COLUMNA

Después de la PAC... ¿el caos?

Después de más de dos décadas sacrificando vacas lecheras hemos logrado que falte leche en Europa, lo cual tiene mucho mérito. Desde 1984, se mantiene un sistema de cuotas de producción que multa a los ganaderos que produzcan más leche, con lo que en la situación actual es imposible atender una demanda en alza y sólo la subida de precios puede equilibrar el mercado. También los precios del pan, galletas, pastas, aceites, carnes, huevos y embutidos aumentan, o lo harán en el futuro, arrastrados por la escalada del precio (¿+35%/60%?) de los cereales y otras materias primas que van a destinarse a partir de ahora a producir bioetanol y biodiésel, para mezclar con los carburantes fósiles. Los ganaderos están profundamente afectados por el incremento de costes de producción. Los cerealistas están entusiasmados: no sólo son beneficiarios del mayor volumen de ayudas de la actual PAC, además disfrutan de precios jamás soñados.

El cambio climático sería la causa remota de esta situación, aunque nadie pueda garantizar que el bioetanol y el biodiésel hoy día producidos ofrecen un balance energético positivo. Especialmente si, como le ocurre a España, tienen que utilizarse importaciones de cereales, oleaginosas o aceites exóticos, como materias primas. Además en el mejor de los casos, los biocarburantes apenas nos ahorrarán entre un 2% y un 3% de los 2.000 / 3.000 millones de euros que tendrá que gastarse España en comprar derechos de emisión para cumplir con el Protocolo de Kioto.

En definitiva, si antes teníamos un problema, ahora hemos logrado tener dos. Las organizaciones de consumidores se han reunido con las autoridades del Ministerio de Agricultura para transmitirles su preocupación por el alza en los precios de la alimentación, quienes les han confirmado que el aumento de precios se trasladará a consumo y será seguramente permanente. Efectivamente existen razones estratégicas que parecen confirmar tales augurios.

La agroenergética podrá ser en el futuro una gran oportunidad para la agricultura pero, en las condiciones actuales, supone un enorme trauma para el sector agrario-alimentario

Para explicar estos hechos hay que tener en cuenta que en los últimos años se ha pasado de una PAC tradicional con una estrategia expansiva, con precios mínimos de garantía y unos sólidos mecanismos de regulación de los mercados que permitían estabilizar los precios de los alimentos, a una nueva PAC con objetivos variados y confusos.

En la actualidad se mantienen en vigor mecanismos restrictivos de las producciones (cuotas, retirada de superficies, fomento de la extensificación…) creados para luchar contra excedentes hoy día inexistentes, junto a ayudas directas a las rentas (70% del gasto agrario) aunque no se produzca, crecientes condicionamientos medioambientales y proyectos de liberalización comercial que nunca terminan de concretarse.

La PAC hoy día está subordinada a objetivos medioambientales y de bienestar de los animales, a la política comercial exterior, a los objetivos presupuestarios restrictivos, a la nueva política de energías renovables y, además, carece de instrumentos propios para intervenir en los mercados. Es decir, la PAC ha sido realmente desmantelada, aunque sus gestores lo ignoran al denominar de igual modo lo que hoy día existe.

La agroenergética podrá ser en el futuro una gran oportunidad para la agricultura pero, en las condiciones actuales, supone un enorme trauma para el sector agrario-alimentario. Las decisiones han sido precipitadas, con objetivos fundamentalmente mediáticos, al querer aparentar que se lucha contra el cambio climático. No se ha diseñado un modelo agrario que pueda atender a ambos mercados y que impida las distorsiones cruzadas que se están produciendo que, incluso, comprometen la misma utilización energética perseguida.

La nueva PAC no ha logrado casi ninguno de sus principales objetivos: ni la liberalización comercial, ni la reducción del gasto presupuestario, ni la mejora medioambiental que, además ahora, se ve amenazada por la intensificación requerida para cumplir las metas agroenergéticas. La preocupación debe extenderse también al ámbito internacional, ya que la nueva estrategia en materia de biocarburantes puede tener efectos perversos sobre los Objetivos del Milenio, en la lucha contra el hambre, así como daños medioambientales en muchos países en vías de desarrollo. Si la agricultura tenía que darnos de comer ahora también tendrá que mover nuestros vehículos, sin que se haya alterado el stock de tierra, ni de agua.

Es cierto que no se trata de resucitar cadáveres que, como la PAC tradicional, bien enterrados están. Pero el sector agrario y el agroalimentario europeo merecen una estrategia propia que les permita mantener la competitividad alcanzada a nivel internacional y que hoy día, y por muy variadas razones, está seriamente amenazada.

En definitiva, existe un abismo insondable entre la dinámica económica real y los programas y proyectos de una burocracia administrativa cuya brújula muestra signos inequívocos de desimantación.

Carlos Tió. Catedrático de Economía Agraria de la Universidad Politécnica de Madrid