CincoSentidos

Vicente Juan del Carmen, náufrago

Vicente se ha salvado de un naufragio. Como el barco era pequeño y a él le resultaba un poco agobiante, al final de la jornada le gustaba salir a cubierta. Esta vez se desató tal tormenta que el casco de la embarcación se estrelló contra una roca y él salió despedido al agua. Los demás no fueron tan afortunados. Mientras intenta aguantar en el mar ha reflexionado mucho. Cuando lo encuentran dice: ¢Mi vida ha sido una gran decepción¢.

Cuando lo encontraron herido y helado, aferrado a las inhóspitas rocas de la isla que le salvaron la vida, comprobó que le resultaba muy difícil explicar lo que le había sucedido. ¢Mi vida ha sido una gran decepción", repetía una y otra vez.

Vicente se encontraba aquella noche afilando su cuchillo apoyado en la borda de proa mientras sus compañeros bebían ron y jugaban a las cartas en el interior del barco. No es que no le gustase la bebida, ya que podía empinar la botella hasta caer redondo cuando se terciaba la ocasión, ni que le disgustasen las cartas con las que había pasado buenos ratos en otro tiempo, es que no entendía las trampas. No entendía que alguien las hiciera para ganar dinero, ¿no era aquello un juego?, tampoco como una broma entre amigos, y mucho menos como una prueba de habilidad del tipo de '¡a que no me coges!' o '¡soy más listo que tú!', o sea, como un juego dentro del juego. Esta última posibilidad era demasiado complicada para Vicente y a Vicente no le gustaban las cosas complicadas.

La primera vez que Vicente vio una mano haciendo trampas la clavó a la mesa con su cuchillo de pescador. Si uno ve un pez venenoso saliendo de entre las rocas le clava el arpón y ya está. El problema era que este pez estaba unido a un organismo mayor que comenzó a temblar y a sudar. Los demás jugadores se apartaron asustados. El propietario del pez se había quedado mirando la mano hipnotizado y no salió de su estupor hasta que Vicente decidió recuperar su cuchillo. Cuando lo tuvo de nuevo en su poder, lo limpió contra el pantalón como hacía después de desentrañar los peces y se marchó sin recoger el dinero ensangrentado.

Este suceso le había acarreado tal fama a Vicente que ahora nadie se atrevía a hacer trampas en su presencia, lo que originaba que la partida adquiriese una rigidez embarazosa. Además la prohibición de hacer trampas parecía contagiar otros aspectos del juego, que en principio nada tenían que ver, como mentir o maldecir. Aquellos hombres estaban tan poco acostumbrados a cumplir normas de tipo moral que una vez obedecida una no sabían dónde poner el límite. Les ocurría con la moralidad lo que a los virtuosos con el pecado. Lo malo es que una partida de póquer sin faroles ni blasfemias es como jugar al parchís. Por supuesto Vicente no entraba en estas consideraciones, pero lo cierto es que ya no se divertía como antes.

Como el barco era pequeño y a Vicente le resultaba un poco agobiante, cuando terminaba la jornada le gustaba salir a cubierta para despejarse aunque fuese de noche o hiciese fresco. Vicente no era un hombre friolero. Esta vez se desató una tormenta nada más salir, pero prefirió aguantar un poco antes de volver a la ratonera, que era como llamaba al camarote comunitario. Eso le salvó. Eso y ser tan alto, ya que cuando el casco de la embarcación se estrelló contra aquella roca invisible, Vicente salió despedido por encima de la borda. Se trataba de uno de esos malditos escollos que no aparecen en las cartas de navegación y que sólo se pueden sortear siguiendo milimétricamente el curso trazado otras veces con éxito. En esta ocasión no es que el piloto se hubiera distraído, es que la tormenta desvió el rumbo de la embarcación durante unos instantes, el tiempo suficiente para causar una desgracia en aquellas aguas engañosas.

