 láminas de cobre sobredorado. Tiene sus leyendas urbanas y su propio museo, y ha dado pie a uno de los más dulces souvenirs de Innsbruck, los Süsse Schindeln de chocolate, mazapán y frutos secos.

Lo cual nos recuerda que no todo es arte en la ciudad, y que también los golosos pueden disfrutar en los figones de la Altstadt (casco viejo) de recetas venerables de la cocina austro-húngara. Los más deportistas harán bien en subir al estadio de Bergisel, iniciado en 1925 y ampliado para las Olimpiadas de Invierno de 1964 y 1976; ahora luce un elegante trampolín de saltos, que es a la vez mirador y restaurante, diseñado por la iraquí Zaha Hadid. En las cercanías de Innsbruck hay cosas sustantivas del Tirol: a un paso del estadio, la abadía y la basílica de Wilten son dos cumbres del barroco tirolés; la última fue diseñada por un cura, Francisco de Paula Penz, que llenó medio Tirol con sus iglesias.

Mutters, un poco más al sur (se puede llegar en el trenecillo de Stubai) ha sido elegido varias veces como el pueblo más bonito del Tirol, con sus chalets de madera, sus solanas rebosantes de mazorcas, y alféizares teñidos por la púrpura de geranios. También se llega en tranvía al castillo de Ambras, a una legua escasa del centro. Un balcón prodigioso sobre el valle del Inn y un almacén de arte, debido al archiduque Fernando II. Educado en España, fue éste un príncipe típico del Renacimiento, mecenas y coleccionista compulsivo, no sólo de pinturas o joyas, también de rarezas naturales, como otros cortesanos de la época, que estaban sentando, sin saberlo, los cimientos de los modernos museos.

Guía para el viajero

Cómo ir

Desde 2006 Innsbruck tiene aeropuerto propio, al que llegan vuelos desde España haciendo escala en Fráncfort o Viena. También se puede volar a Múnich, desde donde se puede llegar a la capital tirolesa en tren, en autobús directo desde el aeropuerto o naturalmente en coche. Otra opción es volar a Viena y desde allí tomar el tren a Innsbruck. A Viena, además de Austrian Airlines y otras compañías regulares, tiene vuelos de bajo coste desde Barcelona Sky Europe (www.skyeurope.com).

Dormir y comer

Grand Hotel Europa (Südtiroler Platz 2, +43 512 587800, grandhoteleuropa.at), con reciente cambio de dueños, este lujoso hotel conserva y renueva su ambiente tradicional tirolés. Hotel Central GmbH (Gilmstrasse 5, +43 512 580310, www.central.co.at), The Penz Hotel (Adolf Pichler Platz 3, +43 512 575657, www.the-penz.com) y Hotel Grauer Bär (Universitätstrasse 5-7, +43 512 574535) son otras opciones más asequibles.

Wirtshaus Alfred Miller's Schöneck (Weiherburggasse 6, +43 512 272728), abierto en 1899, es uno de los mejores y más bonitos restaurantes de Innsbruck, con dos gorros Gault Millau y una terraza con espléndidas vistas sobre la ciudad.

Romantikhotel/Restaurant Schwarzer Adler (Kaiserjägerstrasse 2, +43 512 587109), otro clásico donde comieron personajes históricos. Pavillon (Rennweg 4, +43 512 257000), junto al Teatro Regional, un cubo vanguardista de cristal que acoge la cocina clásica del premiado chef Mansur Memerian, con tendencias mediterráneas y orientales.