COLUMNA

El difícil diálogo social

El empleo está sufriendo de lo lindo. El número de parados crece a un ritmo imparable, mientras que, por vez primera vez en muchos años, puede destruirse empleo neto a lo largo de 2008. Parece que 2009 aún será peor, por lo que la situación del empleo no empezaría a normalizarse hasta mediados de 2010. No es fácil acertar con los pronósticos a medio plazo, por lo que trabajaremos con la hipótesis de que el empleo irá mal por lo menos un año. Algunos se atreven a dar cifras, y anuncian que el desempleo se incrementará en 500.000 nuevos parados de aquí a final del ejercicio, lo que elevaría la tasa de paro por encima del 10%, para superar el 12,5% a finales de 2009. No lo demos por seguro, pero por ahí apuntan las proyecciones publicadas por diversas entidades de estudios sociales y económicos.

El ritmo de nuestra economía se desploma. El Gobierno sacrificará el tesoro del superávit para mantener el motor de la actividad. Ha anunciado que incrementará las partidas dedicadas a inversión en infraestructuras, ha acelerado la devolución del IVA y nos regalará 400 euros a cada contribuyente. Y hasta ahí -según Solbes- llega el dinero para la fiesta. El superávit se agota debido a los menores ingresos fiscales y al fuerte incremento del gasto público, sobre todo en desempleo.

Nuestro tejido productivo tendrá que absorber la crisis. El modelo basado en el consumo interno y la construcción se agotó. Tendremos que adaptarnos a una nueva realidad. Sólo podremos superar el bache si nuestra economía es competitiva y nuestras empresas producen bienes y servicios de alto valor añadido y precio competitivo. Y para ello nos resultará del todo imprescindible aumentar nuestros índices de productividad, que andan por los suelos en comparación con nuestro entorno occidental. No es tarea fácil ni rápida. Un tejido productivo no se improvisa, costará muchos años el asentarlo.

¿Y cómo incrementar la productividad? Pues consiguiendo que se incremente el valor de lo producido por hora trabajada. Automatización, innovación, diseño, formación e investigación son recetas bien conocidas. Todas ellas son necesarias pero, probablemente, no serán suficientes. También debe evolucionar nuestra manera de entender la negociación colectiva, sus contenidos y límites, así como nuestro marco laboral.

Zapatero anunció a bombo y platillo durante la campaña que nada más que comenzara la legislatura se iniciaría una nueva ronda de diálogo social. Ya se ha producido una reunión de los agentes sociales con el ministro Corbacho que apenas ha servido para otra cosa que para un previo tanteo institucional.

Todavía no existe -al menos que yo conozca- agenda con contenidos y fechas. En teoría, deberían ponerse manos a la obra cuanto antes, pero la experiencia nos muestra -desgraciadamente- que tendremos que esperar a tocar fondo para que el Gobierno esté dispuesto a tomar medidas urgentes y drásticas. Sólo con esa amenaza sobre la mesa, los sindicatos se pondrán a negociar de verdad. Saben que en época de vacas flacas les tocará recortar algunas ventajas tradicionales, y ya han anunciado que no están dispuestos a ello.

La última crisis seria fue la del 93, que originó la reforma laboral del 94 con la consiguiente huelga general contra Felipe González. ¿Llegaremos a esta situación de nuevo? No lo sabemos, pero intuimos que la nueva reforma del marco laboral será profunda e innovadora. Deberán modificarse algunos privilegios de los convenios, y tendrá que vincularse las subidas salariales al incremento de productividad. La actualización automática por la inflación no nos vale en estos momentos en que los precios suben con rapidez. Tenemos que recuperar competitividad como sea. Sólo así volveremos a crecer. Y el marco laboral puede hacer mucho por ello.

El diálogo social no andará hasta 2009. A mediados de ese año, los parados de 2008 comenzarán a agotar las prestaciones por desempleo. La tensión social se agudizará. ¿Qué pasará? Ojalá el diálogo social consiguiera fructificar en un gran acuerdo. Pero lo dudo. Para los sindicatos será muy duro tener que admitir rebajas. Suelen preferir a que las haga el Gobierno por decreto-ley para oponerse a ello. Así cumplen con fácil coherencia su papel. Veremos lo que ocurre. Tenemos legislatura y paro por delante. Muchas dudas y una única certeza. Que el ministro Corbacho no se va a aburrir. Mucha suerte en la faena, maestro.

Manuel Pimentel