ANÁLISIS

No son sólo quejas de mujeres

Recientemente he asistido a varios foros, encuentros y jornadas sobre la importancia de conciliar la vida laboral y personal, y las dificultades que tienen sobre todo las mujeres para ascender a puestos de responsabilidad en sus empresas. Hasta ahí, todo correcto. Lo que me sorprende es que la asistencia mayoritaria sea siempre de mujeres. ¿Acaso a los hombres no les interesan estos temas y eluden asistir a este tipo de convocatorias porque es un asunto femenino, y allá ellas se las arreglen? Debe ser así, porque raras veces se muestran interesados en asistir a este tipo de debates, cuando deben ser ellos los que pongan su granito de arena y aprendan que más allá de las cinco de la tarde es políticamente incorrecto plantear una reunión, de esas interminables sin orden del día. O que los asuntos de conciliación también son cosa de ellos, y que los resultados y logros de una empresa dependen de la eficacia, profesionalidad y responsabilidad, más que del tiempo que se pasa en la oficina. Todos estos mensajes se están lanzando en los últimos tiempos, y no se trata de una moda pasajera.

Es un fenómeno imparable, y las empresas no están en condiciones de desperdiciar las aportaciones de las mujeres, sobre si se tiene en cuenta que los mejores expedientes académicos, según diversos estudios que lo certifican, los tienen las universitarias. Pero lo triste es que a estos encuentros, en los que se debaten por dónde debe ir la empresa del futuro, apenas acuden varones. En cambio, sí lo hacen las mujeres, a las que nos debe consolar escuchar los lamentos de unas y de otras. Algunas ya han empezado a quejarse de ello. Comentaba el otro día la presidenta de Banesto, Ana Patricia Botín, en una mesa redonda sobre conciliación, que había exigido a los organizadores que sus compañeros ponentes no fueran sólo mujeres. Pidió que en la mesa hubiera empresarios y ejecutivos para que aquello no fuera un debate femenino. Porque no debería serlo. En ese sentido, todavía queda mucho camino por recorrer. Cuando entrevisto a los ejecutivos, que aparecen en las páginas de este suplemento, siempre les pregunto por sus horarios, y la respuesta es siempre la misma: se deben a las agendas y exigencias de sus clientes. Pero si éstos, a su vez, tuvieran la sana costumbre de conciliar y de apagar las luces de la oficina a una hora prudente, todos se podrían ir a casa. ¿Cuándo ocurrirá esto?