Desaceleración y nuevas fortalezas españolas
En el debate sobre el alcance de la actual desaceleración, sobre la eventualidad de una crisis e, incluso, sobre la posibilidad de recesión técnica, encuentro a faltar una más adecuada consideración de lo que implica nuestra pertenencia al área del euro.
Leyendo la prensa económica del país, uno tiene la impresión que España se encuentra en una situación prácticamente similar a la existente a principios de los años noventa. æpermil;poca, todo hay que decirlo, que se definía por la coexistencia de preocupantes desequilibrios, incluso antes de la fuerte crisis de 1992/1993. Así, el déficit público se situaba en el entorno del 3%, incluso con fuertes avances del PIB, la inflación diferencial alcanzaba valores más allá de los 3/4 puntos porcentuales respecto de los países centrales de Europa, los tipos de interés de intervención del Banco de España oscilaban entre el 10% y el 13%, los de la deuda pública a largo plazo excedían los 6 puntos básicos sobre los existentes en Alemania, la deuda pública fregaba el 60% del PIB y la tasa de paro estructural alcanzaba valores cercanos al 20% de media.
Diferenciales de paro, inflación, tipos de interés y déficit, aderezados con un agujero exterior difícilmente sostenible, constituían las cartas de presentación de nuestro país. Estos elementos lo hacían especialmente vulnerable a cualquier alteración de las condiciones monetarias internacionales. La crisis del sistema monetario europeo en 1992 y el efecto tequila de finales de 1994 son expresión clara de nuestras vulnerabilidades y de la dificultad, cuando no imposibilidad, de absorber choques procedentes del exterior sin ejecutar fuertes devaluaciones, elevaciones de tipos de interés y, finalmente, intensa contracción de la actividad y el empleo.
El euro asegura la estabilidad del precio del dinero, y ello, aunque muchas familias se quejen del aumento del euríbor, contiene los daños de la crisis
Por suerte para todos, hoy estamos en una posición exterior radicalmente distinta, que el euro resume de forma paradigmática. Con lo que está lloviendo en el ámbito internacional, desde la crisis financiera a la recesión americana y desde las alzas de precios de la energía a las de los alimentos, no hay que forzar mucho las cosas para imaginar cuál sería la situación de España en este contexto. Y lo que sucede con las divisas de países periféricos, como Turquía o Sudáfrica, constituye una buena aproximación a lo que estaría pasando a la estimada peseta.
En este orden de ideas, ¿qué es lo que está sucediendo con la economía del área del euro? A efectos de lo que nos interesa, hay que destacar que su recorrido los últimos trimestres está sorprendiendo a propios y extraños. Repasando la prensa internacional anglosajona desde el pasado verano llegaríamos a la conclusión de que el área del euro tendría que estar sumida hoy en la más profunda de las crisis, afectada doblemente por el choque financiero y por la súbita frenada de la actividad americana. Pocos, a excepción del señor Trichet en el Banco Central Europeo, daban mucho por el desempeño económico de los países del área desde el pasado septiembre.
Y esa falta de confianza obedece, desde mi punto de vista, a una manifiesta incomprensión de lo que ha significado la creación de la Unión Monetaria que, a su vez, expresa algunas dificultades para entender los cambios que se han generado. La fascinación en relación con EE UU, su potencial económico, su dinamismo o el mayor crecimiento de su productividad, se ha traducido, de forma inevitable, en una subvaloración de lo que el euro significa, tanto en economistas europeos como, muy particularmente, en los españoles. Y así, en lugar de destacar cómo la economía del área está haciendo frente con firmeza a los problemas que se acumulan, tendemos a minusvalorar ese éxito y, en el límite, a no considerar que tenga ninguna relación alguna con la existencia de la moneda única.
Aquí, uno tiene la impresión que, en el fondo, se añora la peseta y, con ello, las posibilidades de devaluación que implicaba. Y es bien cierto que la pérdida de valor de la divisa española permitiría exportar más. Pero eso es pan para hoy y hambre para mañana. Y la economía española ha transitado muchas décadas por ese penoso camino de devaluaciones competitivas, altos tipos de interés, inflaciones excesivas y paros masivos.
Hoy, nuestra pertenencia al euro constituye, probablemente, la más importante de las nuevas fortalezas de que disfruta nuestra economía. Y lo es porque asegura estabilidad del precio del dinero. ¿O es que alguien piensa sensatamente que con la peseta en circulación los tipos de interés estarían en el 4%? Y ello, aunque muchas familias se quejen del aumento del euríbor, contiene los daños de la crisis financiera mundial.
También lo es porque frena el avance de nuestra inflación, que continúa con el pertinaz diferencial con el área. ¿Cuánto estarían aumentando los precios si la peseta hubiera sido devaluada para recuperar la competitividad perdida? ¿Y qué le pasaría a esa misma competitividad con una inflación mucho más elevada que la actual? Finalmente, y conociendo nuestra tradicional forma de actuar, ¿dónde se situarían el déficit y la deuda públicos?
Durante unos años, el ser socios del área ha impedido la actuación de mecanismos de corrección necesarios. Por ejemplo, en el déficit exterior y en el aumento excesivo de los costes laborales unitarios. Pero esos problemas anteriores no pueden hacernos olvidar que la economía española observa hoy un funcionamiento distinto del que tuvimos en el pasado. Y aunque las cosas no están bien, ello no es óbice para no destacar aquellos aspectos que permiten encarar los ajustes pendientes con mayor tranquilidad que en otras circunstancias.
El área del euro resiste más que adecuadamente los embates de la crisis americana y sus problemas financieros y los efectos del choque energético. Pues bien, nosotros somos, también, área del euro. Es hora que empecemos a creérnoslo de verdad.
Josep Oliver Alonso. Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona