COLUMNA

Los pecados del arte contemporáneo

Coincidiendo con la celebración de ARCO, la mayor muestra de arte contemporáneo en España, se edita el libro de José Javier Esparza Los ocho pecados capitales del arte contemporáneo (Almuzara), un bellísimo ensayo que analiza críticamente al arte actual. Como indica el propio autor, no es un libro contra el arte contemporáneo, sino contra el abuso -en muchos casos rozando la pura estafa- del arte contemporáneo. Dado que este tipo de arte es objeto de una alta especulación de dineros y famas, es bueno que cualquier posible comprador, coleccionista, profesional o simplemente aficionado reflexione sobre las denuncias de Esparza. Se evitará muchos desengaños de cara al futuro.

¿Se puede considerar como arte unas latas viejas que contienen los excrementos del artista? ¿O cadáveres diseccionados y embalsamados? ¿O un retrete sobre fondo blanco? Pues por composiciones de este tipo se han pagado auténticas fortunas. ¿Qué valdrán en el futuro? Nada. Aviso a navegantes. Que las provocaciones estéticas de hoy no desorienten al coleccionista. Gran parte de esas instalaciones no son en verdad expresiones artísticas, sino simplemente el fruto de un esfuerzo por sorprender o espantar al burgués que todos llevamos dentro. Y su valor será tan efímero como el rechazo instantáneo que generan, para caer después en el cementerio del olvido, enterrado por la siguiente provocación de turno.

Según el autor, por vez primera en la historia de la humanidad las personas no entienden el arte de su época. Se limitan a observarlo estupefactos, asintiendo resignadamente a las interpretaciones que les proporcionan, por el temor de que lo acusen de insensibles, anticuados o timoratos. La creación artística contemporánea resulta ininteligible tanto para el ciudadano común como para el entendido.

En muchos casos, además de resultar sencillamente incomprensible, se convierte en una estafa indecente al vender como arte creaciones que en modo alguno pueden serlo. ¿Por qué -se pregunta Esparza- los hombres contemporáneos se sienten tan alejados del arte de su tiempo? ¿Por qué no lo entendemos? ¿Por qué, entonces, ingresa tanto dinero con la simple provocación o espanto? ¿Es que la búsqueda de la belleza ha muerto? ¿Es que lo feo reina sobre lo bello? La respuesta a éstas y otras similares preguntas suponen una necesaria reflexión sobre los tópicos generalmente aceptados para el sufridor del arte contemporáneo. La razón de los porqués podemos encontrarla en el análisis de los ocho pecados capitales del arte contemporáneo:

1) Búsqueda obsesiva de la novedad, objetivo fundamental del creador. El artista no aspira a crear una buena obra, sino una obra nueva, que sorprenda por su novedad. 2) Desaparición de significados inteligibles. Si no se entiende, mejor. Si se entiende, el artista cree que ha fracasado. 3) Transversalidad de los soportes, todo vale, el propio soporte se convierte en arte. ¿Pero pueden ser arte paquetes de cigarrillos pegados sobre muebles o latas apiladas? 4) La consagración de lo efímero. 5) La vocación nihilista, la carrera desenfrenada por destruir cualquier referencia sólida, estable. 6) Apariencia de subversión, cuando en verdad está en gran parte subvencionada desde el poder de turno, que sigue sin entender ese arte, pero que se siente moderno amparándolo. 7) El naufragio de la subjetividad del artista, que no valora otra realidad distinta de propio yo, y que, por mor a ese culto a su subjetividad más radical, termina por no entenderse ni él mismo. Y 8) Obliterar cualquier búsqueda de la belleza, concepto que se considera retrógrado y perverso.

Estos ochos rasgos definen en gran parte la creación artística contemporánea. Por ello, el arte se está convirtiendo en un páramo inhóspito y hostil, inhabitable para la inmensa mayoría de la población actual, que se refugia en la contemplación de sus clásicos, espantados ante unas provocaciones de las que sospecha que, en el fondo, no se tratan de otra cosa más que de una gigantesca y prolongada tomadura de pelo.

El ensayo de Esparza se atreve a exteriorizar lo que muchos piensan, pero que callan por temor. Una breve y clara historia del arte moderno que escandalizará a los mercaderes y voceros del negocio artístico y que reconfortará a quienes todavía creen en la palabra belleza. A nadie dejará indiferente y a todos nos hará pensar, estemos o no de acuerdo, con las tesis expuestas.