COLUMNA

África, emigración y cambio climático

El Consejo de Seguridad de la ONU ha decidido, por fin, el envío de una fuerza de pacificación a Darfur, más numerosa -26.000 hombres- y con un mandato más efectivo que las actuales fuerzas de la Unión Africana.

Tiene razón Jeffrey Sachs cuando dice que la paz en Darfur sólo podrá conseguirse mejorando las condiciones de vida de su pueblo, y que las tropas no pacificaran a un pueblo hambriento y desesperado. Cierto, el único camino hacia una paz duradera es el desarrollo sostenido y sostenible, pero, a su vez, la paz es una condición previa del desarrollo. Por eso, las fuerzas de la ONU son una esperanza imprescindible.

Más razón tiene Sachs cuando señala el papel del cambio en el entorno natural en una crisis como la de Darfur, que puede ser un anticipo de lo que está por venir.

En realidad, el efecto del cambio climático sobre las condiciones de vida y las dinámicas migratorias en África es una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo

Dos imágenes la ilustran con fuerza dramática: la de los cayucos tratando de llegar a Canarias y pagando su tributo de muertos en la travesía y la del lago Chad -entre Chad, Níger, Nigeria y Camerún- que fue uno de los más grandes del planeta, y que ha perdido el 90% de su superficie en 40 años.

No deja de ser trágico que África, que con menos del 13% de la población mundial sólo emite el 4% de los gases de efecto invernadero, sufra especialmente sus efectos.

El escenario para África de los expertos del Comité Intergubernamental sobre el Clima (GIEC) plantea su limitada capacidad de adaptación frente a la doble amenaza de la desertificación y las inundaciones. Un aumento del nivel del mar de 50 centímetros inundaría la cuenca del Nilo, la casi totalidad de las del Senegal y el Congo, y la mayor parte de las ciudades del golfo de Guinea y del océano Índico. El 60% de la población urbana africana vive al borde del mar y unos 70 millones de personas sufrirían inundaciones costeras.

Peor aún, y más evidentes ya, son la sequía y la desertificación. En los últimos 30 años el Sahara se ha extendido 30 kilómetros hacia el sur y el caudal de los grandes ríos Níger, Volta y Senegal se ha reducido así como la extensión del bosque primario de sus cuencas. En el futuro, la banda saheliana y las tierras altas del África oriental serán las más afectadas.

Un aumento de la temperatura de dos grados implicaría una disminución del 30% en la producción agrícola del Sahel y del contorno mediterráneo. En Kenia sería imposible cultivar té en más de la mitad de las tierras y el café en Uganda sólo se podría seguir cultivando en las tierras más altas. En algunos países las cosechas de cereales, trigo, arroz y soja pueden disminuir hasta un 50% y 200 millones de personas sufrir hambrunas en los próximos 20 años.

Añádanse la extensión del cólera el paludismo y la disentería, el dinamismo de numerosas otras patologías (recuérdese que la canícula de agosto del 2003 en Francia aumentó el 60% la mortalidad, debido a las enfermedades cardiovasculares y respiratorias) y la expansión de los vectores portadores de enfermedades infecciosas.

Inexorablemente, todo ello aumentará el éxodo rural, la concentración de la población en zonas que puedan ser regadas y la densidad de las ciudades del interior. Esos movimientos migratorios internos, que son ya hoy en África muy superiores a la emigración hacia el exterior, agravarán los problemas urbanos y sanitarios y acabarán dirigiéndose hacia Europa. Por ello es acertado que la nueva relación estratégica entre la UE y África, que discutimos estos días en Marruecos, plantee la respuesta al cambio climático como una de sus prioridades.

¿Como? Empezando por anticiparse a las consecuencias que a medio plazo son ya inexorables e informar a las poblaciones para que tomen conciencia y se preparen a las adaptaciones necesarias.

Como regla general, más vale prevenir que remediar. El informe Stern calcula que un dólar invertido hoy en combatir el cambio climático ahorra cinco dólares de pérdidas mañana. Según el GIEC el aumento del nivel del mar podría costar a los países del golfo de Guinea el 15 % de su PIB, mientras que las medidas preventivas costarían un 5%. Pero , aun si tuvieran los mejores Gobiernos y la mayor estabilidad social, los países africanos carecen de los recursos necesarios para financiar las adaptaciones necesarias.

Algunas son de tipo político, como abrir las fronteras a los pastores del Sahel para permitir la circulación de sus rebaños, y no dependen más que de la voluntad de los Gobiernos. Otras, como alejar la población de las zonas costeras, reconstruir las defensas naturales contra las inundaciones o promover especies agrícolas más resistentes, son muy costosas y África no las puede aplicar sola.

En cualquier caso, a corto plazo está ya escrito que las presiones migratorias van a aumentar. En buena medida, su éxodo lo habrán causado nuestras formas de consumo energético ecológicamente insostenibles, que transmiten sus efectos a través de un proceso invisible y lento de cambio climático.

Así, la emergencia de lo que se puede empezar a llamar 'refugiados climáticos' tensionará aún más los problemas de la inmigración en los países occidentales y planteará la enorme cuestión moral de su responsabilidad en el calentamiento del planeta.

Una responsabilidad menos evidente y perceptible que la del que prende fuego al bosque, pero igualmente efectiva en su origen y consecuencias.

José Borrell Fontelles. Presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo