CincoSentidos

Pointer o bretón, fácil elección

El pointer es un excelente perro cazador. Una vez que localiza a su objetivo, se para inmóvil apuntando a la presa con la nariz y el resto del cuerpo como si fuera una flecha. Pero ésta no es la única razón por la que el protagonista de esta divertida aventura lo prefiere al español-bretón. Tiene muchos motivos, y todos de peso. La historia se remonta a cuando tenía 18 años y oyó un chapoteo cerca de un pozo de brocal muy bajo.

No es tan malo tener la boca dura si es blando y grande el corazón. No es ése el problema que todos, menos yo, ven en mi Pancho, pointer para más señas. Dicen que se aleja demasiado, que bate demasiado terreno y me hace a mí correr al galope en su búsqueda cada vez que se queda puesto.Un corazón grande por contraposición almío… Lo veo a veces correr laceando y convertirse en un puntito blanco en el horizonte. Pero su pasión no le impide perderme jamás de vista, sabe que no tengo su corazón ni sus piernas, pero nunca deja de vigilarme de reojo, ni pierde de vista el puntito verde que para él soy a lo lejos.Me reconoce esencial en nuestro pacto y jamás rompe una muestra hasta que llego, sudoroso ymedio ahogado, para formar ese triángulo ancestral. Hierático, moviendo sólo el corazón incontenible, enhiesto el rabo y tensos sus músculos; es decir, todo él, porque no tiene otra cosa, sabe, como pocos, retener el tercer ángulo aplastado entre la hierba, hipnotizado, convencido de su perfecto mimetismo y seguro del vigor de sus alas, que desplegará enérgicas y poderosas en cuanto se rebase esa distancia de seguridad que Pancho sabe infranqueable.

Por contraposición, el español-bretón es absolutamente dependiente. Reconozco que no soy demasiado objetivo y explicaré el motivo: Tenía yo 18 años recién cumplidos y a mi padre le había dado por los bretones. Sacamos uno nuevo una mañana de conejos, cachorrón recién adquirido, con gran ilusión por su prestigiosa procedencia; pero, para mí, medio tonto, excesivamente juguetón y poco aficionado al trasteo serio del monte. Nada más empezar a cazar lo perdimos de vista sin poder siquiera confirmar si conservaba o no las virtudes de sus ancestros -recuerdo que tenía incluso apellidos compuestos y franchutes-. Pues bien, al cabo de un rato, al pasar cerca de un pozo de brocal demasiado bajo, oí cierto chapoteo y me asomé al pretil. Allí estaba en el fondo luchando por mantenerse a flote, empapada ya su abundante pelambrera y asomando ya, exhausto de nadar, apenas el hocico sobre la superficie del agua. Acudieron a mis desesperadas voces mi padre y mi hermano. El torpe nadador no se subía al cubo atado a una cuerda que le lanzamos y, ante la imperiosa necesidad de hacer algo, porque el perro empezaba ya a sumergirse por intervalos cada vez más largos bajo el agua, mi genial progenitor no tuvo más remedio que proponer una solución urgente: mi hermano o yo teníamos que bajar al fondo del pozo para salvar al perro. Su esperanzadora ilusión de que fuera un excelente cazador le impidió pensar que también sus hijos eran ya buenos cazadores, confirmados, y que no era cosa de perder alguno por otro en potencia. Pero, claro, confiaba y esperaba más de la afrancesada estirpe del can que de la suya propia y nos tocó la moral: ¡No sois capaces! No dudamos ni un segundo ninguno de los dos en competir a gritos por ser el elegido para tan viril acción. Yo era el mayor y ésa fue la razón que convenció. Cojones aparte, en mi fuero interno presentía que aquello era una grave imprudencia y, por lo visto, sólo yo sabía que el perro no servía más que para comer, pero, claro, no hice ninguna observación al respecto, pues siempre fue proverbial en mi propio pedigrí confundir la sensatez con la cobardía y, lamentablemente, en mi casa no es posible inducir dudas al respecto. En fin, mi padre decidió que el hierro que soportaba la polea estaba demasiado oxidado y podrido y que, si se rompía mientras yo bajaba o subía por la cuerda, la polea podría golpearme contundentemente en la cabeza, con grave riesgo de morir dos veces: descalabrado y ahogado. Supongo que pensaría que, si difícil nos resulta a algunos resucitar una sola vez, mucho más complicado debe ser hacerlo dos veces seguidas. Con lo cual, fue muchísimo más inteligente prescindir de la polea y apoyar la cuerda en el borde del pretil, mientras ellos la sujetaban. Yo me quité sólo las botas y, con ropa de crudo invierno -era diciembre-, introduje mis enlanados pies en el cubo y me aferré a la cuerda. Al bajar, a trompicones y no suavemente, comencé a dudar del genial método, pues comprendí que no podrían subirme de igual modo, sino que tendría que ser yo quien trepara a pulso por la cuerda, pero me callé. Ya digo, en mi casa nunca fue bueno dudar a priori, las dudas siempre a posteriori. Por decreto paterno reconvertimos, siempre después, los errores en audaces y aleccionadoras experiencias, nos sacudimos el polvo y nos levantamos de un salto con la cabeza bien alta, aunque esté ensangrentada, qué más da la sangre derramada si es eso precisamente lo que nos sobra (ni que decir tiene que discrepé siempre de todo esto, en silencio, claro).

Al llegar al borde del agua y coger el perro del collar, me mojé los pies, qué fría estaba la jodida, pero no sabía aún lo que me esperaba. Evidentemente, yo ya estaba convencido de que resultaba imposible la subida en el modo pretendido, aun así les dije que tiraran de la cuerda... y no pudieron. Agrandé el collar, metí un brazo entero por la holgura obtenida y, con el perro colgado como un bolso, inicié la subida a pulso por la cuerda. Al llegar arriba, en el lío de desenredar al perro de mi brazo izquierdo, una fatal descoordinación de mis familiares más queridos hizo que ambos soltaran la cuerda y ambos, también, se quedaron con sólo el perro cogido por sus generosas cuatro manos. Cuatro manos para el perro y ninguna para mí. Yo me quedé en el vacío y sin manos protectoras. Mi caída hacia el fondo del abismo, hasta la profunda negrura del pozo, fue vertiginosa. Sólo pude calcular después los metros que recorrí en el aire, mas no los buceados, helados y sofocantes que luego tuve que desbucear buscando vorazmente tanto el aire como los rostros alelados de mis torpes familiares. Sus cabezas, a contraluz, asomadas al abismo, me provocaron dulcísimos exabruptos que rápidamente contuve cuando vi que la cuerda flotaba a mi lado y que no había nada dónde sujetarme, las paredes del pozo eran de ladrillo puesto en pie, es decir, sin siquiera agujeros en los que meter mis ya helados dedos. También vi y noté de inmediato que aquellas amadísimas cabezas, cuyos rostros no alcanzaba a perfilar porque me deslumbraba el brillante cielo azul de diciembre que las enmarcaba, dialogaban, es un decir, y funcionaban mucho peor que la mía, en aquel momento todavía sólo empapada… Comencé a preocuparme cuando vi cómo mi hermano sujetaba a mi padre para que no se lanzara de cabeza al pozo a rescatarme. Y me agobié aún más cuando vi también cómo le decía, llorando, que si lo hacía, también se lanzaría él. Tuve que gritar y tranquilizarlos: eso, eso, tiraos todos, pero avisad antes a mamá, seguro que también le apetece un baño.

Me cansé de nadar, pero no de vivir. Mis brazos, ya antes agotados por soportar ellos solos, mi propio peso y el del perro a modo de bolso, cual puta esquinera, cuerda arriba, sacaron las fuerzas necesarias para mantenerme a flote no sólo a mí mismo sino también a mi empapada y pesada ropa de invierno. Y mi voz tuvo que mantenerse serena y tranquilizadora para animar durante casi una hora a mi padre. Entre tanto, mi hermano recorría varios cortijos -que todos sabíamos abandonados- buscando ayuda, o al menos otra cuerda. Mientras braceaba y hablaba y tiritaba de frío, cambié varias veces de postura y recuerdo que decidí dejar de nadar boca arriba porque me impresionaba lo que yo creía ya la última visión de mi cuerpo extendido. Bueno, bastante largo me está saliendo ya esto. No describo la negrura de las aguas ni la sensación de absorción que padecía porque, lo supe después, el pozo tenía varias galerías subacuáticas. Y omito también todo cuanto pensé y dije aquel día a mi padre desde allí abajo. Fueron dos mentes velocísimas las que manejé ese día: una interna, que llegó a ensimismarse y concentrarse en mí mismo; y otra externa, que manipuló mi garganta con palabras que no sé ni de dónde salían porque jamás fui tan insincero ni consciente de que no era yo quien hablaba y transmitía calma. En fin, por fin llegó un patán para demostrarnos a todos su sabiduría, un hombre inculto y miserable que mi hermano encontró destripando terrones por aquellas soledades, un descamisado a quien le debo la vida... Lo reconocí sabio en cuanto oí su voz convenciendo a mi padre de que yo no podría ya subir de nuevo a pulso por la nueva y providencial soga que traía. Sin hacer caso a las protestas de mi padre, rapidísimamente desplegó la cuerda, la pasó por la polea antes descartada y ésta empezó a chirriar. Cesó esa música celestial en cuanto yo cogí la cuerda entre mis manos. ¡Increíble!, dejé de nadar, yo ya creía que tendría que nadar eternamente, que estaba destinado a entrar nadando al infierno o al paraíso y seguir haciéndolo siempre entre nubes o llamas…

De nuevo comenzó a oírse el chirrido celestial de la herrumbrosa polea, mientras fuertemente sujeto, iba ascendiendo a las alturas. En mi ascenso, miraba fijamente el oxidado hierro y la polea, cuyas inequívocas funciones eran descerebrarme o salvarme la vida. Cuando llegué al brocal del pozo, me abracé a él con tal intensidad y tantísimo rato, que mi padre, evidentemente celoso de mi amor por un simple pretil de pozo, no hacía más que acariciarme la espalda mientras también él me abrazaba. Seguramente creía que iba a soltarme en cualquier momento del pretil y me ofrecía sus brazos para siempre, pero yo, cual perro apaleado, no encontraba en aquel momento a nadie en quien confiar más y mejor que en aquel trozo de yeso y cemento que tanto prometía....

Queda así explicado, un tanto extensamente, mi particular odio al español-bretón. Resultó quizás más poética y más breve mi pasión por el pointer, pero no tengo la culpa de extenderme más en los odios que en los amores. Léase sin doble sentido, por favor.