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Editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Europa ensaya el modelo en España

El apretón de manos escenificado el lunes en una azotea de la calle Alcalá, en Madrid, entre Fulvio Conti, José Manuel Entrecanales y Wulf Bernotat es el fin de una de las más largas peleas corporativas por el control de una de las mayores empresas energéticas de Europa, y, desde luego, la primera de España. Pero bien pudiera ser sólo el principio de una oleada de consolidaciones continentales, en las que las empresas españolas aparecen como un flanco vulnerable, tanto por su tamaño digerible, como por la incapacidad de frenar al capital extranjero.

Vayamos por partes. Después de la batalla queda una Endesa que de española no tiene mucho más que el 25% del capital de Acciona y una gestión cedida por Enel, seguramente de forma transitoria, por muchos esfuerzos que haga el vicepresidente Solbes en reafirmar la naturaleza autóctona de la compañía y la integridad del núcleo duro de sus activos. Desde luego tiene una importancia relativa la nacionalidad del capital, si existen garantías plenas de seguridad en el suministro y calidad y precios competentes. Pero si caemos en el estereotipo del nacionalismo económico, esgrimido por el propio Gobierno hace un año cuando Eon dinamitó la opa de Gas Natural por Endesa, la españolidad de la opción Enel-Acciona es poco defendible.

En todo caso, lo es algo más que la alternativa de Eon. Pero supone un paso atrás innegable en el proceso liberal de desestatalización de la economía que España abandera en Europa en los últimos años, junto con el Reino Unido. De una privatización plena, Endesa ha pasado de nuevo a estar bajo control remoto de un Gobierno, pero en este caso extranjero. Un exceso más de los muchos que la guerra por Endesa ha consentido.

El caso Endesa se resuelve, además, si es que estamos como creemos en los últimos episodios del relato, con un movimiento paneuropeo del mercado energético, en el que la primera empresa alemana toma presencia significativa en España, Francia, Italia, Polonia y Turquía, y la primera transalpina entra de lleno en la península Ibérica. Todo ello, eso sí, a consta de la primera empresa española del sector.

Todo debe darse por bien empleado si el ejemplo cunde y se dan los pasos regulatorios y corporativos precisos para que la integración energética europea se consolide. Pero las autoridades y las empresas españolas deben avivar el instinto para evitar que el ejemplo sólo sirva para asistir a una avalancha de las multinacionales europeas en la toma del mercado español. El mercado bursátil cotizaba ayer tales indicios.

A ningún país le gusta perder la titularidad de sectores estratégicos, y cuesta imaginar que si el terreno de juego hubiese sido Francia o Alemania no se hubiese resuelto a su favor. Pero es lo que hay. En ningún país se ha hecho una privatización de los activos estratégicos con tanta candidez como en España, sin cinturón de seguridad en la propiedad. Y en ningún país ha habido un Gobierno tan desorientado en materia energética como el español, donde la improvisación táctica ha estado por encima del diseño estratégico. Y no es baladí que se haya utilizado la batalla energética como espoleta de una batalla política, cosa que no ocurre ni en Francia ni en Alemania, mientras las multinacionales europeas tomaban el mercado español.

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