Chapoteando entre las olas para mantenerse a flote, Vicente pudo ver cómo el ballenero La Esperanza se hundía; pudo ver cómo se precipitaba hasta el fondo marino arrastrando con él al resto de la tripulación. Vicente hubiese hecho cualquier cosa por ayudarlos, pero sabía que no debía acercarse al barco mientras se hundía. Permaneció a una distancia que le pareció prudente, aunque en algún momento sintió la fuerza de succión desde el epicentro del naufragio y tuvo que contrarrestarla nadando hacia atrás. Cuando todo concluyó se aproximó gritando. Todo era inútil, allí no había nadie para contestar.

Ni la oscuridad de la noche ni el frío del agua ni la inminencia de la muerte lo habían perturbado excesivamente. En ese sentido, Vicente era como un animal: había hecho lo posible por sobrevivir y ya está. Pero hubo otras cosas que sí lo perturbaron. En primer lugar estaba lo de la Virgen. No se apareció. Vicente creía que a todos los náufragos se les aparecía la Virgen del Carmen, pero conforme el tiempo transcurría y la Virgen no hacía acto de presencia, comenzó a desconfiar y a dudar de su fe. Verdaderamente su creencia se basaba en la costumbre y en el hecho de que era marinero, pero si lo pensaba un poco, comprendía que aquello era ridículo. ¿Qué esperaba: oír una voz, ver una luz resplandeciente, estrechar una mano en contacto con la cual el cielo se abre y la tempestad se calma? No, era mucho peor, porque pudo comprobar, con gran decepción por su parte, que su imaginación no daba más que para ver aparecer a la Virgen de su pueblo, la que sacan en procesión sobre una barca bamboleante, orlada de bombillas de colores, entre el clamor de las sirenas de los barcos y la Salve marinera, que pone en las gargantas femeninas una voz temblorosa característica y que nos recuerda a todos nuestros ahogados, que son muchos. '¿De qué nos salva, pues?'. Vicente no podía creer que estuviese pensando semejantes cosas.

Se revolvió incómodo en el agua como quien se da la vuelta en la cama para apartar un mal sueño. '¡Ni que tuviera once años!', se enfadó consigo mismo. Efectivamente once eran los años que tenía la última vez que vio la procesión de la Virgen del Carmen con sus padres. Después se embarcó con un patrón que le enseñaría el oficio. Desde entonces había transcurrido mucho tiempo y, ahora, en un momento tan inoportuno, con más de treinta años, la Virgen del Carmen había decidido revelarle su falta de fe no acudiendo a la cita.

Pero no quedó ahí la cosa, todavía sobrevendrían a Vicente, en aquella noche húmeda y sin fin, descubrimientos sorprendentes como el de su ignorada soledad.

Como hombre práctico y de acción que era, Vicente tenía pocas pero fijas ideas. Una de ellas era que había que pasar revista sumaria a la vida si uno se encontraba a las puertas de la muerte como parecía ser su caso. Lo hizo sin ningún entusiasmo porque aquella iniciativa no brotaba de un impulso interior, sino de otra creencia incuestionada. Cuando intentó pensar en sus seres queridos se sorprendió porque tropezó con un vacío tan negro como el mar que tenía delante. No tenía hijos ni esposa ni tan siquiera novia, porque aunque había una mujer con la que mantenía relaciones desde hacía tiempo, se basaban en el sexo, la amistad y la ausencia de compromiso, si es que la amistad puede entenderse así, y todo eso le parecía a Vicente poco serio e impropio de una relación formal. De sus padres guardaba una idea algo borrosa e infantil como la de la Virgen. Tenía sobrinos, pero casi nunca los veía, es más, no estaba seguro de poder identificar el nombre y la edad de cada uno. ¿Amigos?, más bien compañeros de trabajo y de cantina.

'¡Carajo, que solo estoy! No me había dado cuenta. Todo el día rodeado de gente en la taberna, en el barco, en la hospedería..., si más bien tenía que andar buscándome un hueco para poder estar tranquilo'. También esto era nuevo para Vicente, ya que él no tenía costumbre de hablar consigo mismo, claro que, ¿qué otra cosa podía hacer?

Esta nueva conciencia de soledad comenzó a empapar a Vicente, pero lo hacía como una capa de aceite, cubriéndolo y flotando a su alrededor. Por algún motivo no llegaba a fundirse con su miserable condición de náufrago. No eran dos soledades que se pudieran sumar, en todo caso restar, porque una lo distraía de la otra.

Aunque Vicente no era un hombre friolero comenzó a sentir un poco de frío. Pero como era un buen náufrago se agarró a unos tablones, que identificó como parte de la cabina del piloto, y movió las piernas a un ritmo que le permitiera mantener el calor y conservar las energías. Mantuvo la calma. No derrochó fuerzas angustiándose o desesperándose. Se comportó como lo que era, un hombre tranquilo y resignado.

Después de muchas horas la tormenta había amainado y en el cielo se podían divisar algunas estrellas que él conocía muy bien entre las nubes movedizas. Era muy difícil orientarse de aquella manera, pero al menos se distraía intentando localizarlas y haciendo cábalas sobre su posición. Como era una persona bastante objetiva, determinó que no sabía dónde estaba. 'Vicente Juan del Carmen estás perdido', se dijo a sí mismo.

Lo habían bautizado con ese nombre en la iglesia sin techo de su aldea natal. Su padrino, el tío Vicente, lo quería muchísimo, pero le duró muy poco. De su segundo nombre, Juan, sabía que era como el del abuelo materno, otro ahogado. Pero ni siquiera eso le había permitido tener una vinculación especial con su madre, ya que al mayor también lo llamaron Juan, por el abuelo paterno, pero al ser el primero se hizo acreedor de ambas herencias. Vicente era el segundo varón y detrás de él venía una niña, Carmenchu. Como era el de en medio, nunca tuvo gran cosa. No podía competir con su hermano mayor y con la niña no iba a pelear. Se acostumbró a defender lo poquísimo que era suyo y a prescindir de todo lo demás que siempre era para los otros. Sintió un picotazo de envidia retrospectiva. Esta vez ni la imagen de su hermano muerto con ocho años en la cama del hospital pudo evitarlo. Hasta ahora nunca había identificado ese sentimiento con la envidia; sólo sabía que mutaba con facilidad en furia y rebeldía. Otra novedad que contradecía su historia sobre sí mismo. 'De modo que ése va a ser el origen de mis arranques de ira...'. La sospecha corrosiva de una estafa estaba comenzando a robarle la tranquilidad y volvió a sentir frío.

Vicente Juan del Carmen había sido buzo durante muchos años. Todo el mundo admiraba sus cualidades. æpermil;l sabía mantener a raya el frío y la presión. De donde otros emergían tiritando y boqueando, él lo hacía sereno y templado. Por eso había aprendido a temer el frío en el estómago y cerca del corazón. Cuando lo sentía sabía que se trataba de una señal de alarma peligrosa.

Ahora podía percibir cómo la sospecha de un engaño que había durado toda su vida se filtraba helada hacia su interior. Comenzó a agitarse en el agua, a mover las piernas rápidamente, pero el frío no cesaba. Un instante antes de que lo dominara el pánico, como efecto combinado de las dos soledades que habían comenzado a juntarse, soltó las tablas y comenzó a nadar frenéticamente hacia un lugar donde parecía espesarse la oscuridad, donde su intuición o simplemente su deseo querían situar una costa habitada. Nadó y nadó desesperadamente sabiendo que agotaría todas sus fuerzas en el intento. Todo o nada.

Cuando por fin alcanzó unas peñas negras y duras estaba exhausto. Se aferró a ellas sabiendo que se había salvado, pero esta idea no lo consoló. Si permanecía tranquilo agarrado a aquel atolón, más pronto o más tarde alguien lo recogería. Pero Vicente ya no era un buen náufrago y estaba muerto de frío. Sólo cuando oyó voces a lo lejos y creyó divisar el resplandor de unas luces comenzó a derretirse el hielo de su pecho en gotitas calientes que le escocían los ojos. Otra novedad, porque él nunca lloraba

Los restos de la tormenta se habían extinguido completamente. El mar estaba en calma y el cielo comenzó a separarse de las aguas por efecto de las primeras luces de la mañana, pero Vicente Juan del Carmen no dejaba de repetir que su vida había sido una gran decepción.